Mi casa y mi barrio - Tomàs Alcoverro
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Mi casa y mi barrio

No sé si ofrecerles mi casa. No es porque me dé vergüenza su vestíbulo salpicado de cáscaras de naranja, con el embaldosado cruzado de chafarrinones, o sus escaleras sucias llenas de papeles grasientos. En medio de la destrucción de esta guerra, de la sórdida pauperización de la ciudad, conservo el piso casi intacto; entre las cosas que me han robado están las obras completas de Marcel Proust, con sus muebles y sus cuadros, con sus cortinas y sus plantas aún vivas en el largo balcón. No van a extrañarse si no hay electricidad ni agua, si no funciona el ascensor. Es una suerte sobrevivir en Beirut, donde la muerte sigue acechando en cada esquina y es un milagro que este barrio abierto al mar, mi barrio de Rauche, haya salido hasta ahora tan bien parado de los bombardeos. En el edificio donde yo vivo, todos los pisos han sido ocupados por familias de refugiados. Hay libaneses, armenios y palestinos que tuvieron que abandonar los suburbios de Naba, de Burj Hamud, quizá de Tell Zatar. Los dos o tres pisos habitados pertenecen a familias militares, a soldados de la facción del ejército mandada por Khatib. Yo les veo armados con fusiles ametralladores subiendo y bajando las escaleras. Me he acostumbrado a no estremecerme cuando, en las horas de oscuridad, en las largas horas de oscuridad de Beirut, les oigo montar sus armas, miro a la luz de las velas sus rostros patibularios al cruzarme con ellos en la escalera. Anoche, cuando estaba cenando, reventaron la puerta del único apartamento vacío de la casa. Su puerta, frontera a la mía, quedó abierta de par en par. Fueron mis vecinos del tercero, los del ejército árabe de El Líbano, los que con un simple culatazo franquearon el piso. Poco después, dando estruendosos golpes en mi puerta, llamaron a mi casa. Entraron tres hombres armados, con un acompañamiento de mujeres de faldas rameadas y niños chillones. Pidieron hablar por teléfono. Después les invité a pasar al salón y les ofrecí cervezas y cigarrillos. A la luz del quinqué, sus sombras daban escalofríos en las paredes. Amontonando sus armas en un sillón, comenzaron a platicar conmigo. Uno me dijo: “Ésta no es una guerra entre musulmanes y cristianos, ni entre libaneses y palestinos, sino una guerra entre derechas e izquierdas”. Otro, el más joven, que lucía una bata de seda que encontró en el armario ropero de su piso, me invitó a su casa para tomar unos wiskies, a la vez que le identificaba las docenas de botellas de bebidas alcohólicas que guardaba en el mueble bar. Medio borracho, después de haberme ofrecido su amistad, me preguntó si quería salir al balcón para disparar desde allí una salva a la oscura noche de Beirut. Se fueron arrastrando sus sombras escaleras abajo y yo me quedé satisfecho de la política de buena vecindad que acababa de empezar sin necesidad de ruidos de armas.

—Ha tenido usted mucha suerte— me dijo el portero—. Si hubiesen sido palestinos, no se hubieran ido tan fácilmente.

Con toda esta ocupación en masa, yo soy el único inquilino legal del edificio y posiblemente el único extranjero que sigue viviendo en muchos metros a la redonda en este barrio de Rauche. El portero, que hasta ahora permaneció en su puesto, envió hace unos días a su familia a Nabatie, en el sur, y él ha acabado también por irse. En las últimas semanas, por miedo a los nuevos inquilinos militares, tuvo que dormir cada noche en un piso distinto. El pobre hombre había enfermado, y me confesó que se revolvía sobre la cama durante horas y horas sin poder pegar ojo.

Como además nadie paga el alquiler, su misión de conservador de la casa —una casa que ha caído en el abandono como tantas otras de este barrio— no tiene razón de ser.

Todo ha cambiado en Rauche. Antes éste era un barrio moderno y elegante de Beirut, habitado por diplomáticos, funcionarios de la ONU, ricas familias árabes. Como la mayoría de sus vecinos extranjeros, sus viviendas han sido ocupadas por los pobres refugiados procedentes de los suburbios. Las calles están transitadas por mendigos, por niños sucios, por muchachos miembros de múltiples organizaciones guerrilleras, armados con fusiles, ametralladoras y pistolas.

Han sido las organizaciones palestinas, el ejército árabe de El Líbano, las que en principio se han encargado de llevar a cabo estas ocupaciones. Sé de más de un propietario que ha pagado una respetable cantidad de dinero a Al Fatah para liberar su casa. Otros dueños de inmuebles han preferido traer a gente de confianza para habitar los pisos vacíos, y hay quien para simular que continúan habitados abre ventanas y balcones, da a los interruptores de la luz que, a veces, si el turno de electricidad es por la noche, iluminan las fachadas.

Cuando yo llegué de Damasco me encontré mi piso ocupado por una familia armenia emparentada con un portero conocido de la casa de unos amigos. Sabía que el piso estaba ocupado porque una amiga, Angelines Junquera, pudo enviarme un mensaje por radio a la capital siria. Llamé, pues, a la puerta, me presenté —la mujer armenia me reconoció en seguida porque había visto mi fotografía en los álbumes fotográficos que había en el piso—, introduje mi equipaje, lo dejé en el vestíbulo y me dirigí al salón blanco. Hablamos un poco, les di a entender que podían quedarse en mi casa, que eran mis huéspedes hasta que encontraran otro alojamiento vacío, y que me hacía cargo de su situación. Yo y una joven pareja de estudiantes franceses que me acompañaban hicimos varias fotografías de recuerdo. Al día siguiente por la mañana temprano, toda la familia, una familia de armenios comunistas que tuvo que dejar su barrio acosada por los milicianos de Kataeb, abandonaba mi piso.

Hay edificios sin terminar invadidos por familias palestinas. Uno de ellos, aún sin fachada, es como una siniestra galería de miseria, con los llantos de los niños desnudos y las desteñidas ropas colgadas a secar. Por las rinconadas se amontonaban las basuras que, de vez en cuando, se queman por las noches. Es difícil encontrar una cara conocida en la vecindad: sólo he visto a los armenios de la tienda de ultramarinos, al barbero chiita que quiso ser actor de cine en Suecia, Ahmed, al vendedor de pollos asados de la esquina, al que robaron su flamante Mercedes la otra noche. Las dos grandes novedades son el zoco que han armado a lo largo del paseo marítimo, y la actividad diurna de los clubes nocturnos con las muchachas egipcias que todavía aguantan en estas sórdidas barras de Beirut.

La decadencia, la postración de Rauche, es un reflejo muy pálido de la destrucción y de la postración de la ciudad. Una de las pocas alegrías de este barrio de mercachifles, de refugiados, de altivos milicianos, de vehículos con la carrocería acribillada o de automóviles a los que les quitaron las ruedas para que no pudieran ser robados, es la llegada de la electricidad o la subida del agua a los pisos. Si la luz viene de noche, se la recibe con aplausos y ovaciones; si el agua desciende por los grifos… Llaman al timbre de mi piso, salgo del pequeño estudio y abro la puerta. Son Miriam, Marji y Saco, los tres hijos pequeños de Rose, mi vecina armenia del cuarto que hace las faenas de mi casa. Cuando me ven solo me dicen sonrientes: “¡Ha llegado el agua, ha llegado el agua!”. Y se van después corriendo escaleras abajo.

Artículo publicado en La Vanguardia el 7 de julio de 1976.