Me acuerdo de aquel verso que escribiera Miguel Barceló en una revista universitaria de nuestros años de estudiantes, que decía algo así como «Quien no fornicare a tiempo». Era un hermoso y largo poema de amor del que nada más me ha quedado en la memoria. «Quien no fornicare a tiempo» eran palabras que dolían suficientemente en nuestra generación para no olvidarlas. Muchos años después, metido por vocación a corresponsal de prensa en Oriente Medio, me he sentido formando parte de este otro grupo de periodistas al que «no haber ido a Bagdad a su hora» nos dolió en el alma. Los que no fuimos a Bagdad durante la guerra, tuvimos que pasar de la frustración a la resignación, y quedarnos concentrados en Ammán, donde hasta el último día de nuestra estancia no abandonamos completamente la ilusión de ganar el anhelado visado iraquí.
Veintiún años antes empecé en Ammán mi aventura de corresponsal, cuando en las callejuelas de las colinas de la ciudad —hubo un tiempo en que los jordanos gustaban decir que su capital tenía tantos djebeles o «colinas» como Roma— los fida’iyin palestinos luchaban con los soldados del rey Hussein. Residí unos días en el Intercontinental, que es uno de esos hoteles predestinados, como el de Teherán durante la «revolución islámica» del imán Jomeini, a ser base de los corresponsales de prensa, no por casualidad, sino porque los de esta red acostumbran a tener un buen sistema de comunicaciones y una previsora organización que permite asegurar en casos graves, en situaciones límite, la alimentación, a veces durante semanas y aun meses, cuando los restantes establecimientos hoteleros, como toda la población, naufragan con las primeras penurias provocadas por los desórdenes civiles de la guerra. Estuve también en otro hotelito, en el Shepherd, a un tiro de piedra del segundo círculo o glorieta del djebel Ammán, porque me lo recomendó entonces, paternalmente, el embajador Durán Loriga, ya que estaba cerca de la embajada de España. Durante la guerra del Golfo me refugié también en el Shepherd, huyendo de la tumultuosa histeria de los clientes del Intercontinental. No sabía, cuando me instalé en el hotelito, que era el que frecuentaban los diplomáticos de la vecina embajada de Iraq.
En el pequeño restaurante de la planta baja del Shepherd invité una tarde a Adnán, funcionario de la embajada iraquí, hombre alto y desgarbado, que se envolvía siempre con una bufanda gris, al que había encontrado en la esquina de la calle mi amiga Dominique Roch, una palestina que en Beirut fue corresponsal de L’evenement du jeudi y que ahora hacía de enviada especial en Oriente Medio de varias grandes radios europeas. Adnán, con Samarria, se ocupaba del trámite de los visados. Cuando con frecuencia aparecía por el Intercontinental, se le pegaban los corresponsales. Era adulado, solicitado, abordado por todas partes. Dominique, que trataba de que le renovaran su visado para volver a Bagdad, y cuyo trabajo era valorado por los iraquíes, fue sometida, ante mis ojos, a un acoso embarazoso cuando estábamos sentados tomando el té. Las nervudas y morenas manos de Adnán acariciaban las suyas, que retenía, entre cariñoso y autoritario, sobre la mesa. Entendí que más tarde se dejaría caer por el Intercontinental. Dominique me contó que tuvo que ausentarse unas horas para poder librarse de él.
Los más vulgares tópicos de historias sórdidas se cumplían al pie de la letra aquellos días en Ammán. Otra noche, una periodista también palestina que vive en Beirut y que dice que trabaja en una importante revista norteamericana, se acercó a Adnán, cuando estaba bebiendo en la barra, para inquirir por su visado. Al preguntarle cuándo podía ir a buscarlo a la embajada, le contestó, medio borracho, que cuando se acostara con ella. Un italiano que hacía de acompañante de la palestina le pegó un puñetazo y se armó tal trifulca en el bar, que tuvo que acudir la policía y llevarse a Adnán y a la muchacha, cada uno por su lado.
Nunca se pudieron verificar los rumores insistentes de que una cierta cadena de televisión había pagado en vano diez mil dólares para obtener el dichoso visado. Cada viernes, cuando se reanudaron los viajes de periodistas de Ammán a Bagdad, se frustraban las ilusiones de centenares de corresponsales que lo habían solicitado creyendo algunos de ellos que, tras remover Roma con Santiago, ya lo tenían en la mano. Al empezar la nueva semana renacían las esperanzas de poder ser incluido en el cupo de los elegidos.
La peregrinación a la embajada de Iraq con su puerta imitando la restaurada Puerta de Babilonia, era el ritual de cada mañana de muchos periodistas. El oficio de corresponsal en los países del Próximo y Medio Oriente tiene muy especiales circunstancias. Éste es un mundo erizado de fronteras, muchas veces infranqueables. Pero no sólo lo son para los occidentales, y sobre todo para los que llevan inscrita como profesión la de periodista en su pasaporte, sino para los propios hijos de estas tierras. En Bagdad, durante la guerra, hubo muy pocos corresponsales de diarios árabes y una docena de iraníes, no sólo porque su prensa carezca de la potencia económica y de la influencia de la que se publica en las ricas y desarrolladas naciones de Occidente. Para ellos, todavía es más humillante que para nosotros, trasladarse de uno a otro país es, frecuentemente, una empresa difícil.
Veintiún años antes en Ammán, había sólo un puñado de corresponsales españoles, quizá cuatro o cinco, sucesivamente, durante aquellas luchas de la «guerrilla urbana» de los palestinos con la Legión Árabe del rey Hussein que luego se llamaron el Septiembre Negro. Ante el impresionante número de los que en enero nos concentramos en la fea ciudad de los djebeles, un colega jordano me preguntó una vez:
«¿A qué se debe que haya tantos periodistas españoles cubriendo esta guerra?» Yo, que hubiera podido explicarle que tras la ley que autorizaba las televisiones privadas, había muchos nuevos canales y que cada uno había enviado su propio equipo, además de los de las televisiones de las regiones autónomas, o que habían aparecido nuevos diarios, y que las emisoras de radio libraban una encarnizada lucha, y sobre todo que, después del largo ensimismamiento de nuestro Estado, por vez primera la opinión pública vibraba de verdad con un tema de política internacional, pero me limité a decir: «Sabe usted, España es ahora una nación rica.»
A mi amigo la respuesta le pilló de sorpresa. Después de todo compartía conmigo un almuerzo nada aparatoso en el pequeño y modesto Shepherd. Por cierto, que muy poco me sirvió codearme con diplomáticos de la embajada, con iraquíes de cierta posición que cada mañana salían por carretera hacia su país. Yo he sido de los que, ¡qué se le va a hacer!, no llegamos a tiempo a Bagdad.

