Hace tiempo, diez años, que no había vivido una noche tan larga, tan empapada de miedo, de resignación, como esta noche sin horas de Beirut. La guerra de El Líbano es mi guerra, y se ha hecho parte de mi vida. Cuando empezó, yo era un ser sorprendido por la segura placidez de estos años de Oriente. Cuando ha vuelto a embestir con crueldad y sin esperanza, arrebatada por este vértigo irracional del tiempo, me he convertido en un hombre desbordado por la constante mutación de las situaciones, por la agonía de un mundo —un sistema, sobre todo, de referencias personales y materiales— que nos empeñamos en hacer irremediable. Notario de catástrofes, profesional de «momentos límite», he vuelto a sentir, diez años después, en mi casa de Beirut, el abandono a un destino o a una vocación asumidos y fatales. Inútil cavilar, hacerse preguntas. Durante años no había entendido de verdad aquellas frases de Albert Camus sobre el compromiso con las palabras. Esta noche de Beirut, los gallos, enardecidos por el bombardeo, han anunciado el día unas horas antes. Como entonces con un automóvil recién comprado por un puñado de libras, un destartalado Peugeot 504, he regresado a mi casa por las desiertas calles de Hamra, tomadas por milicianos, que en una esquina habían erigido una barricada, que prohibían el paso, o que, muy excitados, nos indicaban un itinerario adecuado para llegar, sanos y salvos, a nuestro punto de destino. Volvía, casi de noche, de la oficina de la agencia de noticias desde la que, cada día, envío por télex estas crónicas sobre las peripecias amargas de una ciudad, protagonista de una tragedia inconcebible, de Beirut.
Más de veinte muertos y 70 heridos es el balance, por el momento, de los violentos enfrentamientos ocurridos en la noche del martes al miércoles en la zona musulmana de Beirut, entre milicianos chiitas del Amal y sunitas del Morabitum, y que proseguían ayer por la tarde, aunque con menor intensidad.
Retumban las explosiones, los proyectiles se desploman sobre estos barrios de casas con balcones y ventanas extrañamente iluminadas en las que la luz ha quedado prendida sin que nadie la apague. Casi no me atrevo a apartar, a mover un poco los visillos del comedor oscuro. Una banda de milicianos avanza por en medio de la calle enarbolando los fusiles ametralladores, los Kalachnikov, dando gritos que nadie contesta. Su cabecilla, cubierta la cabeza con la kufia de los palestinos, llama a Abu Amar, llama a Alí, por las esquinas. A cada tableteo de ametralladora, a cada disparo de mortero se produce el eco de una explosión ensordecedora. En las calles desiertas sólo palpitan las voces de estos hombres que hicieron por necesidad el oficio de la guerra. En la pantalla de la televisión proyectan una película sobre Evita. La música de los tangos argentinos suena en esta noche de violencia en Beirut. Después pongo en mi tocadiscos música clásica que compro a un viejo de la esquina, oriundo de Cuba, en una venta de liquidación de su humilde tienda. ¡Schubert, Saint-Sens, Stravinski, en un concierto entrecortado por los disparos de la furia de la artillería de las milicias libanesas!
¿Qué ocurre en la calle? Estos hombres de la milicia, de los chiitas del Amal, están atacando una casa vecina en la que los sunitas de la organización del Morabitum se han hecho fuertes. En su asalto emplean obuses y ametralladoras con proyectiles de todos los calibres. Se combate casa a casa en el barrio de Hamra, donde chiitas, sunitas y drusos cuentan con sus oficinas y con sus cuartelillos. ¡Es un despilfarro de cohetes y de pólvora esta noche de Beirut! Como arrecian las explosiones, que a veces hacen conmover el edificio, me refugio en un descansillo de la escalera. Hay otros vecinos, una periodista sueca, que graba el bombardeo; una vieja fumando el narguile (pipa de agua) con su criadita filipina; su yerno en pijama, que le explica que los del Amal son chiitas, y los del Morabitum, sunitas; Sabri, el criado sudanés, que había dormido en su habitación de la azotea a pesar de las explosiones, hasta que descendió a la escalera. El dueño me ha abierto la puerta blindada de su piso, cerrada a cal y canto. De pronto se oyen voces, voces excitadas, en el portal. Hay un estrépito de cristales rotos. Los milicianos han forzado la puerta penetrando en el edificio. Tenemos encogido el corazón. Hace diez años, en mi piso de Rauche, irrumpieron en el inmueble arrastrando sus ametralladoras pesadas hasta el ascensor, armándolas después sobre mi dormitorio, desde donde abrieron fuego a un edificio de la vecindad. Como la casa de Hamra está en una esquina, es un punto estratégico desde el que los milicianos pueden proseguir su asalto. Pero han desechado subir a los pisos.
Uno de los milicianos, un muchacho con barba bien cuidada, aparece en el rellano. «No queremos que los del Morabitum vuelvan a hacer entrar en la ciudad a los palestinos de Arafat. Por eso combatimos». Cuando comenzaba a clarear, abadonaron la casa. El ataque había concluido al ser estranguladas las últimas «bolsas de resistencia» de los sunitas. Volví a mi piso y me tumbé sobre la cama. De vez en cuando, a causa del ruido del bombardeo, se dispara la bocina de algún automóvil estacionado en las calles del barrio. Un perro ladraba, enloquecido. Los gallos de Beirut, después de quince horas de explosiones y de fulminantes resplandores, anunciaban el día con precipitación.

Artículo publicado en La Vanguardia el 18 de abril de 1985.


