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«Abu Dulab», o el padre de los neumáticos

Me gustaba llamarle «Abu Dulab», «Padre Neumático», y si al principio pudo sentirse, quizá, un poco ofendido, se dio cuenta en seguida de que se lo decía con mucha simpatía y con humor. Abdelrazak Saydun o Abu Alí, por ser padre de Alí, cuidaba los neumáticos de su pequeño taxi como si fueran las niñas de sus ojos. En una esquina de Bagdad los hinchaba con paciencia ante un taller mecánico del barrio elegante de la ciudad, y un par de horas después, dando vueltas por las iglesias cristianas y por la calle Rachid de los Soportales, en el calor del mediodía, los regaba casi con amor, en una breve sombra de la tapia de la mezquita de Al Galiali, y por la carretera se paraba frecuentemente para que descansaran.

Cuando una vez fuimos al zigurat de Agarguf, dejó el automóvil con cierto miedo fuera de las verjas del recinto que quería visitar. ¡Los neumáticos son tan preciosos! Los pueden robar en cualquier parte y un neumático cuesta nada menos que tres mil quinientos dinares, ocho meses de sueldo en Iraq. Claro que también pueden robar los espejos retrovisores, los parabrisas, los cristales o el mismo automóvil. Al emprender mi viaje hacia Bagdad por la larga carretera del desierto desde Ammán no di al principio demasiada importancia a los flamantes neumáticos, que junto con sacas de pan, cajas de conservas y de frutas, relucientes sandías, se acumulaban en los últimos asientos vacíos del modesto autobús.

«Abu Dulab» llevaba un fino bigote muy recortado y el primer día que le vi vestía una dichdacha o blanca túnica como usan muchos hombres de los países del Golfo, que después se sacó, para llevar sólo pantalones y camisa cuando vino al hotel a buscarme con su taxi. Nos encontramos a gusto muy pronto. Era padre de un niño y dos muchachas, casado con una hermosa mujer funcionaria del Estado, como otros tantos cuatrocientos mil iraquíes, cuya fotografía vi en la cartilla de racionamiento que una vez me mostró.

«Abu Dulab», que había estudiado en su juventud en la escuela dramática de la capital, sirvió ocho años en el ejército como mecánico durante la guerra entre Iraq e Irán. Creo que «Abu Alí» casi nunca dejaba de pensar en los neumáticos, en unos neumáticos nuevos para su coche. En muchos barrios de Bagdad se ven pilas de neumáticos de contrabando en las aceras a precios de oro.

Por las cuidadas autopistas, por las excelentes carreteras, todas reconstruidas, hay siempre automovilistas cambiando o reparando ruedas. En los grandes supermercados del Estado, adonde los iraquíes acuden con sus libretas de racionamiento para abastecerse de alimentos, los neumáticos son muestra de las piezas de recambio raras o inexistentes, y a causa del bloqueo internacional, son un artículo que apenas se encuentra a la venta.

Tan pronto fue impuesto hace tres años el embargo, el gobierno del rais Sadam Hussein estableció unas cartillas de racionamiento en las que, a precios subvencionados hasta el 90 por ciento de su valor, se proporcionaban a cada habitante de la nación, incluidos los extranjeros (hay todavía muchos egipcios y sudaneses que trabajan en Iraq), 9 kilos de harina, 6 kilos y medio de arroz, 1 kilo y medio de azúcar, 50 gramos de aceite de cocina, 75 gramos de té, y 2 kilos de leche en polvo.

Pero esta cantidad no es suficiente para todo el mes. Cubre sólo las necesidades de dos o tres semanas. ¿Cómo pueden entonces sobrevivir los iraquíes el resto de los días con salarios medios de 400 o 500 dinares, cuando un kilo de carne vale 95 dinares, una simple docena de huevos, 214 dinares, o como yo pude verificar en el zoco de Basora, una lata grande de leche en polvo, la cuarta parte de un sueldo?

