Irrumpió el automóvil en tromba con los asaltantes disparando en todas las direcciones. Los enfermeros con batas verdes que vigilaban la entreabierta cancela les contestaron con el fuego de sus Kalachnikov. El automóvil dio un giro brusco hacia la fachada del hospital y, para salvarnos del tiroteo, nos echamos al suelo pegados a la pared de un pequeño pabellón.
Los disparos entre los saqueadores y los enfermeros armados y centinelas voluntarios, los alarmantes gritos de los visitantes, me paralizaron el cuerpo. Completamente inmóvil, veía la gente excitada que corría de un lado a otro en este asalto en pleno mediodía de Bagdad. No escuché a mis amigos que me llamaban. Paco Peregil, de El País, con su chaleco antibalas, se precipitó hacia mí, que no movía ni los pies, estaba pálido. Me incorporé en seguida y los vigilantes del hospital nos señalaron la portería que hay junto a la cancela para que nos protegiéramos de las balas y de los saqueadores. Cuando disminuyó el fuego, hombres, mujeres, visitantes y pacientes salieron en desbandada. No quise volver la cabeza atrás.
Dejaba el vulnerable hospital entre sobresaltos. Habíamos ido al hospital Al Kindi para saber cómo estaba Ali, el niño de cuerpecito quemado y mutilado por un bombardeo de Estados Unidos.
Queríamos también saludar a los doctores Ussam y Khaled, que habíamos conocido en nuestras visitas y que antes de empezar la batalla de Bagdad trajeron a sus familias porque creían que el lugar era más seguro que sus casas.
Pero después de la toma de la capital, casi todos sus hospitales fueron saqueados, robadas sus pocas ambulancias y sus medicamentos. Muchos de los directores, médicos, enfermeros, desaparecieron ahuyentados por los forajidos.
El automóvil que irrumpió entre disparos de Kalachnikov lo hizo poco después de que llegase al patio un camión cargado de medicamentos. Los hombres armados de su escolta abrieron fuego sobre los atacantes.
El hospital sin dirección es una corte de los milagros. Heridos con vendajes ensangrentados en las piernas esperan sentados en la acera, junto a la puerta. Con camionetas traen a los que hay que curar con urgencia. Un enfermero con el cargador del Kalachnikov en su bata empuja una camilla desvencijada hacia la zona de operaciones. Hay familias que han acudido para saber el paradero de sus parientes. Un médico lee la lista de nombres de los internados en el hospital. Un pobre hombre, escuálido, vestido con unos pocos harapos y con una venda sucia en la cabeza, es tratado sin contemplaciones y expulsado. Los yihadis, los combatientes de la guerra santa, palestinos, jordanos, egipcios, que se habían refugiado en las instalaciones del hospital con los fida’iyin de Sadam, fueron entregados a los marines.
En el hospital de Al Kadisiya penetró uno de estos voluntarios de Alá que había acudido a Iraq para luchar contra los invasores, con explosivos bajo las vendas de su brazo para llevar a cabo un atentado suicida.
Bagdad se libaniza día a día. Se convierte en una zona peligrosa con anárquicas bandas armadas, con suburbios como el de Sadr, donde viven los musulmanes chiitas más pobres y más desesperados, abocado a los saqueos. Hay gente que esconde en sus casas armas pesadas, cohetes, del derrotado ejército iraquí.
El Bagdad en ruinas de esta primavera infernal me recuerda a aquel Beirut de la podredumbre miliciana callejera de la década de los ochenta. Los iraquíes están exasperados por este caos mantenido por los soldados ocupantes. No tienen ni comida, ni agua, ni electricidad. El recinto de los hoteles Palestine y Sheraton es una ciudadela asediada.
Los marines, cada vez más agresivos, irrumpieron sin llamar a la puerta en habitaciones de corresponsales extranjeros. Según han dicho, detuvieron a cuatro personas por carecer de documentación adecuada. La búsqueda de combatientes árabes ocultos o camuflados parece haberse convertido para ellos en una obsesión. De vez en cuando hay algún disparo de francotiradores. Un atentado suicida contra las fuerzas de Estados Unidos, contra sus defensas de tanques, contra sus soldados, provocaría una hecatombe como aquella de 1983 en Beirut, la más elevada pérdida que sufrió el ejército estadounidense desde la guerra de Vietnam.
Mis buenos amigos ganados en estos días de fuego me han convencido: ha llegado la hora de salir de Bagdad de su brazo, antes de que se cometa un atentado suicida.

