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Triunfo y flagelación de la carne

Muchachas que bailan sobre la barra del bar, encaramadas en sus taburetes, entre las piernas de sus compañeros, en cualquier noche del fin de semana del Cuba Libre de Beirut. Vestidas con minifalda, con ajustados jeans, con blusas que dejan descubiertos sus ombligos, a veces con refulgentes botones, bailan los últimos ritmos de los hit parade de las discotecas de Occidente, o se dejan arrastrar por las ondulaciones de las orientales danzas al seguir los compases de las canciones de moda, como las de las libanesas Haifa, Días negros y días de rosas, o Achiga, de Najua Karam, que este verano hacen furor entre la juventud de Beirut.

En el Cuba Libre, los camareros llevan en sus blusas estrellas rojas bordadas y hay pálidos retratos del Che Guevara colgados en las paredes. Como en tantas barras, juegan con las botellas lanzándolas y recogiéndolas al vuelo antes de servir las consumiciones de whisky, gin-tonic, ginebra con cola-cola, vodka… El reducido espacio del bar está abarrotado de bailarines que apenas tienen sitio para moverse. Hay muchachas que se cimbrean, montadas en los hombros de sus amigos, a veces con el cabello largo recogido en una cola, anillos en el lóbulo de las orejas, tatuajes en los brazos. En una mesa de un rincón celebran con champán un aniversario, entonando la canción en inglés del «Happy Birthday to you», tan popular en estos países, incluyendo el mismísimo Iraq.

Algunas parejas se hacen fotografías digitales de recuerdo. A pesar de la música ensordecedora, los clientes del Cuba Libre no dejan de hablar por sus caprichosos teléfonos móviles. El alcohol va a raudales en esta noche cualquiera de un largo fin de semana beirutí. Sobre la barra del bar, el temblor de los culitos apretados de las muchachas que bailan con los pies descalzos apoyadas las manos en el techo, atrae las miradas de los jóvenes que les acompañan con los movimientos de sus brazos alzados, sentados en los taburetes.

Aunque la occidentalización de las costumbres es poderosa en esta parte de la muchachada —Beirut es un espejismo— en esta calle Monnot y en sus aledaños, en el confín de los barrios cristianos y musulmanes de la ciudad es la danza oriental, la música árabe de moda, la que hace vibrar a fondo a esta juventud. Los clientes acompañan con palmadas el contoneo de las caderas de las danzarinas, mientras que los camareros hacen tintinear, al otro lado de la barra, las cocteleras. Es el apogeo de la fiesta, tras los ritmos latinoamericanos, las rumbas, la música tecno, de la alegría, de la libertad del cuerpo, inusitada en estas poblaciones reprimidas de Oriente Medio.

A las cinco de la madrugada, el Cuba Libre, como el sinfín de bares musicales, de discotecas, que han pululado en la calle Monnot, en torno al sacrosanto feudo de los jesuitas con su famosa Universidad de San José con sus prestigiosas instituciones culturales francófonas, cierran sus puertas. A esta hora, en el O H Bar, a un paso del puente Fuad Cheab, cerca de la antigua plaza de los Mártires, que durante dieciséis años fue el frente inmóvil de las intestinas guerras, los chicos gays de Beirut vuelven a sus casas. Mohamed, un chiita musulmán, ganó el pasado verano el concurso de «Mister Líbano». 

El bar con su altillo, su escalera interior, estaba abarrotado. En sus podios bailaban, desenfrenadamente, la música árabe y occidental los aficionados gogós boys. A pesar de la legislación represiva de El Líbano, su comunidad homosexual vive con más libertad que en los demás países árabes del Machrek, sometidos a las rígidas costumbres tradicionales. El actual «Mister Líbano» Es un chiita musulmán llamado Mohamed. Jad, como todos le llaman, es oriundo de Nabatie, la populosa ciudad chiita del sur, donde cada año se celebra la fiesta de la flagelación de la carne, de la sangre, en memoria de la pasión de Hussein, inmortal símbolo de la humillación de los chiitas.

