Disparan sin dudarlo sobre todos los vehículos en los que tan solo va cl conductor. Son muy estrictas las órdenes en estos puestos de vigilancia de Marjayun, en los que las vallas cierran la carrerora para evitar los atentados de los automovilistas suicidas. Únicamente pueden desplazarse los coches o los camiones en los que por lo menos viajen dos personas. Desde antes del crepúsculo, a las cinco de la tarde, está prohibido circular. Bloques de hormigón obstruyen la carretera.
Los milicianos del general Lahad con soldados israelíes, vestidos de paisano, son los centinelas de esta frontera de la zona de seguridad. A trece kilómetros de Jezzin, penetramos en esta «marca israelí», que se extiende sobre una superficie de mil kilómetros cuadrados en el sur de El Líbano. Dominando este paisaje montañoso, abrupto, señoreando el pueblo de Marjayun, se yergue el castillo de Beaufort, una antigua fortaleza construida por los cruzados. A sus pies, el contingente de la ONU, las fuerzas de la Finul, tienen uno de sus inútiles puestos de control. Estas comarcas son una tierra propicia para la guerrilla. Los fidaiyin de Yasir Arafar la habían hecho suya durante años. En el Arkub, bautizado comola tierra de Al Fatah, tenían sus bases desde donde atacaban a Israel.
Cuando los israelíes invadieron el sur en el verano de 1982, una de las primeras batallas que libraron fue la de Beaufort para conquistar el castillo de los palestinos. Por esta misma conererita, encajonada en el valle, seguí el convoy del Tsahal en los primeros días de la guerra. En una de estas aldehuelas entrevisté entonces al comandante Hadad, jefe de la milicia libanesa aliada de Israel.
El comandante estaba exultante: la caída de Beaufort le liberaba de sus enemigos palestinos que le hostigaban en su propio cuartel general de Marjayun. Su milicia, fundada en 1976 para combatir a los fida’iyin del sur, extendía su dominio, gracias a la Victoria israelí, hasta la ciudad musulmana de Saida, a cuarenta kilómetros de Beirut… El comandante tiene, ahora, una pequeña estatua de bronce en medio de los arriates de un rústico jardincillo en Marjayun. Cuando murió hace un par de años, fue el general Lahad el que le reemplazó en el mando de la milicia.
Este militar de carrera, oriundo del Chuf, ha tenido que replegarse de la región de Saida y de otros territorios al evacuar en 1984 los israelíes el sur. Pero su organización armada sigue do minando la zona de seguridad, además de la localidad de Jezzin y de sus alrededores. Lahad ha establecido un régimen de mayor disciplina. Ha querido denominar su milicia «Ejército del Sur de El Líbano», aunque no tengan porte marcial ni saluden con la perfección de un soldado. «Estoy contento de mis hombres», me dice el general. Pese a todo no es tan malo que sea un ejército de milicianos ya que es, a la postre, con las milicias con las que tienen que luchar.
El «Ejército del Sur de El Líbano», en el que además de cristianos hay también musulmanes chiitas, se han alistado muchos jóvenes que cobran una soldada. Es uno de los pocos recursos que tienen los refugiados que han perdido sus casas y su trabajo. Los milicianos del general son como todos los milicianos libaneses. Los milicianos libaneses —y no digamos ya los palestinos— son gente que han hecho de las armas su profesión.
Es frecuente ver que estos «soldados» —se estima su número en unos 2.500— llevan en sus uniformes, de confección israelí, nombres escritos en hebreo. No es ningún secreto que Israel ayuda y financia el ejército del general. Nadie sabe cuántos soldados del Tsahal sirven como consejeros en las tropas de Antoine Lahad. Pero los israelíes son omnipresentes, están junto a las vallas de las carreteras o en la misma valla del cuartel de Marjayun, por la que van y vienen sin cesar militares judíos. Los israelíes cuentan con las mejores posiciones de las montañas y se encargan de las instalaciones más estratégicas. Para ellos, la zona de seguridad es la garantía de la protección del norte de su nación.
El general Lahad aspira, por su parte, a asegurar el orden de la población libanesa, abandonada por el Estado. Su autoridad no es sólo militar, sino que se despliega de hecho en la vida civil. Si antes los enemigos de este ejército eran sobre todo los palestinos, empeñados en atacar a Israel y en instalarse en el sur, ahora lo son también los milicianos del partido prosirio Baas, el grupo chiita del Hezbollah o de otras organizaciones musulmanas. El Hezbollah, dirigido desde Teherán, comparte con los palestinos su propósito último de destruir y conquistar el Estado judío.
A diferencia de los chiitas del Amal, quieren combatir por la liberación de la tierra palestina. Marjayun es un pueblo tranqui lo, un pueblo a dos pasos de Israel. Desde hace años, en el sur no hay ni correo ni teléfono para esta población abandonada. Con Moni, el adolescente de Magduchi, chofer del doctor César Sakt, consumo el atardecer, yendo y viniendo por un tramo recto de carretera de Marjayun a Klea, y de Klea a Marjayun, sorbiendo latas de cerveza europea. Es la única forma de matar el tiempo antes de la cena en casa del general. El doctor César Sakr es consejero de Antoine Lahad, y habla correctamente español. Está casado con una madrileña que vive en El Líbano desde hace veinticinco años. Gracias a su hospitalidad puedo pernoctar en Mariayun, donde no hay hotel ni pensión. El general y el doctor son buenos amigos y sus mujeres se reúnen cada día en sus casas. En el salón del jefe del Ejército del Sur de El Líbano, sobre el aparato de televisión, hay una pareja de muñecos, unos gitanillos vestidos a la usanza andaluza. Es un recuerdo de España que la esposa del doctor César trajo de su último viaje.

