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Siria y El Líbano o la necesaria convivencia

Antes del sangriento caos desgarrador de Iraq, el historiador y ensayista Georges Corm había escrito con justeza que «El Líbano era en Oriente Medio el hombre enfermo del siglo XXI, como en Europa lo fue el Imperio otomano en el siglo XIX». El Líbano es un «microcosmos» de la sociedad otomana, recubierto de un moderno barniz occidental. Es una sociedad multiconfesional, una sociedad de composición heterogénea donde los grupos de base religiosa hacen frecuentemente las veces de «naciones».

El origen del confesionalismo —la organización de la vida política y administrativa de las comunidades religiosas— comenzó en la época otomana. Las leyes administrativas de 1864 a 1870 establecían en El Líbano después de las matanzas entre drusos y maronitas, en las que potencias occidentales fomentaban sus rivalidades, un régimen confesional con consejos provinciales formados por cristianos y musulmanes, un régimen modificado por Francia durante los años de su mandato entre 1920 y 1943, que aún está en vigor… La constitución de la entidad libanesa ha sido por estas razones muy difíciles. La persistencia de estas comunidades sociorreligiosas ha hecho problemática la formación de un ámbito nacional común. Es una sociedad muy difícil de «desacralizar», de hacer laica, porque cada uno de sus grupos integrantes, bajo sus propias leyes, sus «estatutos personales», tiene miedo de perder su identidad.

La historia, la historia contemporánea, está en estos pueblos a flor de piel. Cuando los franceses crearon en 1920 el llamado Gran Líbano, con una superficie tan pequeña como la provincia de Barcelona, añadieron a su núcleo histórico de la montaña da Chuf territorios que desgajaron de Siria, como la planicie de la Bekaa, en la que deberán concentrarse sus tropas tras los anunciados repliegues militares. La constitución de la República libanesa en 1943, primordialmente influida por la comunidad cristianomaronita, orientada hacia Occidente, se hizo pese a las reservas o incluso a la opinión de importantes sectores de población sunita y chiita, que aspiraban a formar parte de Siria. Esta situación histórica sigue latente bajo las ambiguas relaciones siriolibanesas.

El Estado sirio nunca ha creído necesario establecer relaciones diplomáticas con el pequeño antaño floreciente «país hermano», ni ha inscrito en el «Registro de fronteras» de la ONU el trazado de su línea divisoria internacional. A menudo, el fallecido rais Hafez el Assad, del que el secretario norteamericano de Estado Henry Kissinger dijo que era el «Bismarck de Oriente Medio», gustaba declarar que Siria y El Líbano eran «un mismo pueblo con dos Estados diferentes». Una frase que irritaba a muchos habitantes de este país, sobre todo a los cristianos maronitas más recalcitrantes, que aún reivindican sus raíces fenicias por encima de su carácter árabe, por más peculiarmente mediterráneo que sea. Fue sobre todo la opción política que adoptaron los sirios pocos años después de su independencia, que les ha llevado a un régimen militar, al principio de pretensiones socializantes con el partido Baas y a una economía dirigista cada vez más anquilosada, la que les separó de los libaneses, abocados a un sistema de economía de mercado, a un gobierno de laissez faire, laissez passer que provocó un fulgor de prosperidad y de libertad, hasta que se agotó en una larga y cruenta guerra de terror, alimentada por intereses internacionales. 