Por una de las calles que limitan la gran explanada de Nabatie bajaba un tropel de gente. Blandiendo espadas y largos cuchillos, gritaban cada vez más fuerte «Haidar, Haidar» (Mártir, Mártir). Al sincopado ritmo de sus voces precedidas por los pitidos de los muchachos que corrían delante de ellos, los chiitas libaneses iniciaban la fiesta de la Achura, evocando el sacrificio de Hussein, nieto del Profeta, asesinado en Kerbala por los omeyas.

Desde las ocho de la mañana, la explanada, la gran plaza con sus dos mezquitas, el recinto del cementerio erizado de estelas mortuorias, y las casas de los notables del pueblo a las que llegaban sus familiares y amigos de Beirut, se iba llenando de curiosos. Junto al tablado en el que debía representarse la pasión de Hussein, un corro de niños de ojos tristes, completamente enlutados, salmodiaban unas letanías mientras con sus manos hacían gestos graciosos para exorcizar los malos espíritus. «Ya Hussein, Ya Hussein», exclamaban con ternura y piedad. Habían acudido gentes de todo El Líbano para presenciar este espectáculo de sangre. Los grupos de mozalbetes en sus vueltas a la gran plaza, primero andando, luego a paso ligero, se golpeaban la cabeza con las palmas abiertas de las manos, ahora la derecha, después la izquierda. Todos ellos se habían hecho una especie de tonsura en cuyo centro se distinguía una raja abierta con el filo de la espada. La mayoría vestían una túnica blanca abierta por los lados o un mandil atado a la cintura. Cuando volvieron a aparecer por detrás de las casas, la sangre les manaba a borbotones de las heridas. Empapaba túnicas y mandiles. Las manos chapoteaban en la sangre de la cabeza, mientras con la voz ronca continuaban repitiendo obstinadamente «Haidar, Haidar». El tropel, a paso ligero con sus animadores que blandían espadas y cuchillos, se abría camino en medio de la muchedumbre. Entre los disciplinantes había niños cuyos padres les hacían golpearse la cabeza.

Al poco tiempo de esta flagelación colectiva, la gran explanada de Nabatie olía a sangre, corrían de un lado a otro los camilleros portando heridos o gente desvanecida por las hemorragias, se oían pitidos de alarma y sonaban, intermitentemente, las sirenas de las ambulancias. Los miles de espectadores contemplaban, impasibles, esta carnicería. Quizá pensasen que, después de todo, con un poco de sol la sangre se secaría y las heridas comenzarían a cicatrizarse.

Cuando en el tablado empezó la representación de la muerte de Hussein, la gran plaza estaba en su colmo. El gentío seguía silencioso y absorto los movimientos y las palabras rituales de la ceremonia.

Cuando se precipitó el desenlace y el que hacía las veces de Hussein se derrumbó sobre el tablado, herido por un espadachín de los omeyas, que lo remató inmediatamente, una aflicción inmensa, un dolor incontenible, un gemido profundo, se apoderó del público. Muchos tenían las mejillas llenas de lágrimas y los ojos enrojecidos. En un santiamén, los espectadores de la gran explanada se desbandaron por las calles limítrofes, grupos de hombres, de viejos, con blancas túnicas y mandiles se golpeaban con furia la cabeza. La sangre manaba a borbotones. Era una procesión escalofriante de seres con las caras, las manos, las ropas ensangrentadas. Algunos se desmayaban y eran transportados en camillas hacia las ambulancias.

Con esta evocación de la trágica historia, con esta flagelación sangrienta, los chiitas de El Líbano compartían el dolor de la pasión de Hussein, descendiente de Alí, primo y yerno del Profeta. Por encima de sus cabezas, con cicatrices, heridas y vendajes manchados de sangre, quedaba suspendido en la cancela de la gran mezquita, como símbolo de la expiación, un viejo alfanje que el sol hacía refulgir.