Me quedé solo en el pequeño hotel. De la noche al día, tan pronto se supo la noticia del secuestro de los tres japoneses, los clientes hicieron las maletas precipitadamente y se llevaron sus muebles, ordenadores, neveras y ventiladores. Habían instalado varias oficinas de compañías de servicios de seguridad, de empresas comerciales estadounidenses, y se iban para alojarse en sitios más protegidos. Después de pagarle mi habitación, Abu Yusef, el propietario del Cedar, me invitó a un café turco en el salón. «No creo prudente —me dijo— que pase usted una noche más en el hotel.»
Casi veinte años después de los secuestros de ciudadanos occidentales en Beirut, he tenido que enfrentarme, otra vez, a esta amenaza latente, con la enorme diferencia de que entonces los españoles no éramos un objetivo y ahora, debido a la culpable política del gobierno de José María Aznar, nos han comprometido con las fuerzas estadounidenses de ocupación.
He tenido que dejar el hotel, el mismo hotel en el que durante la invasión del año pasado tan bien acogido me sentí. El miedo hace cambiar la percepción de la realidad. Alrededor todo sigue igual —la gente, el desgarrado paisaje de la guerra de Bagdad—, pero sentirse rehén potencial de los secuestradores altera y perturba la inteligencia, sobre todo la inteligencia emocional. La historia de los secuestros como arma política se remonta a mucho antes de la década de los ochenta, cuando Beirut fue llamada con razón «la meca de los secuestradores». Aquel período delas simultáneas guerras inciviles que se libraban en la capital libanesa no fue provocado por enfrentamientos internos, sino por la guerra entre Irán e Iraq. Los agentes del ayatollah Jomeini secuestraron a norteamericanos, británicos o franceses para forzar a sus respectivos gobiernos, entonces aliados del régimen de Sadam, a que dejaran de suministrar armas a Iraq, armas que hacían que Iraq, mucho menos poblado que Irán, contara con una notable superioridad militar tecnológica, sobre todo en aviación.
Dos vecinos, Charles Grass, corresponsal de la cadena de la televisión estadounidense ABC, que vivía en el quinto piso, y Roger Auque, del tercero, que escribía en La Croix y colaboraba en varias emisoras francófonas, fueron secuestrados. En una ciudad tan anárquica y surrealista como el Beirut de aquel tiempo, esos crímenes se cometieron con garantizada impunidad. Diplomáticos, profesores universitarios, corresponsales de prensa, agentes de servicios secretos o simplemente residentes occidentales fueron víctimas inocentes de secuestros teledirigidos. Algunos de ellos fueron asesinados. Otros tuvieron, como Roger Auque, quien ahora ejerce en Bagdad su oficio de corresponsal, que sufrir durante largos meses su horrible captura. El decano de los secuestrados fue Terry Anderson, director de la oficina de la Associated Press, situada al lado de mi casa, que pasó varios años en manos de sus raptores.
Así como la geografía de los secuestros de Beirut era muy reducida, apenas cuatro kilómetros cuadrados, con lugares fatídicos como la carretera del aeropuerto o el Bak street, el bar frecuentado por corresponsales y diplomáticos occidentales del barrio de Hamra, la de Iraq es muy extensa. A los tres japoneses los apresaron en la carretera de Ammán a Bagdad, a los estadounidenses y alemanes, en redadas en varios lugares de la capital.
La tortura de los rehenes, víctimas inocentes de las entonces políticas proiraquíes de las grandes naciones de Occidente, sólo terminó con laboriosos y secretos compromisos con los secuestradores, que a veces se convirtieron en descomunales escándalos internacionales, como el Irangate, cuando la Administración Reagan aceptó una negociación para liberar a algunos de sus ciudadanos. Aunque ningún dirigente de Washington, Londres o París quiso reconocer en aquel entonces que habían establecido contactos con los grupos responsables locales o bien con Irán, no tuvieron más remedio que llevarlos a cabo, muchas veces con la mediación de Siria, con tal de salvar a los secuestrados.
Como español, en Beirut no me sentía directamente amenazado. Tradicionalmente y hasta ahora, las relaciones de España con los pueblos árabes eran cordiales, a menudo excelentes. Pero en una ciudad sin autoridad y sin ley, no se secuestra sólo por motivos políticos o por venganzas, sino, muchas veces, para conseguir un rescate o simplemente porque está al alcance de la mano y puede reportar beneficios.
Yo no salí de mi piso de Hamra, junto al hotel Commodore, hasta el último momento, obligado por las presiones de mi periódico y del Ministerio de Asuntos Exteriores. Era el único corresponsal español y uno de los raros occidentales que quedaban en el peligroso pero apasionante oeste de Beirut. Durante unas semanas viví en la residencia del embajador Pedro de Arístegui, pero, pasado el mes de Ramadán, regresé a mi casa.
Ahora correrá mucha tinta, se filmarán muchas imágenes de esta siniestra práctica reanudada de tomar como rehenes a inocentes ciudadanos de países cuyos gobiernos han cometido el error culpable de enviar tropas para ocupar Iraq. Sus dirigentes escamotearán la necesidad de abandonar este proyecto militar norteamericano de dominar un pueblo. Pero como sucedió en El Líbano, en Iraq hay también mucha gente, incluso niños, olvidadas
Víctimas de estas bandas de forajidos que a la sombra de la anarquía provocada por la ocupación o por la destrucción de la autoridad secuestran impunemente esta «barata carne de cañón».
A mí, como antes en Beirut, no me secuestrarán en Bagdad.


