Cada noche, alrededor de las diez y media, empieza el bombardeo. La vida cotidiana de los habitantes de Beirut gira en torno al miedo de la noche que, si no pueden evitar abandonando la ciudad, no les queda más remedio que soportar escondidos en sus casas. Cuando al día siguiente se encuentran después de la oscura travesía del horror, se saludan como si hubiesen llegado de lejos, tras un largo viaje: «Hamdallah ala as salame», agradezcamos a Dios el estar aún sanos y salvos. A la hora acostumbrada, la guerra nocturna se desploma sobre la ciudad, desahuciada por sus habitantes, y que oculta su miedo en una oscuridad completa. Sólo muy de vez en cuando, antes de los bombardeos estallan, como silenciosos fuegos artificiales, brillantes cohetes que iluminan Beirut.
Distinguimos sin gran esfuerzo las salidas de los proyectiles disparados desde las baterías artilleras del oeste. Después, a veces, espaciados, llegan los cohetes que los soldados disparan desde los barrios cristianos contestando al fuego. Desde la explosión de los cañones a los bombazos, vuelan los proyectiles, hendiendo la noche, con su largo silbido. Tumbado en mi cama les oigo silbar, por encima de mi casa, hasta que estallan muy cerca, provocando a veces los gritos de la gente espantada, que llama a sus hijos, el estrépito de cristales y de muebles rotos, o acaban por estrellarse lejos.
Para huir de la muerte nocturna, un millón de habitantes han abandonado Beirut, buscando refugio sobre todo en el sur. Los cristianos del oeste, atrapados en un enclave de poco más de mil quinientos kilómetros cuadrados, han quedado más expuestos a los bombardeos. Son atacados en todas direcciones y cuando tratan de salir en el único barco que todavía hace la travesía de Junieh a Lanarca, en Chipre, se arriesgan a ser blanco de la arillería siria, que ha impuesto el bloqueo marítimo para impedir el desembarco de armas y material bélico destinados al general Aoun.
Como es casi siempre en medio de la oscuridad cuando los barcos intentan atracar en los puertecitos levantinos, las baterías sirias entran en acción, provocando la respuesta de los cañones del general y enzarzándose en un fuego que se extiende en seguida por toda la ciudad. El ejército sirio hace de ejército musulmán como en 1975 las fuerzas palestinas luchaban al lado de los musulmanes contra los cristianos.
El drama de los habitantes de Beirut es que no viven en una ciudad sino en un campo de batalla con «frentes tradicionales», con tropas o milicias apostadas en medio de barrios pobladísimos desde donde disparan su artillería pesada. En el oeste de Beirut los sirios han instalado en algunas azoteas sus baterías —la gente las llama abu abdo— o a veces lanzan sus potentes cohetes desde rampas móviles armadas sobre vehículos, o desde tanques que disparan a partir de calles céntricas. Pero no todos han podido irse.
Durante las horas de luz, abreviadas por la exigüidad de la jornada útil de trabajo que se reduce hasta el mediodía, Beirut trata, contra viento y marea, de sobrevivir. Hay que hacer funcionar los servicios mínimos, hay que procurarse pan, agua y comida y hay que cumplir con las obligaciones laborales.
Miles de ciudadanos, cuyas familias se han refugiado en Saida, en Tiro, en los pueblos del sur, pagando a veces altísimos alquileres por una habitación, o teniendo que acampar en playas o en la orilla del río Awali, vienen cada mañana al trabajo, y antes de las inciertas horas de la tarde, que siempre despiertan el miedo de la noche con sus estremecedores bombardeos, regresan en sus automóviles abriéndose paso hasta por las cunetas en una avalancha de excitación. Como en los días del pánico de los bombardeos israelíes del verano de 1982, huyen los beirutíes de una ciudad que saben entregada, horas después, a la crueldad de la noche.
«Curiosa ciudad —escribió hace años un periodista libanés— en la que todo parece tener un aspecto normal durante el día pero que, como en los tiempos ancestrales, con la puesta del sol, los humanos ceden su lugar a los lobos.» El autor describe el apogeo de aquel tiempo en que Beirut era el reino de la anarquía miliciana que hacía estragos por las noches desamparadas. Pero en este estío de 1989 no son los hombres, los forajidos que al abrigo de cualquier milicia aterrorizan a sus habitantes, sino los bombardeos escalofriantes los que sepultan de pánico toda la población.
Los proyectiles de todo calibre, los cohetes Grad o los terribles cohetes de 240 milímetros, que perforan paredes de edificios, pueden entrar por todas partes. Los refugios son tan vulnerables como las chabolas. Lo único que les da fuerza es el sentimiento de seguridad psicológica que pueden ofrecer. Hace unos días, uno de estos terribles cohetes hundió una casa que se desplomó sobre un refugio en el que murieron diez personas.
