Comencé el viaje en la puerta de mi casa, en el barrio de Hamra. Dos jeeps de la policía con cinco hombres armados me servían de escolta. Tenía que ir al aeropuerto para embarcar en el Avión. Estaba cansado de atravesar la «línea de fuego» entre los barrios cristianos y musulmanes para salir con seguridad desde el puertecito de Junieh, en el norte de El Líbano, hacia la isla de Chipre y, desde allí, dos o tres días después, tomar un avión hacia Occidente. Estaba cansado del tiempo y del dinero que debía emplear para hacer este camino. Por eso decidí ir directamente al aeropuerto, adoptando las medidas de precaución que estaban al alcance de mi mano.
La escolta hubiese podido estar integrada, perfectamente, más que por los gendarmes de la República, por los milicianos de cualquiera de las organizaciones armadas que campan por el oeste de Beirut, si no me la hubiese proporcionado un amigo, Afif Turk, muy respetuoso con la autoridad legal. Sé de gente, de algunos periodistas, que cuentan con el acompañamiento de los milicianos drusos durante sus desplazamientos al aeropuerto. Hay un hotel, el Cavalier, que facilita a sus clientes extranjeros escolta armada.
Los drusos de Walid Jumblatt, gran señor feudal de la montaña, se han convertido en los protectores de puñados de franceses, profesores y funcionarios de embajada que siguen en estos barrios de la ciudad, y son la única relativa defensa que queda a los poquísimos extranjeros que continúan viviendo en Beirut.
Hay, sobre todo, dos lugares muy peligrosos para los extranjeros, dos lugares que conviene evitar el barrio fronterizo entre el este y el oeste de la ciudad y la carretera del aeropuerto. Ha sido en estos parajes donde ha habido más secuestros de occidentales. Fue, por ejemplo, en la carretera del aeropuerto donde los milicianos chiitas secuestraron, el 17 de enero del año pasado, a los dos hermanos Abdo, empleados en la embajada de España, cuando fueron a buscar al aeropuerto a unos policías del cuerpo de los GEO.
Con mi escolta armada pude atravesar sin contratiempos los suburbios chiitas, donde proliferan las milicias extremistas como el Hezbollah o partido de Alá, instrumento en manos de los gobernantes persas de Teherán. Son barrios que se han hecho en muy pocos años, con la emigración de los habitantes chiitas del sur. Son barrios pobres y muy poblados, con retratos del imán Jomeini y banderas de la República Islámica de Irán. A su lado se extienden los campos de refugiados palestinos, ahora en guerra con la milicia del Amal.
Nadie es capaz de asegurar el tránsito por esta corta carretera. En el aeropuerto, los servicios de inteligencia sirios, los mokhabarat, son los que se encargan del orden junto a los agentes bien uniformados, decorativos, de la policía libanesa. Llegué, como digo, sin tropiezos en el automóvil de Ali, un chiita empleado en el consulado de España. No hace falta que diga que yo pague con mi propio dinero a los hombres de la escolta. No sé si en caso de peligro me hubiesen servido de algo, pero me dieron una cierta seguridad. Valía la pena aunque hubiese sido tan sólo para presumir de los jeeps que me acompañaban con los silbidos de las insistentes sirenas, para abrirse camino por los suburbios peligrosos de «la meca de los secuestradores». Yo, que quería pasar inadvertido, con la demostración de fuerza de los gendarmes me convertía en una fácil presa. Esta psicosis del secuestro aumentó en la primavera del año pasado. Puedo decir que hay, sin embargo, unas reglas de juego. Ya he dicho que se secuestra especialmente en los accesos entre los barrios musulmanes y cristianos y en la carretera del aeropuerto. Las mujeres, sean norteamericanas, francesas o inglesas, las mujeres occidentales, nunca han sido víctimas de esta práctica.
En los últimos meses, los periodistas se han convertido en personas non gratas de sospechosos, en hipotéticos agentes de las potencias de Occidente. Algunos han sido secuestrados y continúan secuestrados en cualquier barrio de Beirut o en algún lugar de la llanura de la Bekaa. Quedan pocos corresponsales Occidentales en la zona musulmana de la ciudad.
Fue con un avión de las líneas aéreas libanesas que volé hacia Europa. Como iba entre sus pasajeros árabes, y a pesar de que mi pasaporte es un pasaporte español, por el hecho de haber sido expedido en Beirut tuve que soportar el trato, a veces poco amable, de los policías de los aeropuertos.
En el aeropuerto de Orly continúan pegadas a las paredes las fotografías de los libaneses acusados de haber cometido los espectaculares actos terroristas de París. En las consolidadas sociedades de Occidente se ha creado un peligroso estado de ánimo hostil a todo el que es árabe y esencialmente a todos los que han nacido en El Líbano, sin percatarnos ni del trasfondo de esta desesperación ni de que son ellos en realidad, los propios libaneses, las primeras víctimas del terrorismo.
Yo, que había tenido que servirme de una escolta de protección para salir de Beirut por eso de ser occidental y periodista, quedaba ahora equiparado, paradójicamente, a un viajero oriental en la vieja y rica Europa, a un terrorista en potencia, a un apestado…
Viniendo del desgraciado Beirut, de los países árabes postrados de Oriente Medio, el espectáculo entrevisto en las grandes ciudades de Occidente, como Milán, Zurich, Ginebra o París —la necesidad de las conexiones me obligó a efectuar todas estas escalas para poder llegar a mi destino—, me deslumbraba y me hería.
Nuestro mundo es un mundo cada vez más sólido, más rico y más viejo. Su mundo, Oriente, se hace cada día más vulnerable, más pobre, más populoso. De él sólo nos separan unas cuantas horas de avión. Me estremece pensar que vivimos el enfrentamiento de dos civilizaciones: la tecnológica y la teocrática. En Beirut, yo, hombre y periodista —perdón por la inmodestia— estoy en la última avanzadilla. Es mi destino.

