Los fida'iyin de Magduche - Tomàs Alcoverro
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Los fida’iyin de Magduche

En árabe la llaman meleli. Es un carro de combate chato con una portezuela trasera que se abate como aquellas lanchas de desembarco norteamericanas, y con el círculo de una aspillera casi encima del asiento del conductor. Por esta especie de trampilla ahora abierta entreveo las copas de algunos árboles, las fachadas altas de casas acribilladas, el perfil entrecortado de la ladera pedregosa de la colina, y después la estatua de la Virgen con una guirnalda de bombillas rotas, que parece inclinarse sobre nuestras cabezas. El blindado ha ganado Magduche sorteando los disparos de un francotirador, por un camino abrupto, casi en vertical. Fida’iyin adolescentes de Ain el Helue se descuelgan, con sus Kalachnikov de todas las guerras, del vehículo, herido de balas, o, impacientes, salen por la aspillera a la calle enfangada, orillada de escombros. Cuando los palestinos asaltaron el pueblo y cercaron el cuartelillo de los gendarmes, se apoderaron de este carro de combate y de otros que habían visto en el patio del hospital, al lado del campo de refugiados. Con los meleli salvan el camino peligroso entre la llanura y la colina de la Virgen. Es su único medio seguro de transporte. En la panza de este vehículo robado amontonan los guerrilleros sus fusiles, cajas metálicas de explosivos, sacas de pan, cajones llenos de conservas, hatillos de ropa…

Magduche, hoy desierto y en ruinas, un pueblo irremisiblemente abocado a una “guerra de otros”

Un habitante del pueblo, un cristiano, acarrea botellas de zumos de fruta y paquetes de tabaco. Cuando descendemos lo primero que los fida’iyin nos preguntan es si hemos traído cigarrillos.

Los guerrilleros tienen en sus manos gran parte del cas-erío desde la estatua de la Virgen que se yergue, intacta, sobre este suave paisaje mediterráneo, hasta la iglesia parroquial. A través de boquetes, de paredes reventadas, en las casas construidas a la derecha de la larga calle del pueblo, avanzamos hacia las trincheras. En algunas habitaciones de estas viviendas comunicadas por el laberinto de pasillos abiertos por los combatientes a fin de evitar los descampados, descansan los jóvenes fida’iyin. Cruzamos las salas de una casa en las que antes habían instalado las oficinas de la milicia chiita del Amal. Los colores verdes de su bandera y los retratos de Nabih Berri y del imán Jomeini cuelgan de las paredes embadurnadas con inscripciones de la «revolución islámica». En este mismo lugar, apenas hace un año, eran las «fuerzas libanesas» de los maronitas, quienes habían organizado su sede local.

Por esta calle que tan peligroso es atravesar, muy cerca de las primeras barricadas de los chiitas del Amal, al otro lado de la iglesia melquita, entraron triunfantes un día de la primavera del año pasado los jefes de la milicia. Sacerdotes y notables del pueblo habían salido a recibirlos. En la casa parroquial se pronunciaron discursos y se improvisaron zejeles en honor de sus valedores. Los habitantes de Magduche habían salvado sus vidas y sus casas gracias a su protección. Fue el único pueblo cristiano de la comarca que escapó a la guerra de los palestinos. Los habitantes de los demás pueblos tuvieron que emprender el éxodo y dejar sus hogares para siempre. 

En una rinconada, detrás de pequeños sacos terreros de plástico, un veterano fida’iyin accede, como en los buenos tiempos de Beirut, a disparar unas ráfagas de ametralladora, por el capricho del fotógrafo que quiere captar unas instantáneas de guerra. 

Magduche se ha convertido en el símbolo de la resistencia palestina en el sur de El Líbano. Localidad estratégica, ha sido cuartel de muchas banderías. Aquí lucharon maronitas contra chiitas, chiitas contra palestinos, palestinos contra israelíes. Sus habitantes autóctonos —refugiados en su propia tierra— han huido a la espera de que terminen las luchas que han arrasado sus casas

«Los chiitas no saben concentrarse cuando luchan. Disparan como si quisieran desembarazarse pronto de la munición —afirma el viejo guerrillero—. Cuando en sus asaltos gritan “Allah ua Akbar” —el grito de guerra de los musulmanes—, quieren en verdad decir “que Dios me proteja”. Es como una invocación…». 

