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Sangre en la embajada

Siguen bombardeando sobre Beirut. Por las salas devastadas de la residencia que da al jardín deambulan con lentitud los dos perros alemanes Max y Jenny. Max, cojo de una pata delantera, cuando silban los proyectiles desciende las escaleras del refugio. En las habitaciones hay colchones tendidos, sofás y una cuna. Las criadas ceilandesas, los servidores filipinos de la embajada, cuidan a Alexia, que ha cumplido un año sentada en su sillita de ruedas, y entretienen a Diego Tarek, de tres años, hijos de Pedro de Arístegui y Yumana Awad.

Los niños se han acostumbrado al trato y a los mimos que Yola Feghali y Desirée Lahoud, secretarias del embajador, les prodigan con ternura. Los médicos del hospital Sagrado Corazón esperan que pasen cuarenta y ocho horas para saber si su madre, gravemente herida, podrá sobrevivir.

En el comedor de la residencia, la mesa sigue puesta. Nadie ha recogido el mantel… La vajilla rota, los cubiertos de plata sobre los que se va depositando el polvo. En el salón, en el que esperaban aquel almuerzo del domingo que nunca se hizo el embajador y sus íntimos cuando estalló el poderoso proyectil, las manchas de sangre en los sofás, en la alfombra, se han ennegrecido. Entre los muebles derribados, los cristales rotos de los grandes ventanas les, he visto el par de zapatos que calzaba Samia, la hermana de Yumana muerta en el acto, y un chupete de un niño.

Diego Tarek se salvó porque las dos mujeres se precipitaron pura cubrirle cuando hubo la explosión. La deflagración fue tan potente que hasta las habitaciones privadas del piso superior han quedado muy dañadas.

Únicamente un rincón protegido por sacos terreros, la pequeña sala de estar de la familia, donde Arístegui tenía sus fotografías dedicadas de estadistas y gobernantes, permanece intacta. Muchas veces, y la última fue el mismo sábado, había conversado animadamente en esta pieza con Pedro de Arístegui durante horas.

Arístegui hablaba sin parar y a veces era muy difícil interrumpirle. Con barba, corpulento, de gran vitalidad, fue un hombre exuberante en todas sus facetas. Había ejercido la diplomacia, sobre todo, en las repúblicas hispanoamericanas, en las que adquirió una gran experiencia.

De la experiencia de sus años en Nicaragua ha escrito un libro que aún permanece inédito y que tituló con el texto de su primer telegrama enviado al Ministerio de Asuntos Exteriores recién llegado a la capital: Incorporado a Managua. Aristegui.

Pedro pertenecía a esa clase de diplomáticos atraídos por el periodismo y la literatura. Cuando por primera vez tuve la oportunidad de almorzar con él en el palacio Cheab, residencia de los embajadores de España en El Líbano y una de las más espléndidas residencias que posee el Estado español en el extranjero, me habló en seguida de nuestro buen amigo Manuel Leguineche, que había sido uno de los periodistas españoles que más trató durante la revolución sandinista en Nicaragua.

Fue entonces —como lo fui yo mismo más tarde durante un par de meses cuando más graves se hicieron las amenazas de secuestros de ciudadanos occidentales en el sector oeste de Beirut— uno de los refugiados que acogió en la embajada española en la capital de Nicaragua.

Con la referencia de Leguineche y con su vieja relación con mi maestro Manuel Díez de Velasco, catedrático de Derecho Internacional, que había sido su condiscípulo, empezó nuestra amistad. La imagen de Arístegui, diplomático con imaginación, con su gusto por la aventura y por las situaciones difíciles, su propia presencia física imponente, lo hacían un personaje literario.

En Beirut se ganó con habilidad la admiración y la simpatía de mucha gente. Con frecuencia salía por la televisión local y se había convertido en uno de los embajadores más populares en el país, pese a la modestia de los intereses españoles en esta región de Oriente Medio.

En el palacio Cheab gobernaba como un gran señor sobre funcionarios, secretarias, empleados y todo este variopinto mundo de gendarmes, guardaespaldas cristianos y la servidumbre doméstica de distintos colores procedente de diversos países de Asia, especialmente Filipinas.

Como en Managua, residencia y embajada están separadas en Beirut por un jardín. En este ámbito espléndido, en una de las colinas que dominan la ciudad, supo fascinar a los libaneses con su simpatía y espontaneidad.

A su vocación diplomática, heredada de familia y seguida por otro hermano, actual embajador de España en Nigeria, a su gusto por la palabra y el interés por temas hispanoamericanos y más tarde medioorientales, a su pasión por estudiar y tratar el fenómeno tan actual del terrorismo, Pedro Manuel de Arístegui unía su amor por el mar y por la aviación. Pero este hombre fue además un hombre de familia. En El Líbano fundó casa, contrajo matrimonio con la hija de un diplomático y también escritor galardonado el pasado año con el premio de literatura Sadam Hussein Takriti, tuvo dos hijos —de un matrimonio anterior había tenido otros tres— y empezó a escribir otro libro que lamentablemente nunca terminará. En un dramático soplo, todo su esfuerzo, su vida, su mundo, al que durante estos años en la ciudad beirutí había animado este palacio de la montaña de El Líbano, se desvaneció. Sus dos hijos pequeños, Diego Tarek y Alexia, aún no saben que no van a verle nunca más.