Los barrios del este, que habían gozado de una relativa seguridad, se han equiparado con esta «guerra igualadora» —como ha observado con justicia Maruja Torres, que también ha quedado prendida de esta inmensa decadencia de Beirut— con los barrios del oeste, siempre condenados a los asedios, a la turbulencia, al estado permanente de subversión.
Musulmanes y cristianos sufren el mismo destino de una muerte que si no acude una noche a la cita, podrá llegar sin tardanza la noche después. Esta fatalidad es lo más impresionante en esta situación límite que se prolonga y prolonga sin que nadie vislumbre el fin. Los beirutíes juegan a burlar la muerte, pero saben al mismo tiempo que no pueden zafarse de ella si no se van de la ciudad.
Nunca como ahora, Beirut, pólvora y jazmín, Beirut, capital del mundo, se ha hecho irremediablemente capital de la muerte. En los refugios, en los que se hacina este pueblo de catacumbas del miedo —pero en los que una vez he visto también a una altiva dama hacerse servir por su mayordomo con toda etiqueta una cena con vajilla y cubiertos de plata—, en los refugios, digo, la gente está pegada a los transistores, que excitan todavía más su miedo, pero que también les pueden reconfortar en su provisional alejamiento del peligro, con los interminables flashes precedidos de histérica sintonía, que relatan cuándo, en qué minuto, dónde, en qué lugar, en qué calle, ha estallado el último proyectil.
Muchos beirutíes sólo salen de su piso, sólo dejan su casa, para descender al refugio o simplemente a las escaleras del edificio, cuando la radio —una de las numerosas emisoras que transmiten estos programas, cada una con su afiliación, o su ubicación en el este o en el oeste de la ciudad, acentuando según su interés los lugares que han sido víctimas de los bombardeos— les anuncia que los proyectiles han estallado en un sitio muy próximo a su vivienda. No sé con qué lógica, pero muchas veces aciertan, deciden entonces salir de sus lugares expuestos y protegerse en alguna parte de la casa menos vulnerable. El flash que apenas acaban de escuchar difunde poco después la explosión que su calle, su manzana o su casa, ha padecido poco antes.
«En los refugios se ha fraguado —he leído no sé dónde— conciencia colectiva de la guerra.» Pero lo que es emocionante es que bajo los bombardeos que cada noche castigan Beirut, cuando las radios hacen una pausa en sus sincopadas transmisiones de muerte y de devastación, los beirutíes escuchan con inexplicable unanimidad, cristianos y musulmanes, habitantes del este o del oeste —que así acostumbran siempre a decir los libaneses cuando se refieren a las dos partes del hecho consumado de la escisión—, las canciones, las hermosas canciones de Feyruz.
Como Um Qalsum, la «estrella de Oriente», que aun muerta hace la unanimidad de los árabes, la voz tierna y firme de la gran cantante libanesa, reúne corazones y mentes, aviva la última ilusión de un Líbano que se resiste a morir. Mil veces ha sido sepultado El Líbano y mil veces enterrada su capital. Inútil notario de su agonía, continúo en Beirut, escribo crónicas que no llegarán, sigo aferrado a mi casa de Hamra, desahuciada por sus vecinos como todos los edificios abandonados de la ciudad, reduzco a cenizas, como puedo, el miedo de cada noche, entregado a mi destino, soportando mi suerte, hasta que la luz del día viene al fin. Los gallos ya no cantan la aurora porque andan destemplados y empiezan a cacarear en medio de los rugidos de la noche, y los pobres perros callejeros —¡aún quedan perros vagabundos en Beirut!— ladran entre los bombardeos, exponiéndose a que alguien, furiosamente desesperado, les dispare la muerte con su fusil.
El día lo pasan muchos habitantes de la ciudad durmiendo, cumpliendo con las ineludibles cargas de la supervivencia, recobrando fuerzas para la noche que ha de llegar. Nuestra frustración es cuando a la hora fijada no empieza el bombardeo. ¿Acaso no había barcos que subrepticiamente quisieran atracar? Su ausencia trastorna y reconforta, pero sobre todo inquieta porque nos deja en la más completa vulnerabilidad.
El bombardeo de día hace entonces que la noche venga antes a desplomarse sobre nosotros. En cuanto a los días tranquilos, sabemos que son muy raros regalos que después habrá que pagar. «Siete veces Beirut fue destruida —dijo en una arenga un general—, podemos reconstruirla otra vez.»

