Durante años se había tejido una leyenda sobre las entrañas de Beirut. El subsuelo de la ciudad abrigaría túneles, galerías, un laberinto de pasadizos secretos. Desde Sabra, un largo túnel desembocaría en la orilla del mar, otro camino excavado llevaría al mismo centro comercial del barrio de Hamra… Los israelíes mantenían viva la leyenda con sus descripciones de los misterios enterrados en Beirut. La imaginación se exaltaba con estos relatos rocambolescos.
Con unos militares libaneses he ido a Sabra, el gran campo de refugiados palestinos, pegado al de Chatila. Los soldados del ejército montan guardia en su entrada; verifican la identidad de los transeúntes, registran los automóviles que van y vienen por su calle central.
¿Cuántos miles de personas viven aquí? Nunca ha habido estadísticas y es muy difícil saberlo. A pesar de la destrucción de muchas de sus endebles viviendas durante los ataques israelíes, del pánico provocado por la matanza de varios centenares de residentes, o la sensación de peligro de estar expuestos a otras posibles venganzas, la población continúa aferrada a la tierra. No tienen adónde ir…
Muy cerca del estadio municipal que los fida’iyin convirtieron en un polvorín y en un lugar de entrenamiento militar, hay un descampado en uno de cuyos ángulos se distingue una gran abertura cerrada por una verja entre taludes de tierra seca. Los franceses abrieron este acceso cuando tomaron posiciones en Sabra después del crimen colectivo, del delito de masas de septiembre. Franqueada la puerta, hay una bajada pronunciada. Entramos en la boca del laberinto de Beirut.
Para comunicar entre sí los más populosos campos de refugiados de los arrabales de la ciudad, las organizaciones palestinas emprendieron hace siete años la construcción de estos túneles. Eran a la vez cuerpos de guardia, refugios, y depósitos de armas y municiones. El registro implacable del oeste de la capital por los soldados libaneses ha hecho aflorar toda esta red de galerías y catacumbas.
El túnel de dos metros de alto y tres de ancho por el que puede circular desahogadamente un jeep, penetra en la tierra. Avanzamos a la luz de las linternas por un suelo de cemento armado. A unos cincuenta metros, la galería se ensancha en una especie de sala, de uno de cuyos lados comienza otro túnel. Caminando por él, descubrimos cruces de galerías, recintos ventilados con pequeñas aberturas practicadas en el techo, una salida que da a una puerta de una casa en medio del campo… El subterráneo es insondable. Después de un largo trecho, el túnel se estrecha y para continuar hay que agachar la cabeza.
«Si siguiéramos hasta el final dice el guía, saldríamos al otro campo de refugiados, al campo de Burj El Brajne, a casi dos kilómetros de Sabra…»
En Chatila, frente a unos chamizos abandonados, junto a las tapias del cercado del recinto de los refugiados, el oficial libanés me muestra la entrada de un refugio: es la boca de otra galería mucho más corta de la que salen otras galerías pegadas en las que hay piezas amplias encaladas, perfectamente iluminadas con lámparas fluorescentes en las bóvedas, que guardan un arsenal increíble, un arsenal que todavía hay que inventariar y transportar a los cuarteles del ejército. «No tenemos sitio para todas estas armas y municiones. Además, no sabemos qué hacer con ellas —dice el comandante que me acompaña—. Nuestro armamento es completamente diferente.
»Ésta es la mejor escuela de balística. Estas ruedas, estas pequeñas ruedas de hierro, son minas antitanques, minas rusas, belgas, francesas. Estos tubos, como brillantes reptiles dormidos, son cohetes Grad, los famosos proyectiles de fabricación soviética. Allí se amontonan los «órganos de Stalin», obuses, cohetes aire-tierra; estos artefactos son detonadores eléctricos. Avance con precaución. Ponga los pies donde yo los pongo —repite el oficial, que antes del paseo por el laberinto subterráneo me había instado a que no fumara, a que no tocara nada—. Hay peligro de que estas municiones estallen. Mire usted estas galerías todavía cerradas.»
Pero los depósitos de armas no se cobijan, sólo, en los pasillos excavados en el suelo de los campos palestinos. En los subterráneos de muchos edificios de Beirut hay arsenales completos, como el de la escuela del barrio musulmán de Amiliyeh, de una organización libanesa llamada Arisar El Saura (Los Partidarios de la Revolución), donde hasta en los retretes acumularon cohetes Katiusca, una de las armas más famosas, junto con las metralletas Kalachnikov, en todos los combates de palestinos y árabes en Oriente Medio. Una de las pocas cosas que recordaba que el edificio había sido una escuela, eran unos poemas en inglés de Keats, que un colegial había ilustrado con dibujos en un encerado de la planta baja, en la que todavía, después de haber llenado doce camiones de material bélico, quedaban pilas enteras de cajas de munición. El oficial dice que hasta ahora han encontrado más de sesenta depósitos como éste, y que las armas incautadas no son más que la punta de un iceberg.
En Burj El Brajne, el campo más tenazmente bombardeado por los israelíes, en medio de ruinas, de casuchas todavía habitadas, he visitado la escuela militar subterránea del Frente de Liberación de Palestina, la organización de tendencia marxista de Georges Habache. Hay que descender por unas gradas anchas, que parecen las gradas de un estadio para llegar al reducto. En las habitaciones en las que los milicianos estudiaban la teoría y la praxis de la revolución, fundamentos del marxismo, y manuales de armamento, hay libros amontonados. Mi acompañante, que se complace en señalarme que tratan del imperialismo en Oriente Medio, me lee unos párrafos de un folleto sobre «La crisis del sistema político libanés». Son mil metros cuadrados de piezas espaciosas que fueron aulas o dormitorios. En una pared escribieron esta frase: «Si no hubiese Dios, Georges Habache sería nuestro Dios.»
Al fondo, el subterráneo se transforma en una suerte de búnker con mirillas. Ojeando un libro que recogí del suelo cae una fotografía de entre sus páginas. Es la de un miliciano adolescente, cogido de la mano de una muchacha de aspecto europeo. Se fotografiaron al lado de un árbol de Navidad del que cuelga una felicitación en inglés: «Feliz año 1982.»
Al salir del ancho subterráneo y cruzar por delante de las casuchas habitadas por refugiados, nadie muestra ninguna curiosidad. Los soldados empuñan sus fusiles. Encaramados sobre un muro desmochado, unos niños con las piernas sucias nos miran en silencio. Hemos salido del vientre de pólvora de Beirut.


