El Kurdistán es un flamear de banderas, verdes las de Barzani, amarillas las de Talabani. El color de las banderas divide su territorio, desgarrando la zona autónoma del norte de Iraq. Por la carretera de Kirkuk, con guarniciones y campamentos militares en cada orilla, con los soldados de la República iraquí, la bandera de franjas roja, blanca y negra con tres estrellas en la parte central al viento, se accede a este abrupto e indómito país habitado por tres millones y medio de kurdos, establecidos en tres provincias, Dohok y Arbil, al oeste, dominadas por Masud Barzani, hijo del legendario caudillo de la rebelión, y al este, Suleymania, bajo la autoridad de Jalal Talabani, vestido siempre con traje y corbata, que ejerció la abogacía y el periodismo y presume de no pertenecer a ninguna tribu poderosa.
Hubo un tiempo en que era casi imposible atravesar esta suerte de «línea de demarcación» entre el territorio del Estado controlado por el gobierno de Bagdad y esta región, que desde 1991 cuenta con su propia administración autónoma. Los kurdos, en cambio, si no están comprometidos con grupos guerrilleros, se desplazan con más frecuencia entre el norte y el centro, donde también, sobre todo en Bagdad, residen alrededor de un millón.
Franqueado el primer puesto de vigilancia de los pechmergas o milicianos de Talabani con su bandera verde clavada en la orilla o en medio de la carretera, hay un valle en el que cada día organizan una feria de ganado. Pastores y tratantes vestidos a la usanza tradicional —zaragüelles, chaquetillas, fajas y turbantes de colores— acuden a vender y comprar cabras y ovejas. En vez de utilizar los fajos de billetes de doscientos cincuenta dinares iraquíes, devaluados por la astronómica inflación, comercian con los llamados billetes «suizos» de sólo 1, 5 o 10 dinares, que antes habían sido de curso legal en la República y que fueron impresos en la Confederación Helvética. Pero su uso desgasta el papel de esta moneda, cuya liquidez se hace cada vez más rara. Dicen los kurdos que nunca han querido poner en entredicho el Banco Central de Iraq.
Suleymania, construida en un valle, es una ciudad extensa con un bazar mejor surtido, con toda suerte de importación y contrabando, que los de Bagdad o de las poblaciones árabes del centro y del sur del Estado, procedentes de las vecinas repúblicas de Irán y de Turquía… Los contrabandistas utilizan las mulas para atravesar las montañas. Al llegar a Suleymania sorprenden sus innumerables antenas parabólicas, armadas en los tejados, las oficinas con servicios de internet prohibidos en Iraq, abiertas en las calles céntricas, la profusión de banderas, de verdes banderas de la Unión Patriótica del Kurdistán, rematando puestos de centinelas y edificios públicos.
A consecuencia de la fratricida guerra de 1996 entre los pechmergas de Barzani y de Talabani, que se disputaban sobre todo y se siguen disputando, los pingües beneficios de millones de dólares diarios por el tráfico del petróleo iraquí destinado a Turquía, se dividió el territorio de 50.000 kilómetros cuadrados en dos zonas, vaciándose de contenido el gobierno central autónomo de Arbil y organizándose, en cada enclave, con capitales en Arbil y en Suleymania, su propio gobierno con sus primeros ministros y sus ministros. El poder ejecutivo de Barzani cuenta con veintidós ministros, entre ellos uno de sus sobrinos, al que Talabani y sus partidarios acusan de monopolizar con el hijo del rais Sadam Hussein la exportación ilegal de petróleo. El petróleo, tarde lo antaño, cuando fueron explotados los primeros yacimientos de Kirkuk en el país kurdo, como ahora, cuando es objeto de contrabando, burlando las sanciones internacionales, yace en el trasfondo económico de la «cuestión kurda iraquí».