Para estos viejos lobos de la guerrilla que han vuelto a El Líbano después de su expulsión por los israelíes en 1982, los milicianos del Amal, muchos de los cuales comenzaron a combatir a su lado, no son más que aprendices. En estas calles batidas por el fuego de los cañones, por los disparos de las ametralladoras y de los fusiles M-16, en estos laberintos que han excavado intramuros en un pueblo desahuciado de sus habitantes, pelean codo con codo estos avezados guerrilleros. ¿Cuántas batallas habrán aguantado contra jordanos, israelíes, sirios, cristianos y musulmanes  de El Líbano? En Magduche combate un pueblo abocado irremediablmemente a la guerra permanente.

¿Pero por qué hacen ahora la guerra en Magduche, en esta localidad de habitantes tranquilos, de cristianos de una pequeña minoría, la comunidad grecocatólica, que nunca les había amenazado? El pueblo de la colina con la estatua a la Virgen es un pueblo estratégico. Domina el populoso campo de refugiados palestinos de Ain el Helue que yace a sus pies. Ain el Helue es la concentración de refugiados más importante del sur y es la sede de numerosas organizaciones de la Resistenencia al mando de Arafat o de la oposición a su jefatura. Sobre la colina frontera hay otro pequeño caserío de refugiados con los minaretes de unas mezquitas. Es el campo de Mie-Mie. Desde la altura de Magduche, a un tiro de piedra del Mediterráneo, se domina además la carretera de la costa y la ciudad musulmna de Saida, de población sunita. El valor estratégico de Magduche, tanto para los palestinos como para los maronitas o los chiitas, ha aplastado a sus habitantes, víctimas como muchos libaneses de estas «guerras de los otros». Su vecindario ha tenido que abandonarlo porque se ha convertido en el campo de batalla entre fida’iyin y milicianos del Amal. Los habitantes de Magduche ya son refugiados en su propio país.

Cuando en una espaciosa casa en la que aún quedan muebles confortables y grandes alfombras, donde los palestinos tienen su centro de operaciones, hablo con el jefe de los comandos, Maher Hindi, de esta nueva tragedia, me dice con pena:

— Ayer subieron algunos cristianos a recoger sus cosas. No me atreví a mirarles los ojos. Sabía muy bien su amargura. Sufren como nosotros sufrimos. Se han convertido sobre su tierra en otros refugiados.

Maher Hindi es un hombre corpulento cuyo rostro recuerda los rasgos del que fue presidente de la República de Sudán, Gaafar el Nimeiry. Habla y argumenta con claridad y hay en sus palabras un eco de aquellos análisis marxistizantes que acostumbraban a hacer los palestinos de izquierdas del decenio de los setenta. Si bien explica que el asalto de Magduche sólo se decidió después del asedio del campo de Rachidiye, en el sur, de la expulsión de sus habitantes y de la demolición de casas de otros campos, por los milicianos del Amal, reconoce que fue ejecutado sobre todo por razones políticas. La Resistencia palestina se opone con todas sus fuerzas a que sus guerrilleros sean eliminados de El Líbano, donde la organización chiita de Nabih Berri pretende establecer su autoridad y, quizá, constituir en el sur su propio cantón o feudo, con el consentimiento de Israel, a imagen de lo que han hecho maronitas y drusos. En Magduche se ha cumplido el milagro de que los grupos de guerrilleros divididos, de una y otra tendencia, han empuñado, juntos, el fusil. «Esta causa nos concierne a todos. En un país sin Estado, en el que tantos nos han combatido y nos quieren combatir, tenemos derecho a defenderno».

Artículo publicado en La Vanguardia el 11 de diciembre de 1986.