Las cigarras de Beirut - Tomás Alcoverro
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Las cigarras de Beirut

¡Al  fin Beirut! Desde una curva de la estrecha carretera columbramos al fondo, en una orilla quebrada del mar, la ciudad temida, la ciudad añorada. Era un glorioso mediodía de agosto, de cielo , azul iluminado, de pinos bien dibujados, de innumerables pequeños caseríos pegados a las laderas de la montaña. El ruido estridente y monótono de la cigarra nos hizo pensar más en el verano que en la guerra. Descendimos más rápidamente hasta la costa: ante nosotros se extendían las pistas del aeropuerto internacional, cerrado en junio: los grandes hangares estaban vacíos, centelleaban los vidrios de la torre de control.

Es bonito el Líbano. Viniendo de las resecas tierras, amenizadas en Damasco por el gran oasis de la Guta, este paisaje de campos cultivados de árboles frutales, de valles y montañas pobladas de aldeas o pequeñas ciudades, es un privilegio en el Oriente Medio de arenales inmensos y de adustas tierras. La carretera en Sofar, reputada localidad veraniega, se hace húmeda y sombreada con los copudos plátanos. Las sólidas casas de piedra con los balcones corridos, con sus ventanales inmensos, inmersas en esta luz mediterránea, humanizan aun más este paisaje. 

Es el sonriente esplendor del Líbano, como rezaba el título de un hermoso libro olvidado en Beirut.

Una frontera desmantelada

Por la mañana salimos en taxi desde Damasco. A pesar de que la frontera había sido cerrada, centenares de personas hacían cola en la oficina siria para obtener su visado de entrada. En realidad —y esto es otra muestra de la clásica ambigüedad del radical bizantinismo oiriental— no es que se haya cerrado sino que se exigen ahora unos permisos especiales para todos aquellos libaneses deseosos de traspasarla en dirección a Siria. La frontera del Líbano continúa desmantelada: son los soldados sirios los que por rutina comprueban allí la identidad de los viajeros. En algún mástil ondea olvidada, casi quemada por el sol de agosto, la bandera rojiblanca con un cedro verde en la franja central de la República libanesa.

En este ameno paisaje, incrustados en esta luz espléndida del Mediterráneo, desentonaban las figuras torpes de los soldados sirios que estaban de facción. Los hemos visto deteniendo los automóviles, veirificando la identidad de los pasajeros, deambulando en torno de las baterías artilleras, a lo largo de nuestro camino hasta Sofar. Se imponen sobre este suelo cuyos habitantes miraban antes por encima del hombro a su nación, se han constituido en policía y ejercen una autoridad incontestable, que dominan la carretera. Hemos visto sus tiendas de campaña, sus pesados tanques a veces disimulados en un hoyo de tierra removida o en las ruinas de una vieja posada de caravanas, el relumbre de los cañones nos ha advertido de la posición amenazadora de sus baterías. 

Pícaros y cambistas

A ambos lados de la carretera como permanentes símbolos de su espíritu mercantil los vendedores de tabaco de contrabando ofrecen su mercancia ordenada en castillos de cartón, dispuesta a veces bajo la sombra de un parasol extendido. Tampoco faltan los mozalbetes que agitan en una mano abultados fajos de billetes: son los cambistas de siempre, quizá los mismos que en tiempos de paz ejercían su ofcio en este puesto fronterizo de Masnaa. 

—Saben más ellos de finanzas que muchos directores de banco de los países árabes.
Uno de nuestros compañeros de viaje era un hombre de negocios libanés que regresaba a Beirut de los Estados Unidos. Contó que había perdido su negocio, todo su dinero, que su chalet fue ocupado por no sé quién y que volvía a Beirut para tratar de salvar lo que pudiera. Cabello gris, grueso reloj de pulsera, camisa de vivos colores, fina cartera de ejecutivo sobre las rodillas, era un ejemplar estereotipado de la burguesía del Líbano feliz y ciega.

Fondo sonoro estival

El taxista conocía de memoria este tortuoso camino hasta Beirut. Después de Sofar, donde vimos los primeros boquetes en las paredes de las primeras casas destruidas por la guerra, es necesario desviarse de la carretera general y aventurarse por estrechos caminos asfaltados de estos pueblos de la montaña. Árboles tronchados o simples ramas, pedruscos o taludes de tierra obstruyen el paso por las zonas peligrosas donde se sigue combatiendo. Una vez traspuesto Bhamdum, antaño fresco lugar de cita de los veraneantes árabes, se penetra en el Líbano rebelde, en el país gobernado por palestinos e izquierdistas predominantemente musulmanes. 

Junto a una mezquita de la ciudad de Aley donde tienen su cuartel general un grupo de milicianos jóvenes detuvo nuestro automóvil, revisó nuestra documentación. Uno de ellos nos entregó un boleto en el que había impreso «mantenimiento de vías públicas» a la vez que nos pidió dinero: es el impuesto que hay que devengar para entrar en el Líbano y se practica tanto en el país musulmán como en el cristiano. Le entregamos diez libras sirias y el miliciano nos aclaró: 

—«Es dinero para la revolución.» 

En todo el camino, en estos cien kilómetros abruptos que-separan Damasco de Beirut, no oímos ni el retumbar del cañón ni el nervioso tableteo de la ametralladora, ni el seco disparo de una pistola. En cambio, el canto metálico, insistente, de la cigarra, inquietante fondo sonoro del paisaje del estío, no nos dejó hasta que abandonamos los pinos de los alrededores de Beirut.

Ocho meses de ausencia

No tuvimos que detenernos en otro puesto de vigilancia: el camino junto al mar, pegado a las playas cuyas cabinas habían sido ocupadas por refugiados de los barrios malditos de la ciudad, estaba expedito. En unos pocos minutos entraríamos en la capital, atravesaríamos Jana y Ramlet el Baida, zonas residenciales preferidas por las embajadas, y llegaríamos a mi barrio de Rauche. Había pensado muchas veces en este momento, incluso había pensado en el comienzo de la crónica que quería escribir: “Cuelgan en las paredes de mi casa el uniforme agónico de arlequín, símbolo de toda una época destruida que ha pintado Artigau, siguen intactas las litografías de Cuixart, en el salón está el retrato de María Teresa del chileno Amstrong”. Después de ocho meses de ausencia regresaba a Beirut sabiendo a ciencia cierta que mi casa había sido ocupada por unos refugiados. ¿Llamaría al timbre, abriría yo mismo la puerta con el llavín, pediría quizá al portero que me acompañara?

Antes de llegar a Rauche una tremenda explosión nos sobresaltó: vimos una columna de humo gris que ascendía de un lujoso hotel que daba al mar, se encabritó una oveja negra que pastaba el – verde césped de su piscina vacía, cruzó a gran velocidad una sucia ambulancia amarillenta. Yo dije a la pareja francesa que me acompañaba:

«Enfrente del pequeño kiosko en forma de pagoda, está mi casa».

Artículo publicado en La Vanguardia el 3 de septiembre de 1976.