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Dorada vida de refugiado en la embajada

Ellos lo saben y lo esperan casi sin disimulo: cada vez que salgo o entro con mi desvencijado automóvil por el portal del jardín, rozo o, a veces, me doy contra los grandes bloques de hormigón que hay que sortear a la entrada de la embajada. Fueron colocados para obstaculizar el camino después de una valla que cierra la callecita en cuesta. Los gendarmes con uniformes de leopardo desvaídos, los guardaespaldas con camisa y con jeans, protegen la residencia. Los guardaespaldas han sido contratados tan pronto como regresaron a España los policías que habían sido enviados a Beirut. Junto al portal, en una casilla, tienen su cuartelillo en el jardín, en medio de cuya rotonda ondea, delante de la fachada del palacio, la bandera de España.

Vigilan en la verja, hacen la ronda por el espacioso ámbito hasta las lindes de la residencia o por la callejuela adyacente de la iglesia de San Yusef, con su pequeña espadaña, muy concurrida por los fieles del pueblo de Hadath en las tardes del mes de mayo, consagrada a la Virgen. Armados de flamantes metralletas, guardan día y noche el edificio de la embajada y su cercado jardín.

Es una suerte que esta hermosa residencia, un palacio de los emires Cheab que a buen precio adquirió el Estado español, sea una sólida construcción de espesos muros de piedra. Con acierto la llamó «embajada de campaña» Juan Manuel Molina, que hasta ahora ha sido su secretario. Los cohetes, los coheres Gra han estallado de vez en cuando en el edificio sin que lo ciad pearan: algunos desperfectos en la fachada orientada hacia Bal da, de sillares blancos y amarillos como muchos de estos palacios y casonas de arquitectura libanesa, la puerta de la sala de misio reventada, o las vidrieras del gabinete del embajador, en la planta noble, donde están sus aposentos particulares, hechas añicos. Pero los salones de recepción con tapices y alfombras persas y muebles antiguos traídos de España, o la sala del comedor, no han sido alcanzados por la metralla.

Ocurrió una vez que un ramo de flores que había sido encargado por Jumblatt, fue entregado después de una de estas noches de bombardeos. Un diario no dudó en publicar un suelto en el que decía que el embajador de España envió las rosas al señor de los drusos en agradecimiento por su gesto de la noche anterior…

Un pequeño mundo abigarrado vive y trabaja en este recinto palaciego, una de las más espléndidas residencias que España tiene en el extranjero. Además de Pedro Manuel de Arístegui, de su esposa Yumana, de su hijo pequeño, de los invitados —diplomáticos, funcionarios, amigos de paso por El Líbano—, está la servidumbre: la gorda cocinera libanesa, los criados negros —uno de Eritrea, otro de Costa de Marfil—, la niñera, las sirvientas filipinas y de Ceilán, los chóferes de servicio, sin olvidar a los decorativos gendarmes y a los guardaespaldas privados contratados por el abogado de la embajada, que duermen en habitaciones de los pequeños pabellones del jardín.

Durante el día, en las oficinas provisionales de la cancillería, instaladas en estos pabellones, que cuando fueron construidos habían sido destinados para los invitados de la casa, trabajan Assad y Gaspar Abdo —entrañables amigos que sufrieron en enero la angustia del secuestro cuando, en cumplimiento de su deber fueron a buscar al aeropuerto de Beirut a los policías que habían sido enviados de Madrid para la protección de la embajada—, su hermana Olga, y las secretarias particulares de Arístegui, Mica y Marcela. El embajador y el secretario tienen también sus despachos encajonados en estos diminutos pabellones de piedra. El edificio de una nueva cancillería está en proyecto de construcción en este mismo recinto del palacio Cheab.

En esta confusión de vida pública y de vida privada tiene que vivir Arístegui, que sólo cuenta con el reducto íntimo de sus aposentos de la planta superior. Pero yo tengo para mí que este vasco exuberante, patriarcal y corpulento, no se siente del todo incómodo en medio de este curioso ambiente, en las colinas de Hadath.

Las mañanas del miércoles son mañanas muy ajetreadas. Hay que enviar los documentos, los informes, los despachos a Madrid por medio de la valija. Como la residencia está en la zona del este de Beirut y el aeropuerto en el oeste, tiene que ser un empleado musulmán, de la cancillería de la zona musulmana, el que venga a recogerla en la línea divisoria, hasta donde la lleva otro empleado o uno de los chóferes cristianos del embajador. El chiita Alí, el buen chiita, se encarga de entregar la valija diplomática en el aeropuerto y de irla a buscar cuando les anuncian que ha llegado la que expiden desde Madrid. Alí es el que, exponiendo su vida, va y viene por la avenida del Museo, maldito paraje en manos de los francotiradores, para traer y llevar documentos oficiales de uno a otro lado de la ciudad.

En el palacio Cheab vivo refugiado desde que tuve que dejar mi casa en el oeste de Beirut, en los días de los asesinatos macabros y de los secuestros en masa de extranjeros, en represalia por los bombardeos norteamericanos sobre Libia y por la política occidental respecto al terrorismo. El Estado español, a través de la solicitud del embajador y de la delicadeza de su esposa, me ha brindado protección. Como en la cancillería hay un télex, puedo enviar mis crónicas a la redacción, aunque a veces sea con gran dificultad.

Algunas noches, a pesar de este ambiente poco propicio a la vida social, hay reuniones en la embajada. Arístegui organiza cenas, en las que los criados negros sirven los platos en la hermosa valla con estampas de ciudades de España, para recabar el voto de El Líbano a favor de los Juegos Olímpicos de Barcelona, de pedir al agregado militar o al joven secretario.

Con su automóvil blindado, un flamante Mercedes de color blanco que le gusta conducir, hemos recorrido el Chuf de los drusos y hemos visitado Jezzin, la ciudad aislada y cercada de del sur, donde nuestro compatriota, el padre Celestino Buhigas, delegado del papa, vela por los refugiados cristianos y reconforta con su presencia a la población. Los guardaespaldas privados que consumen sus horas deambulando por cl jardín, formaron nuestra escolta.

Es agradable vivir en la embajada. Refugiado, como tantos habitantes de este país desgraciado, he contado con su protección. Pero lo que anhelo con todas mis fuerzas es regresar a mi casa del oeste de Beirut, recuperar mi ciudad. Si algún día me he podido escapar a los barrios musulmanes, he procurado que los gendarmes, que los guardianes cristianos de la residencia de Hadath, que con tanta seguridad esperan que me dé con mi automóvil contra los bloques de hormigón del portal todas las veces que entro y salgo, no lo adivinaran. Si lo hubieran sabido, me habrían perdido para siempre el respeto. A sus ojos habría sido, entonces, simplemente un suicida.