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Noches de insomnio

Desde hace muchas noches me duermo y me despierto con los estallidos de las bombas y los disparos de las armas automáticas. El ruido, a veces, es lejano y oscuro, otras es tan preciso y próximo que hace estremecer de miedo. Con la caída de la tarde, la espantosa soledad de Beirut se carga de peligros y sobresaltos. Por las sucias calles de mi barrio dan ciegas vueltas los pesados y chatos fantasmas de los carros blindados arrastrando las cadenas de sus ruedas. Es entonces cuando tengo que llegar a Hamra, conduciendo un automóvil con la batería exhausta y el depósito casi vacío, estacionando en una calle en pendiente para poder ponerlo en marcha, y andar un buen trecho a pie, pegado a las paredes de las casas, hasta alcanzar el edificio desde el que transmito por télex estas crónicas de la guerra y la agonía de Beirut.

Cruzo varios puestos de vigilancia cuyos centinelas a veces reconociéndome me hacen un gesto con la mano para que continúe mi marcha; casi todos ellos son policías, pero a veces hay también —ya sea a su lado o un poco más apartados— milicianos vestidos de paisano. Humean en las esquinas los montones de basuras quemadas, las calles desiertas y apagadas sólo conducen a tientas a un incierto destino.

Hasta este barrio de las agencias de prensa, la radio, el banco del Estado, dos ministerios y una facultad universitaria; hasta este barrio de la tranquila burguesía ya asentada desde hace años en la capital con un nombre de tantas resonancias francesas como el de Arts et Métiers, puerta de Ras Beirut, es decir, de toda la población que se alarga hasta las escarpaduras del cabo que da lugar y timbre moderno a la ciudad, ha llegado la destrucción y espanto de la guerra civil. Los nasseristas de Koleilat —un nuevo jefe que brota de las calles, mientras yacen en el descrédito los políticos oficiales— ocuparon uno de los edificios más altos de Beirut. Es un edificio inacabado, conocido con el nombre de la Torre Murr. Desde su vigésimo cuarto o vigésimo quinto piso los tiradores dominan un espléndido, un vasto panorama urbano. A lo alto han subido armas pesadas, y se defienden de los hombres del Kataeb que los hostigan desde los alrededores para tratar de ahuyentarlos de una posición estratégica tan ventajosa. Toda la zona de los hoteles más elegantes de Beirut —el Holiday Inn, el Phoenicia, el Saint Georges con su piscina y su puertecito de embarcaciones de recreo— es ahora un paraje desolado, cruzado por los proyectiles y batido por cohetes y balas de cañón. Desde este perímetro, los milicianos de Pierre Gemayel atacan a los nacionalistas musulmanes de Koleilat. En las fachadas de los lujosos hoteles quedaron los impactos de los proyectiles.

Hoy el barrio apacible de Arts et Métiers, con su restaurante austríaco incendiado, su escuela armenia y su graciosa iglesia, es un barrio del que sus vecinos huyen despavoridos. Los vehículos blindados de la policía son insuficientes para evacuar a estos nuevos refugiados de la guerra civil de El Líbano, o no han podido hacer su cometido a causa del intenso fuego que se entrecruzan los combatientes.

Si se hiciese en estos días un censo de Beirut, resultaría que la ciudad está medio vacía. Vivir durante seis meses encerrado en casa, sin poder salir a la calle; precipitarse, cuando llegan los frecuentes bombardeos, a los sótanos, o esconderse en el lugar que mayores seguridades puede dar; levantarse y acostarse con el alma en vilo, realmente entre la vida y la muerte, destroza los nervios de la persona más endurecida. Este aire expectante de la ciudad se dramatiza ahora con los avisos de las embajadas, con las recomendaciones que dan a sus colonias para que abandonen Beirut lo más pronto posible si no tienen nada verdaderamente urgente, nada imprescindible que hacer. En los vestíbulos de algunos hoteles situados todavía en zonas relativamente seguras, he visto docenas de extranjeros esperando salir hacia el aeropuerto. Aunque aún no ha sido pronunciada la palabra estremecedora «evacuación», se da vueltas a esta idea. De todas maneras sería prudente aprovechar este momento antes de que las cosas empeoren aún más y los aviones no puedan aterrizar en el aeropuerto.

La ciudad ha vuelto a colgar sus telones de grandes y espesas humaredas en su cielo nítido. Por detrás del inconcluso edificio Murr se levantaba una altísima columna de humo negro provocado por algún incendio o alguna explosión. Verlo desde los improvisados puestos que los modestos mercaderes han armado en un día en la sofisticada calle Hamra, casi a un tiro de piedra del nuevo frente, produce una extraña impresión, no es sólo la estampa del comercio, del pequeño comercio, que surge a la sombra de la guerra, es también la mejor ilustración del talante de un pueblo, de un pueblo, valga el ejemplo, que supo recibir a los marines norteamericanos cuando desembarcaron en 1958 en la playa de Khalde, llamados por el presidente de la República, con tenderetes para venderles toda clase de baratijas y, cómo no, las coca-colas entonces tan simbólicas de toda una manera de vivir. Estoy seguro de que los bisoños ocupantes creerían ver un espejismo de Oriente.

Artículo publicado el 20 de septiembre de 1976 en La Vanguardia.