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Las entrañas reventadas

Hoy, como ayer, los habitantes del barrio de Al Choola viven en la calle. En el miserable zoco bombardeado se agolpan curiosos en torno al socavón del mortífero misil, dan vueltas por la plazuela con los reventados tenderetes; arman un largo pabellón de lonas, o jaimas, de ceremonias del duelo. De vez en cuando, los sufridos bagdadíes elevan sus miradas al cielo cuando sobrevuelan cazabombarderos estadounidenses, o cuando retumban lejanas explosiones. Al Choola es un lugar maloliente, con albañales y descampados de escombros, con decrépitas casas de adobe, con tapiales ocres, habitado por gentes humildes. Paseando por él se ve a mujeres cubiertas de la cabeza a los pies por el manto negro o chador, y a muchos niños descalzos o en chanclas de plástico. En algunas azoteas ondean banderas, casi ajados trapos negros y verdes; negros por la fiesta de la Achura o por el martirio del imán Hussein; verdes por el color del Islam.

Es difícil avanzar por la calle del zoco, de este mercado donde el pasado viernes perecieron sesenta y cinco de sus vecinos. Al Choola, a veinte kilómetros del centro de Bagdad, es una barriada chiita, la comunidad musulmana más numerosa en este país. Este populoso barrio, con sus viviendas de planta baja, sus calles de tierra, sus palmeras polvorientas, su ejido raquítico, lleno de ovejas, es una perfecta estampa del profundo Iraq.

Hoy, como ayer, los habitantes de Al Choola han acudido al zoco, han salido a sus sucias calles a buscarse la vida. El viernes pasado, cuando estalló el cohete, las tiendas estaban abiertas después de la pausa de la oración, cuando la gente vendía y compraba como todos los días. Entre los que murieron había adolescentes y niños que jugaban a la pelota en un solar vecino al mercado.

Cada día, estos bombardeos en los centros de población civil descubren las miserables entrañas de suburbios periféricos, de poblados en la linde entre la ciudad y el campo. Lugares abandonados por la mano de Dios que forman parte de un tercer mundo que bulle tras las fachadas colosales de los palacios del presidente, de los edificios antaño altivos, de la pomposa arquitectura oficial que forma la ambiciosa escenografía urbana del régimen.

Van cayendo a pedazos los símbolos pétreos del poder, las altas edificaciones junto a la torre Sadam, con su panorámico restaurante giratorio. Las bombas también hacen estragos en centrales telefónicas, antenas parabólicas del Ministerio de Información… La explosión dio al traste con muchos de los equipamientos de las cadenas de televisión que utilizaban la azotea del ministerio para emitir sus crónicas diarias. Los desahuciados despachos del ministerio tienen los cristales hechos añicos.

La vulnerabilidad de los habitantes, de los bagdadíes, la vulnerabilidad de Bagdad, siempre envuelta por las humaredas de los incendios de las trincheras de petróleo que intentan entorpecer la visibilidad de los aviones, están a flor de piel.

Hoy, como ayer, los periodistas recorremos el itinerario de cada día por la capital. Queremos percatarnos de las nuevas ruinas, de los nuevos destrozos de los proyectiles, de la extensión de esta devastación que avanza como gangrena por los barrios residenciales y por los populosos suburbios de chabolas y descampados.

En el hospital Nur —la luz, en árabe—, en el extremo de Al Choola, han fregado con agua —en años anteriores lo habían hecho con gasolina— sus largos pasillos. En una de las salas yacen los heridos del bombardeo del mercado, casi todos dañados por el impacto de la metralla. Uno de los heridos tiene veinte años, se llama Sadam Hussein, y fue herido en el pecho y en el abdomen. Junto a su cabecera, un hombre que pretende ser su tío le arrebata la palabra para elogiar al régimen y glorificar al rais. «Nuestro cuerpo, nuestras almas, los sacrificaremos por el presidente Sadam Hussein.» Los iraquíes, hoy como ayer, viven sabiendo que lo peor está por venir. Irremediablemente volverán a las calles, volverán a los zocos, pese a los bombardeos de cada día.