Kirenia, con Lawrence Durrel al fondo - Tomàs Alcoverro
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Kirenia, con Lawrence Durrell al fondo

Me percato en este viaje, y de qué manera, de cómo ha pasado tanta vida y me cuesta decirlo: he envejecido. Hace tiempo también, un verano de 1966, viajé a Chipre con mis amigos Francesc Artigau y Ramon Comellas en mi desvencijado Dos Caballos, desembarcándolo en grúa en el humilde puertecito de Limasol, procedentes del Pireo.

La capital, Nicosia, ya estaba dividida entre los sectores griego y turco. Descendiendo por su calle Ledra, en el recinto amurallado construido por los venecianos, destacaba al fondo la antigua catedral, convertida en mezquita, más allá de la línea verde vigilada por militares de uno y otro lado, y soldados de la ONU. El acceso estaba cerrado a cal y canto. Entonces intenté transmitir la emoción de esta ciudad desgarrada (Nicosia sigue siendo la última capital dividida de Europa) en reportajes que publiqué en nuestro diario.

En 1974 volvía a Chipre, ya como corresponsal, para escribir sobre el fracaso del golpe de Estado contra el presidente, el arzobispo Makarios, que, dirigido desde Atenas por la junta de coroneles en el poder, pretendía unir la isla con Grecia, el sueño de la enosis, que provocó la intervención militar de Turquía. Kirenia, el enclave griego en el norte, fue ocupado por el ejército turco. La carretera que une la hermosa ciudad con la capital fue campo de batalla. Así la describía en 1974: “Era un delicioso pueblo que antes de la guerra, al pie de los montes del Pentadactilos –la segunda cadena montañosa de la isla–, rodeado de olivos y antiguas abadías construidas por francos y venecianos como San Hilarión y Bellapaís, donde el escritor británico Lawrence Durrrell adquirió su hogar. Gozaba de muy buena fama entre los extranjeros. Muchos británicos, artistas, funcionarios y militares retirados la habían elegido para vivir”.

Los niveles de vida son muy diferentes; la zona turca de Chipre, menos vibrante, es más cálida y acogedora

En el verano de 1974 el gobernador turco de la plaza nos permitió a un grupo de corresponsales extranjeros visitar a varios centenares de griegos que se habían refugiado atemorizados en el hotel Done, en la orilla del Mediterráneo. Nos contaron que antes siempre convivieron en paz con los turcos del pueblo.

He vuelto a Kirenia, Girne, en turco, por la misma carretera, ahora atravesando controles de la policía griega y turca, he visitado el restaurante del hotel, donde se puede pagar con libras turcas o bien con los anhelados euros de la zona griega. La república turcochipriota, muy aislada, solo es reconocida por Turquía. Los niveles de vida de una y otra zona son muy diferentes. La zona turca, menos vibrante, es más cálida y acogedora. Alrededor del Roja, donde destaca la afilada media luna blanca, iglesias ortodoxas convertidas en museo o desafectadas, rinconadas de antiguas casonas con buganvillas y adelfas. No quería dejar Kirenia sin visitar Bellapaís, cerca de cuya gótica abadía Lawrence Durrell adquirió su casa, cuyas peripecias de adquirirla narró en su espléndido Bitter lemons. Bajé y subí por la colina sin encontrarla. Inútil preguntar a nadie, era la hora de la siesta en el Levante y las callecitas estaban desiertas. A punto de darme por vencido, leí sobre la fachada de una casona Aci limón Sodak. Era, sin duda, donde el escritor vivió cuando trabajaba en la oficina de información británica antes de la independencia, y donde escribió el primer libro de ‘El Cuarteto de Alejandría’. Pude regresar a mi hotel pese a que nadie del hermoso pueblo de Bellapaís supo indicarme su paradero. ¡La gloria de los escritores!

Artículo publicado en La Vanguardia el 30 de julio de 2023.