El embargo alcanza todo el ámbito económico de la sociedad, desde los alimentos, cuya escasez ha producido un fenómeno de desnutrición en algunos sectores del país, o desde la falta de medicamentos, que ha multiplicado por diez la mortandad infantil, hasta la inexistencia de piezas de recambio. Ante esta necesidad los iraquíes, acostumbrados a que con su dinero tenían fácilmente la llave de una instalación agrícola o de cualquier proyecto realizado por compañías extranjeras, han tenido que apañárselas para salir adelante como han podido, y se han reparado centrales eléctricas —hoy cosa increíble, ya no hay cortes de fluido— a base de sacrificar alguna de ellas, desmantelándola para aprovechar sus piezas de recambio en la construcción de las demás.

El régimen del partido Baas —pálida pantalla que apenas disimula la fuerza real del gobierno en manos del rais de su omnipotente clan de Takrit y de sus grupos infeudados— movilizó a la población. Así, se ven con frecuencia por las calles de la capital jóvenes que arrastran carretones con cascos de botellas, papeles usados, y otros desperdicios que aprovechan en la industria. Nada se tira ni se destruye, y todo sirve.

Con las piezas desmanteladas de un vagón de tren se repara otro. Los iraquíes tratan de hacer durar sus trajes, cuidan al extremo sus zapatos, sus aparatos electrodomésticos. En un año fueron capaces, con los medios a su alcance, de reconstruir puentes, centrales eléctricas, hospitales, carreteras, la red ferroviaria, el tendido eléctrico, el abastecimiento de aguas, restablecer las comunicaciones telefónicas interiores y ahora las internacionales, reorganizar la administración pública. Existían grandes depósitos de materiales almacenados cuando se aplicó el embargo, y se recurrió a las reservas escondidas, a la venta clandestina de petróleo, a los materiales, como el cemento, disponibles en el mercado interior, así como a una mano de obra barata.

Un régimen tan centralizado como el de Iraq, que presume todavía de su economía dirigista, dispuso y ordenó lo que hizo falta para reconstruir con rapidez no sólo la infraestructura civil sino también la militar, sobre la que se asienta su poder. «Los israelíes —me comentaba medio en broma, medio en serio, un funcionario público— pidieron a la ONU que se levantase pronto el embargo para que no hiciéramos milagros en Bagdad…»

Iraq no es Cuba, donde la penuria de alimentos, la falta de gasolina y de toda clase de productos han hundido a la población en el hambre y la miseria. Las tiendas de Bagdad, a pesar del bloqueo internacional impuesto en 1990 tras la ocupación de Kuwait, no están vacías ni mucho menos desprovistas de género como pasa en La Habana. Los iraquíes se enorgullecen de su riqueza, de la riqueza de su nación, y si ahora se han vuelto habilidosos por necesidad como los cubanos para apañar un motor o arreglar simplemente un neumático apedazado, están percatados de que por poco que consigan un acuerdo con la ONU del levantamiento parcial del embargo, o sobre la explotación de una cantidad limitada de petróleo, podrán rehacerse en poco tiempo.

Me lo dijo «Abu Dulab» el primer día que subí a su automóvil —uno de los dos millones de automóviles que circulan por este país, en el que el litro de agua potable cuesta treinta veces más que el de gasolina— al afirmar, muy convencido, que en Iraq no faltaba nada y había de todo siempre que se tuviese mucho dinero para comprar. El contrabando llega no sólo por Jordania a través de cuya carretera los iraquíes conservan su cordón umbilical con el mundo exterior, sino por la frontera de Irán o de la zona kurda rebelde del norte, a la sombra de Turquía. Son artículos también manufacturados de China, de Tailandia, de Singapur o procedentes de Occidente. Pero la nación está tocando fondo y sus reservas acumuladas en los años dorados, incluso durante la guerra con Irán, se agotan. En una visita al hospital de la Ciudad Sadam Hussein, un barrio popular de la periferia de la capital, un médico indignado exclamó al verme: «Cada día se mueren pacientes sin que podamos atenderlos porque no tenemos suficientes medicamentos. No somos monos de un zoológico para exhibirnos a los corresponsales extranjeros. La situación está muy clara para todo el mundo, pero nada ha mejorado en tres años.»

