He visto por última vez en Beirut su kufia a cuadros blancos y negros, su barba rala que empieza a emblanquecer, sus húmedos ojos tristes. Corriendo al lado de su automóvil por las calles de edificios en ruinas que desembocan en el puerto, el perfil de Arafat entre los guardaespldas, los fida’iyin armados, era como una estampa de la historia. Su automóvil fue acribillado por el arroz que disparaban, conmovidos, algunos espectadores.
El cortejo, en el que había gobernantes musulmanes, jeques, embajadores, políticos, atravesó, en medio de las salvas de las salvas de la emocionada despedida de los habitantes de Beirut, los barrios occidentales de la ciudad. Lo vi detenerse en la casona patriarcal de Walid Jumblatt, reemprender la marcha hacia la orilla del mar, este mar de El Líbano, este mar nuestro, por el que a bordo del Atlantis víajará rumbo al Pireo.
Los hombres del «Morabitum», la milicia nasserista, no acertaron a contener la avalancha sobre el puerto. Antes de llegar al inmueble Fatal, nombre de una poderosa familia ‘ cristiana de comerciantes. y armadores, inmueble que ocuparon los invasores durante el asedio, presentabal armas la guardia de honor de la OLP con una bandera palestina y otra libanesa.
Emotiva despedida de Yasir Arafat entre las ruinas de la ciudad libanesa, antes de embarcarse en el buque griego «Atlantis» que le llevará hasta Grecia, para dirigirse luego a la cumbre árabe de Fez. Allí proseguirá su lucha por la causa palestina entre sus hermanos árabes que, según los palestinos más radicales, los han abandonado en el momento de la verdad
Milicianos de las organizaciones del Movimiento Nacional, aliado de la Resistencia, sostenían en su manos insignias y emblemas. La solemnidad de este amago de ceremonia fue patética, junto a sucios charcos de agua de cañerías reventadas, escombros y ruinas del barrio portuario. El gentío impidió que Abu Amar pasara revista a la guardia menguada y deslucida.
El jefe de la OLP, entre empellones, cantos a la revolución, vítores y manos que dibujaban con los dedos la señal de la victoria, atravesó la línea de los soldados libaneses, erguidos sobre una barricada de sacos terreros, y después el pelotón de «marines» encargados de vigilar la evacuación en el puerto. Los mozarrones americanos, vestidos con chalecos antibalas y casco, el arma en las manos, abrieron paso al jefe y símbolo de la revolución. Desde un ventanal, dos oficiales con prismáticos de campaña observaban el tumulto de la calle: todos los ejércitos, todas las banderas, todas las armas rebullían a la entrada del puerto bajo su estricta custodia. Dos tanquetas del contingente francés de la Fuerza Multinacional escoltaban el automóvil de Arafat, rodeado de guerrilleros con boinas rojas. En la torre desmochada de un almacén, la bandera de El Líbano, rojiblanca con un cedro en medio, anunciaba el tímido retorno de la soberanía perdida.
Por entre los fida’iyin de las distintas organizaciones, refugiados que fueron a despedirle y docenas de fotógrafos y corresponsales de prensa, deambulaban , altivos los perros policía. En el horizonte dos siluetas gigantescas: la de un portaaviones y la de un destructor de la Armada norteamericana de la VI Flota en el Mediterráneo.
Si la ciudad ha vuelto a estremecerse con los disparos de armas de todos los calibres en honor a Yasir Arafat, en los aledaños del puerto se cumplieron las órdenes de no disparar al aire para evitar accidentes entre el séquito y el gentío que se agolpó entre las ruinas para despedirle.
Al salir del puerto me he fijado, entre los pasquines escritos a mano que cuelgan de las rejas, en un cartel plantado sobre un montículo de tierra, que reza: «La revolución palestina continúa su camino». Y cuando en una catacumba del barrio de Fakhani, «la capital de la OLP», atrozmente bombardeado, en una dramática declaración final, Abu Ayad ha evocado el radicalismo que zarandeará los regímenes árabes después de esta guerra, y ha hecho profesión de fe de que la OLP más que nunca combatirá a Israel, evocaba las mismas palabras que me dijo hace once años Arafat en Ammán, apenas concluida la batalla entre los guerrilleros y la legión del rey Hussein: «El romanticismo de la revolución que marcó durante estos años la ciudad alegre y confiada de Beirut se ha ido por el camino de la mar…».

Artículo publicado en La Vanguardia el 31 de agosto de 1986.