Es un hecho indiscutible que las tropas sirias entraron en El Líbano en 1976 a petición del entonces presidente Soleiman Frangie, cuyo sobrino es ahora ministro del Interior, para que le ayudasen a enfrentarse con los guerrilleros palestinos y sus aliados libaneses que ponían en entredicho el débil y fragmentado Estado. Desde 1976, Siria ha cambiado a menudo sus alianzas locales. Al principio, a través de la milicia palestina infeudada de Al Saika entro, subrepticiamente, para ayudar a los combatientes palestinos. Luego envió oficialmente su ejército para impedir la victoria del Frente Palestino Islámico Progresista. En 1983, tras su derrota del año anterior durante la invasión israelí, volvió a decantarse hacia los drusos de Walid Jumblatt, los partidos musulmanes, las organizaciones chiitas, en su lucha contra el presidente cristiano maronita Amín Gemayel. En esta misma dirección política, en 1990 acabó con el reducto del general rebelde Michel Aoun, aliado de Iraq, y consolidó su tutela en El Líbano. Fue entonces, casi por carambola, que concluyeron estas guerras interminables cuando Estados Unidos, reconociendo el gesto de Hafez el Assad por haber enviado un simbólico contingente militar a su lado durante el primer conflicto bélico con Iraq, permitió a Siria que bombardease su cuartel general, reunificándose en unas horas la ciudad dividida desde 1975. 

Desde entonces fue aumentando su influencia en los gobiernos de Beirut, y los cristianos, especialmente los dirigentes maronitas, quedaron marginados del poder. Desde antes de estas intervenciones contundentes, no sólo motivadas por ideas de grandeza de una mítica Siria, de una «Gran Siria» que englobase El Líbano, Jordania, la Galilea o el norte de Palestina, o por declaradas razones de autodefensa y seguridad, los sirios se sentían atraídos por la vida de El Líbano. Querían establecerse en este país, una especie de Hong Kong del Levante, para zafarse de las presiones internas, de sus represiones policíacas, de su corrupto dirigismo económico. Durante años Beirut fue la ciudad que sus políticos e intelectuales prefirieron para su exilio.

Desde la evacuación israelí del sur, en la primavera del año 2000, se planteó con insistencia, sobre todo en los ambientes cristianos maronitas, aunque no sólo en ellos, el tema de su presencia militar, su omnipotente tutela política. «Los sirios —me dijo un amigo profesor de Beirut— esperan que la presidencia, el gobierno y el Parlamento caigan como frutas maduras en sus manos.»

No puede parangonarse, de ninguna manera, la ocupación israelí del sur con la presencia militar siria, que para algunos libaneses ha conducido a la paz, ha servido para guardar un cierto equilibrio de fuerzas de los grupos confesionales, ha salvado la unidad del país, ha asegurado el orden público. Pero sus enemigos, que se han hecho cada vez más numerosos en estos últimos años por sus escandalosos abusos de poder, echan en cara a Siria que ha sembrado la discordia entre los libaneses, ha fomentado la anarquía y el terror, entre sus grupos aliados e infeudados, presentándose después como la «hermana salvadora» dispuesta a restablecer su confianza, su necesidad de vivir en paz. Pero es evidente que si no hubiese sido por las disensiones internas de El Líbano, por los «polos centrífugos» que sunitas y chiitas han visto siempre más allá de sus fronteras, ya sea en el Egipto de Nasser o en la Siria de Hafez el Assad, o en la República Islámica de Irán de la revolución jomeinista, es decir, por sus «adhesiones» a las causas del «arabismo» o del Islam, el régimen de Damasco nunca hubiese podido actuar con tanta profundidad y durante tantos años en este entrañable «país de los cedros».

Las guerras libanesas, que exponían también a Siria a la anarquía, el peligro de Israel aprovechando el desguarnecido flanco libanés para hostigarla, le permitieron elevarse a un rango de «potencia regional», de interlocutora inevitable de Estados Unidos, de Occidente, y por qué no, de Israel. Siria ha querido reducir su vulnerabilidad militar respecto al Estado de los judíos a través del sur de El Líbano, manteniendo al Hezbollah armado, al Hezbollah proiraní, que es además una de sus últimas bazas diplomáticas. La todavía incierta evacuación de sus soldados, por ahora tan sólo se habla de repliegues, dejará a estos milicianos chiitas en una situación muy comprometida. Es imposible que El Líbano se desvincule de Siria, unida a la carne de su gente, pegada a su geografía, con la que para bien o para mal, no tiene más remedio que contar y que contemporizar; tratando de establecer una difícil relación equilibrada.