Uno de los raros diplomáticos extranjeros que continúan acreditados en Iraq me comentaba que este embargo «es un embargo vicioso, porque si bien permite a su gobierno procurarse medicamentos o artículos alimenticios de primera necesidad, no le facilita los medios para efectuarlo». De acuerdo con las resoluciones del Consejo de Seguridad, Iraq no solo no puede exportar su petróleo —se le autoriza únicamente la venta legal de una de terminada cantidad que hasta ahora ha rechazado—, sino que sigue teniendo sus depósitos, estimados en tres billones y medio de dólares, congelados en bancos de treinta países extranjeros, entre ellos diez musulmanes. Las medidas serán levantadas cuando a juicio de la ONU su gobierno haya cumplimentado todos los requisitos de las obligaciones impuestas, incluyendo las indemnizaciones de guerra a Kuwait.

En la avenida del recinto de la Feria Internacional de Bagdad, cerca de la sede de los Servicios de Inteligencia bombardeada en julio, pululan los cambistas. Son peligrosos y voraces, y casi asaltan los automóviles que se acercan para canjear dinero.

«Tengo —decía «Abu Dulab» con mucha parsimonia y al principio sin mostrarlos— sesenta dólares. Un billete de cincuenta y otro de diez…»

Los cambistas, abriendo la puerta, se metían en el coche para regatear, muchas veces sin dinero en la mano, y despreciando con frecuencia los billetes pequeños. Había que estar en guardia porque podían coger los dólares e irse corriendo sin entregar los fajos de billetes del canje. En Iraq, el cambio oficial es de tres dólares y medio por dinar, pero en este mercado negro a pleno sol en los zocos y en las calles se llegan a pagar cincuenta, sesenta y a veces más dinares por cada dólar. La especulación varía mucho en función de las noticias, de los rumores, sobre las peripecias de la esperada negociación de un levantamiento parcial del embargo para la venta de petróleo o de las posibles acciones militares norteamericanas contra la nación.

En nuestras incursiones periódicas a la jungla de los cambistas de la avenida de la Feria Internacional, un buen día «Abu Dulab» me preguntó si había visitado la República de Irán. Cuando le enseñé el visado de mi reciente viaje me contó desesperado que su hermano mayor había sido hecho prisionero nada menos que hacía trece años, al principio de la guerra, y que no sabían nada de su paradero, porque todas las gestiones, incluidas las de la Cruz Roja, para liberar a los cuarenta mil prisioneros de guerra que todavía, según él, están en manos de los persas, fueron en balde.

«Sin dinero, sin Wasta —influencia o enchufe en árabe—, hay que resignarse. Nadie se atreve a hacer ningún reproche en público porque todos vivimos bajo el miedo.»

Precisamente para mediar en favor de un intercambio de prisioneros entre Irán e Iraq, había llegado a Bagdad el ex campeón de boxeo Cassius Clay, «Mohammed Ali», que se paseaba como alma en pena, esperando la audiencia del rais Sadam Hussein, por los pasillos del hotel Rachid. Los fotógrafos le acechaban siempre en la puerta cuando tenía que atravesar el umbral, pisando el mosaico del ex presidente norteamericano, con la leyenda «Bush es un criminal».

De noche, los grandes hoteles de Bagdad como el Sheraton o el Palestine, a las orillas del Tigris, que en árabe se llama Dajla, están muy concurridos. La calle de Abu Nauas, el poeta que cantó la alegría de vivir, es la más amena de la ciudad, con sus restaurantes de pescado, el típico mazguf, que los clientes eligen en sus surtidores o bercas, para freírlos abiertos como un libro por la mitad, en un fuego de leña. Hay también destartaladas cafeterías entre eucaliptos, cerca del río, donde los parroquianos, exclusivamente masculinos, juegan al tric trac, o tablas reales, escuchan indolentemente las mismas canciones de moda de los demás países árabes, y sorben cafés, tés o zumos de limón. Ni una mirada, ni un gesto hostil, ni una palabra de reproche por mi condición de occidental.

Desde la alta torre de dieciocho pisos del Sheraton Istar, nombre de la antigua diosa de Babilonia, los curiosos iraquíes contemplan desde el Club Scherezade, donde se consume toda clase de bebidas alcohólicas, o desde la galería circular acristalada, las mil y una luces de Bagdad. «Abu Dulab» se sintió muy feliz la última noche porque, después de los días que estuvo con su taxi a mi servicio, había conseguido el dinero necesario para cambiar, al fin, sus gastados neumáticos.