Asalto en el Chuf - Tomás Alcoverro
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Asalto en el Chuf

Tiemblo, no tengo fuerzas para escribir esta crónica. Por la mañana habíamos cargado los automóviles con los viejos tapices orientales, los candelabros, las fuentes, los centros y los espejos de plata, los modernos aparatos estereofónicos aún por estrenar, todos los objetos de valor que habíamos comprado a lo largo de estos años. Desde hacía tiempo planeábamos este viaje: queríamos salir de este Beirut perverso y embrujado salvando todo aquello que todavía pudiese ser salvado; ahora y antes era una aventura lanzarse por estas carreteras de montaña a merced de milicianos sin ley y bandidos de profesión. Si se alcanzaba Sofar, a sólo treinta kilómetros de la ciudad en la zona ocupada por los sirios, se podía respirar con alivio. 

Para pasar al Beirut oriental, si no se quiere tentar la suerte por la avenida del Museo, con frecuencia cerrada al tráfico y casi siempre machacada por bombas y toda clase de proyectiles, hay que dar un rodeo de un centenar de kilómetros por la abrupta geograifía de El Líbano. Éste es el camino más seguro para alcanzar la otra zona de la ciudad dividida; el mismo camino que hay que recorrer en un buen trecho para continuar hacia Damasco.

Los dos automóviles del pequeño convoy, el de nuesto amigo Aldo Penasa, director del Centro Cultural Italiano de Beirut, y el nuestro, se desahogaban al fin por las pintorescas carreteras de la montaña después de largos meses de no salir de la capital. Gracias a la matrícula diplomática de nuestro compañero de viaje, franqueamos los puestos de vigilancia sin problemas. A la altura del pueblo de Suk el Garb, un coche de color verde nos alcanzó, y su conductor hizo señas para que nos detuviéramos. De él descendieron tres milicianos jóvenes y uniformados armados con metralletas y con granadas de mano colgadas del cinto, que verificaron nuestra identidad, advirtiéndonos que nos habíamos equivocado de camino y ordenándonos que les siguiéramos.

Toda esta zona está bajo la autoridad de los pueblos palestinos y de los partidos de la izquierda libanesa: cada pueblo, cada comarca, es feudo de una u otra organización.

Siguiendo el automóvil de los milicianos atravesamos Aley, traspasamos la carretera de Beirut a Damasco, ahora cerrada al tráfico, porque es una de las zonas de combate más intensas, y avistamos las colinas de Bhamdum, que antes de la guerra fue uno de los centros veraniegos más preciados de la montaña libanesa; fumábamos tranquilamente cigarrillos y nos decíamos que El Líbano, pese a todo, era un país lleno de gentileza: ¡Pensábamos que los cuatro milicianos se habían convertido en nuestra escolta protectora! En una curva de la carretera desierta, el automóvil de los hombres armados volvió a detenerse y nosotros paramos los motores. Se acercaron primero al coche de mi compañero y después al mío preguntando si llevábamos armas y pidiendo registrar nuestros coches. Abrimos los cofres, mostramos nuestros maletines y carteras, nos levantamos de los asientos para que pudieran examinar el interior de los vehículos. Su inspección apenas duró unos minutos. Después de haberse percatado del valor de lo que transportábamos decidieron dar el golpe. 

Un miliciano de barba cuidada que hablaba un poco de francés se acercó a mí pidiéndome la llave del automóvil. Otro se había sentado ya frente el volante del coche de Aldo y ponía en marcha el motor. Apenas pudimos reaccionar: mi compañero comenzó a gritar cuando se dio cuenta de que iban a robarnos. Por fortuna, unas palabras prudentes de Angelines Junquera, que viajaba conmigo, le hicieron callar.

El miliciano de la barbita, poniéndose nervioso al no conseguir encender el contacto, me encañonó con su metralleta y tuve que indicarle el giro que debía dar a la llave. En un segundo, los bandidos se dieron a la fuga llevándose los dos coches y abandonándonos en medio de la carretera. Habían escogido bien el paraje. Con pavor nos dimos cuenta de la pendiente que se precipitaba hasta lo hondo del valle: si hubiésemos opuesto la más mínima resistencia, si hubiésemos tratado de pedir socorro, nos hubiesen asesinado en el acto. En un país donde se asesina por unas libras, donde hace tiempo que los crímenes quedan impunes, matar es una práctica cotidiana muy común.

La verdadera tragedia de El Líbano es este caos inconcebible en el que se ha precipitado: cada grupo, con su milicia armada, dicta su ley en su área de influencia. Por debajo de todas estas organizaciones, a veces amparándose en ellas, contando con la connivencia de sus propios jefes, prospera un bandidaje feroz, plaga de este país asolado y devastado por la guerra.

«Todos perdemos en El Líbano!», gusta repetir una buena amiga que ha vivido dieciséis años en esta tierra perversa y atrayente. Sin dinero, sin pasaporte, despojado de todo, no puedo ni escapar porque los sirios ponen ya cerco a Beirut.

Artículo publicado en La Vanguardia el 14 de octubre de 1976.