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El serrallo de Tiro suplica una bandera azul

Con las manos agarradas a los barrotes de hierro, los presos escrutan entre las rejas los aviones israelíes que sobrevuelan Tiro. En la planta baja del antiguo edificio del serrallo, sede del gobierno provincial, cumplen condena cincuenta delincuentes comunes, excitados por las amenazas de la radio de un inminente bombardeo contra el caserón. En su destartalado despacho, con un ventanal sobre el puerto, el comandante Bassam está nervioso. «En el serrallo sólo hay un puñado de gendarmes, los guardias y los prisioneros. Pero los israelíes han advertido que lo bombardearán por considerarlo objetivo militar. ¿Qué podemos hacer con los encerrados? Solicitamos al jefe de la Finul, el contingente de la ONU, si podía encargarse de ellos. ¿Y qué ocurrirá con nosotros, pobres servidores de la República? La solución consistiría en izar la bandera de la ONU sobre el edificio. ¿No podrían interceder ante el coronel para que nos extendiese su protección?» El sargento Jhaled tiene los ojos desorbitados, y no disimula su miedo cuando, por la galería del patio, suplica nuestra intervención, la intervención de los periodistas occidentales, para salvarse del anunciado bombardeo. Estos agentes de la autoridad, funcionarios y empleados del Estado, que no han podido evacuar Tiro como la mayoría de sus cien mil habitantes, y que se han quedado al cuidado de la administración de una desahuciada población presa del pánico, están atrapados en el serrallo, en la orilla del mar. Sus familias emprendieron el éxodo hacia Saida, hacia Beirut, ahunyentadas por los ultimátums del ejército israelí para que abandonasen sus casas.

Tiro es una ciudad desierta, con todos los cierres metálicos de sus tiendas bajados. Solo en el recinto de los «cascos azules» de la Finul, entre raquíticos jardincillos municipales, se sienten seguros los trescientos refugiados que eligieron protección bajo los bandos de las Naciones Unidas. Hay soldados libaneses empuñando sus armas en el paseo marítimo, centinelas en las garitas del gran cuartel, con su puerta cerrada, o en los puestos de vigilancia de la desierta carretera del litoral, constantemente amenazada por los helicópteros israelíes. Pero nadie les ha dado orden de disparar sobre los atacantes. Las baterías antiaéreas, que el primer día de esta ofensiva abrieron fuego sobre los aviones israelíes, están silenciosas. Una de las que se atrevieron a disparar fue aplastada por las bombas, que mataron a sus servidores.

Manuela Sánchez, una española que vive en Tiro, casada con un médico libanés, y que ha decidido quedarse junto con otros compatriotas en el hospital Djebel Amel, denuncia a este ejército incapaz de proteger a la población: «Aunque no nos gusten las barbas o los ropajes del Hezbollah, aunque no comulguemos con sus ideas, son ellos los que están defendiendo este pueblo. Por esto, los libaneses han hecho causa común con su lucha, que es la lucha contra la ocupación. ¡No nos moverán de aquí!», exclama Manuela. En el sótano de su edificio se han refugiado varias familias. Es la desgarrada estampa que tantas veces he visto en las guerras libanesas. El Hezbollah les distribuye cada día leche, pan, arroz. Les proporcionó colchonetas y mantas. La tarea preferente que tiene ahora el contingente de los «cascos azules» es rescatar a lugareños que han quedado aislados, organizar convoyes de socorro para abastecerlos. El ejército israelí puede disparar en cualquier momento sobre cualquier vehículo o transeúnte sospechoso que circule por esta zona, más allá del riachuelo Litani. Toda esta tierra del sur, despoblada para impedir la acción de los guerrilleros del Hezbollah, se ha convertido en su rehén. Ocurra lo que ocurra estos días de ataques israelíes, que abrieron su primera herida en esta tierra en 1982, la población de El Líbano ha caído de nuevo en el agujero del miedo, se ha desbaratado su incipiente recuperación económica y se han hecho añicos muchas ilusiones de reconstrucción. Quizá sea ésta, me comenta un profesor de Tiro, la última guerra de El Líbano. Es muy difícil saberlo.

Lo que nunca olvidaré son aquellas palabras, casi súplicas, de los gendarmes del serrallo que, aterrados, sólo querían una bandera de la ONU que les cobijara. Nunca les dijimos que el coronel de los «cascos azules» desestimó su petición argumentando que, si lo hiciera, no tendría más remedio que izar una bandera azul sobre cada cuartel del ejército libanés.