A las afueras de Suleymania, en el montañoso poblado que fue capital de un principado kurdo, tiene Jalal Talabani su cuartel general. Talabani, con su aspecto de intelectual occidentalizado, con su partido que lo define como «socialdemócrata», mantiene muy buenas relaciones con Irán, gracias a cuya ayuda militar en 1996 pudo poner en desbandada a los hombres del jefe rival Barzani, que no tuvo entonces más remedio que buscar el apoyo de las tropas de Iraq para conquistar Arbil y restablecer el anterior equilibrio de fuerzas en la región autónoma.
En su amplio despacho no para de escribir sobre su mesa, cuando no se gira hacia mí o hacia mi compañero Ferrán Sales para responder a las preguntas. «Señor de la guerra» del Kurdistán, carismático jefe, es más popular entre los jóvenes que Masud Barzani, que cuenta con un mayor poder militar y con una zona más extensa y poblada. Recuerda un viaje a Barcelona invitado por la Generalitat. Contento de saber que soy catalán, me dice: «Fíjese que los nombres de nuestros dos pueblos empiezan con la misma letra, la K…»
Si con el gobierno de Bagdad los kurdos han llegado a un pragmático statu quo de «ni guerra ni paz», todos están percatados de la necesidad de contemporizar con el poder central y proponen un Estado federal de Iraq. En su patético enfrentamiento que costó tantas vidas, tanta devastación y dio al traste con las esperanzas de una entidad autónoma fuerte y unida, sólo han podido ponerse de acuerdo en un escrupuloso respeto del «cese de hostilidades», apadrinado por Estados Unidos.
Ahora, los habitantes de uno y otro sector ya pueden desplazarse a través de los puestos de vigilancia de Barzani y de Talabani, con sus banderas al viento, por las carreteras de la montaña kurda, aunque los más implicados en sus facciones evitan exponerse a las amenazas y represalias de sus adversarios.
Arbil es la sede del gobierno y de la administración de Masud Barzani. Las oficinas centrales del Partido Democrático del Kurdistán están también en las afueras de la ciudad, en Salahedin, una localidad estival de la montaña, donde antaño pasaban los veranos las familias burguesas iraquíes. Durante la guerra civil de 1996 Salahedin fue escenario de un amargo episodio de las intrigas internacionales, cuando los soldados de Sadam Hussein asaltaron el hotel de los agentes y colaboracionistas de la CIA, abandonados a su suerte, dando muerte a veinte de ellos y ahuyentando a los que se habían confiado en la protección norteamericana.
En Arbil, los partidarios de Barzani, mucho más contemporizadores con el régimen de Sadam Hussein que los de Talabani, mantienen los símbolos del dividido poder central autónomo, como el edificio del restaurado Parlamento con los asientos recién tapizados de su hemiciclo y los despachos de su elegante secretario general y de sus funcionarios. Sigue habiendo comisiones y plenos, pese a que la mitad de los cien diputados se replegaron al territorio de Talabani.
La zona autónoma goza de un evidente ambiente de libertad, con veintidós partidos políticos, setenta diarios y revistas, una docena de emisoras de televisión y de radio. «Somos una isla democrática en medio de esta región», me dijeron en Suleymania y en Arbil. La población sufre los estragos, además del embargo impuesto a veces por el régimen de Iraq y por la República de Turquía, que ahora tiene cerrada su frontera, de la falta de trabajo, la inseguridad y el aislamiento. Para viajar al extranjero tienen que procurarse los visados en las embajadas de Ankara o de Teherán.
El vulnerable pueblo kurdo está armado hasta los dientes. Su frágil suerte dependerá de la evolución de Iraq y de la protección de Occidente. Su patética división salta a la vista, porque incluso no han podido emplear ni una bandera común para todo el territorio. El secretario general del Parlamento de Arbil me rogó, cortésmente, que no fotografiase su bandera «para no herir susceptibilidades», y Jalal Talabani me explicó, en Suleymania, que además de su propia bandera tenían su himno nacional particular.

