Han puesto la mesa sobre el césped, al lado de la piscina. ¡Cómo luce el sol en este paisaje espléndido del Mediterráneo! El criado etíope, de religión copta pero de nombre musulmán, abrió la sombrilla de un pálido color naranja. El embajador, bronceado y esbelto, se zambulle en el agua.
José Mari, el cónsul adolescente, da unas brazadas. Los invitados deambulan por el jardín, toman asiento en las tumbonas, beben tranquilamente mirando, fascinados, la ciudad.
Es un día cualquiera. Un día incrustado en este verano, pero también podría ser de otro verano, de otro otoño o de otra primavera, de otro año perdido en la memoria. Se arrebatan los barrios de edificios, de casas en las colinas de Hadath y de Baabda. Nadie circula por las calles, y por la carreterita asfaltada, a veces se entrevé en una curva entre los árboles un automóvil que marcha a gran velocidad. Durante toda la mañana no han cesado las explosiones habituales que apenas perturban la indolencia de este domingo. Cayó un cohete detrás de la espadaña de una iglesia de piedra, y brotó una humareda que se perpetuó en seguida sobre un bosque ralo. Nadie de los que daban vueltas alrededor de la piscina se inmutó.
Llamaron al embajador. Unos fotógrafos de una agencia americana de noticias venían a tomar imágenes del lugar en el que estalló el sibado el proyectil Citad Se hincharon las informaciones y lo que fue una rotura de puertas y cristales, dos automóviles muy dañados y un socavón en la tierra, resultó que era «un bombardeo a la residencia de la embajada de España». El ministro pronunció en Madrid unas palabras de circunstancias sobre el incidente.
Captadas las instantáneas del salón de música con las puertas arrancadas y los cristales hechos añicos esparcidos en el suelo, los coches inutilizados o el pabellón contiguo de invitados con las ventanas reventadas, bajaron a tomar unas copas al lado de la piscina. Desde allí, el palacio presidencial de Baabda, ocupado por aquel zaim de Zgorta al que todos atribuían haber disparado sobre un grupo de personas de un clan rival durante la misa en la iglesia del pueblo, era un blanco perfecto para toda clase de ejercicio de tiro.
Yo me dejaba arrastrar por la contemplación de un paisaje alegre, con el mar en calma al fondo de la llanura hecha ciudad. Algunos de sus edificios más altos como la Torre Murr nunca habían servido de viviendas ni de oficinas de acuerdo con los planos que trazara un día su arquitecto, sino de atalayas desde las que los profesionales de la guerrilla municipal, los servidores de las milicias o los soldados de la tropa, mataban y aterrorizaban. Nadie ha sabido explicar nunca cómo un pueblo sensual, entregado al gusto del comercio y de la palabra, amante de la ostentación y acostumbrado a los pactos y a los compromisos, se despellejara con tanto odio y cometiera con tanta impunidad delitos de masas que parecen arrancados del tiempo tortuoso del medioevo o de las páginas de la teoría del derecho penal.
Charo y Angelines, las únicas mujeres de la reunión, jugaban a no despojarse de las túnicas al lado de la piscina. El embajador despidió a los fotógrafos y crepitaron un momento los neumáticos sobre la gravilla de la residencia. El almuerzo estaba servido. Cuando el marqués de Jura Real, nuestro entrañable huésped, se disponía a sentarse, silbaron sobre nuestras cabezas los proyectiles dirigidos contra el palacio de Baabda, en la colina de los pinos. Toni sugirió acercar la mesa a un muro de piedra, pero nadie se inmutó, y empezamos a comer en medio del ruido acostumbrado de las explosiones con perfecta naturalidad.
Era un almuerzo sencillo, despojado de etiqueta, un almuerzo que muy poco tenía que ver con las ceremoniosas comidas que sirven con frecuencia en las embajadas. Si alguien nos hubiera sorprendido entonces, charlando animadamente sentados alrededor de la mesa mientras arreciaban las explosiones (una estampa digna de un filme de Buñuel), hubiera creído que éramos unos suicidas o que pertenecíamos a ese género de gentes quizá flemáticas, acaso aventureras.
Una vez, el estallido de la explosión fue muy cerca. Si no hubiese sido porque José Mari se puso en pie, atravesó el césped, y cogiendo un objeto que había caído sobre el muro del jardín, nos lo mostró, no hubiéramos justipreciado el peligro era un trozo de metralla caliente, un fragmento del cohete que se había desprendido del proyectil, a tres o cuatro metros de la mesa. Nadie se levantó, y nuestro amigo, que había sugerido tímidamente continuar en el interior de la residencia la comida, se ensimismó un momento, acatando con serenidad la voluntad de los extraños comensales.
Hace unos años, en otro almuerzo de embajada, comía en Damasco en casa de Gabriel Mañueco de Lecea, hoy embajador en Washington. Eran los últimos días de la «guerra del Ramadán» y los sirios temían un bombardeo israelí. Recuerdo que mis compañeros de mesa, diplomáticos sudamericanos, sabían distinguir con precisión los diferentes motores de los aviones que sobrevolaban la ciudad. Con las tazas de café en la mano, escrutaban, desde el jardín de la residencia, la identidad de los aparatos…
Concluimos la comida sin ningún apresuramiento. Había disminuido el silbido prolongado de los proyectiles que, infatigablemente desde hace años, hienden el aire o zigzaguean sobre este cielo rutilante. Escuchamos la sirena de una ambulancia o quizá de un vehículo militar. Antes de entrar en el bello palacio, una joya de la arquitectura libanesa, me incliné sobre un poyo para recoger el fragmento inerte del artefacto mortífero. Créanme: fue un día sin pena ni gloria en esta ciudad de Beirut.


