Cuando callan las armas - Tomás Alcoverro
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Cuando callan las armas

Si se ha llegado, en el mundo contemporáneo, al estado anarquista, ha sido, sin duda, en El Líbano. Este país, «la niña bonita de los árabes», como antes se decía en Oriente Medio, ofrece cada día el espectáculo insólito, fascinante y destructor de la anarquía permanente. Todo lo que acontece en El Líbano tiene el valor de ser un desafío a las convenciones más rudimentarias del poder, a las normas de organización y defensa de la comunidad humana.

En el Manifiesto surrealista, André Breton escribió que el más perfecto, el más completo acto surrealista sería salir a la calle, empuñando una pistola, y empezar a disparar. En este sentido, Beirut es la capital excelsa del mundo surrealista. La sociedad terrorista cuyos brotes surgen por doquier (como hermosamente captó Buñuel en su filme Este oscuro objeto del deseo), cuyos signos inquietantes aparecen en este o aquel ángulo de nuestra vida, ha cuajado en el microcosmos en ebullición y en desorden de Beirut donde, si antes de la guerra todo era posible, ahora todo es realizable.

El Estado se desmorona y el ejército es inocuo, pero las milicias, las cincuenta milicias con carta de naturaleza que hay en El Líbano, son poderosas y cuentan con toda clase de armamentos, incluyendo los tanques. Los puertos «oficiales» agonizan y el director de aduanas ha publicado un dramático comunicado en el que reconoce que el servicio es inútil porque todos los importadores utilizan los muelles o puertos clandestinos, abiertos en la costa mediterránea, donde las tasas a pagar a cualquier grupo miliciano que esté a su cargo son muchísimo más razonables…

El país se pauperiza, pero la economía es boyante. Los bancos rebosan de dinero. Los alquileres son más caros que en Hong Kong, a la vez que nadie es capaz de asegurar que su piso no sea ocupado en el momento en que lo dejó al ir de compras o bien al visitar un amigo. En la calle Hamra, una lujosa platería o una tienda de alfombras persas son respetadas previa contribución a la fuerza predominante del sector, mientras se roban cargamentos enteros de mercancías con el propio barco que las transporta cambiándole simplemente el nombre en alta mar, o cuarenta mil teléfonos dejan de funcionar porque a alguien se le ha ocurrido robar el cable telefónico que pasa por debajo de la calle Behchara El Khury.

Naturalmente es la profusión de armas y la ausencia de un poder central lo que da este carácter de sociedad anárquica al Beirut que fue un día, no hace muchos años, la «ciudad alegre y confiada» del Mediterráneo oriental.

Hasta los niños, los adolescentes, ostentan una arma por las calles de la capital. Las armas se revenden y pasan de unas manos a otras sin tener en cuenta que sean de milicias rivales, grupos hostiles, bandas enemigas. Como Beirut sigue siendo un campo de batalla, intermitente y abierto, y como muchas organizaciones militantes tienen sus sedes en pisos, a nadie le asombra que en un día de refriega asome por un balcón, o el murete de una terraza, un potente cañón de fabricación soviética o quizá americana.

El centro de la ciudad tiene intactas sus ruinas. El centro de la ciudad, uno de cuyos nombres era proféticamente el de «plaza de los cañones», es el lugar señalado para que, cada noche, los francotiradores palestinos y del Kataeb (los dos símbolos de la beligerancia) se enzarcen con vocación y con rabia a tiro limpio. Ellos mantienen vivo el espíritu de la guerra y de la discordia permanentemente en El Líbano. Ellos forman parte de la rutina cotidiana de Beirut.

Un director de cine alemán —creo que el mismo que rodó El tambor, de Gunter Grass— va a filmar una película sobre la guerra libanesa. Concienzudamente ha recabado los permisos de jefes, patriarcas y notables. Algunas de sus secuencias se rodarán en la devastación de los barrios de Beirut, en el centro de la ciudad. Arafat por los palestinos, Gemayel por los cristianos conservadores, Sarkis por el Estado… han dado su consentimiento. Durante quince días, mientras se ruede la película, los francotiradores ahorrarán sus proyectiles mortíferos y emplearán, excepcionalmente, cartuchos sin bala. La productora pagará a los milicianos como si se tratase de auténticos comparsas que actuaran en la cinta.

Nadie sabe en Beirut las consecuencias que puede acarrear hazaña tan descomunal…

Artículo publicado en La Vanguardia el 5 de diciembre de 1980.