Apólogo de un país feliz - Tomàs Alcoverro
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Apólogo de un país feliz

Una vez había un país en el Oriente, sin gobierno, sin ley y sin ejército, que vivía feliz. El desorden de la economía era tan grande que todos los estudiosos, después de minuciosos trabajos, sólo llegaban a una conclusión: Dejar las cosas tal como estaban. En este país, sin petróleo y sin riquezas naturales —si entre ellas no se contaban la libertad que se explotaba como si fuese un yacimiento de algún mineral precioso, o el paisaje de montañas frescas y costas alegres que daba mucho de sí, tanto en el invierno como en el estío—, nunca se conoció la más pequeña restricción de los artículos de importación, por más caprichosos que fueran y por más superfluos que parecieran. Todas las monedas del mundo se compraban y se vendían en los puestos de los cambistas a los precios que ellos libremente fijaban. Su capital, construida en una bahía que un día hizo recordar a uno de los escritores franceses del siglo XIX que visitó Oriente, Gerald de Nerval, el lago Leman, tenía fama de ser refugio de toda clase de aventureros, de espías y de rubias belles de nuit venidas de Europa.

Cuando la realidad cotidiana contradice las informaciones estereotipadas de ataques militares y crisis interiores 

En esta tierra feliz, cuando el correo llegaba a su destino sin excesivas semanas de retraso, la gente se alegraba. Las casas, a pesar de que tenían su número en la puerta, no se encontraban, si no era dando como referencia si estaban al lado de una iglesia, cerca de una pastelería, o quizá frente a un hotel, un banco, o una mezquita. Nadie sabía, a ciencia cierta, cuántos habitantes vivían en sus pueblos y ciudades, y desde hacía muchos años, y por complicadas razones que ahora no vienen al caso, la administración podía pasar muy bien sin un censo de la población. Además, si el Estado se hubiese empeñado en aplicar a rajatabla la ley a los miles y miles de extranjeros que lo habitaban, quizá hubiese perturbado el delicado statu quo de su economía y de su sociedad.

Desde hacía algún tiempo ocurría que, con cierta frecuencia, los belicosos vecinos del sur, por un quítame allá esas pajas, irrumpían en los cultivos, en los bosques y en las aldeas, construían caminos para salvar más fácilmente la frontera, cogían naranjas de los árboles y se retiraban con algún que otro rehén, sin que nadie les molestara. 

Alguna vez llegaron, incluso, a pasearse de noche por la capital, con taxis, no sé si alquilados o requisados, poco importa, sin que los vigilantes nocturnos se preocuparan demasiado. En ciertas ocasiones, sus potentes aviones bombardeaban las poblaciones del sur o de la costa. Entonces, más que el ejército era la radio del país feliz la que reaccionaba ante estos atropellos. Como señal de duelo, en aquella hora grave, se difundía la música clásica almacenada en su discoteca. 

Llegó un día en que el país feliz se quedó sin presidente de la República, sin los más conspicuos padres de la patria, sin los políticos más notables… Toda esta flor y nata había viajado hasta América para pronunciar, en una asamblea multicolor, importantes discursos en favor de un pueblo borrado del mapa. En el avión, para ocupar el ocio, sus excelencias, acompañados de familiares y allegados, bebieron muchos cafés turcos y jugaron a las tablas reales. Antes de embarcar, uno de ellos, que había desempeñado la primera magistratura del Estado años antes, dijo que si su país, el país feliz, no existiese, sus hermanos de raza y el mundo entero tendrían que inventarlo. 

Al mismo tiempo, en una vieja ciudad del norte, malhechores, contrabandistas, guardaespaldas que protegen a ciertas personalidades políticas, delincuentes fugados de la cárcel, se hacían dueños de los zocos, sin que la policía ni el ejército se atrevieran a desalojarlos. La maltrecha autoridad del Estado quería salvar lo que aún fuese salvable, por lo que, con buen tino, decidió abstenerse de toda acción aventurada.

La falta de gobierno —en este caso, no como en otras ocasiones, como hace cuatro años, en que pasó por la fructífera experiencia de no tenerlo durante nueve meses largos, sino porque, como he dicho, se había trasladado a la ciudad de los rascacielos para cumplir con un deber sagrado y con una misión trascendental—, la inexistencia de un orden público, o el ser víctima, cada una o dos semanas, de los ataques de sus belicosos vecinos, hacían que en los diarios, las radios y las televisiones del mundo apareciesen machaconamemte su nombre, su capital y su mapa. La gente, los miles de lectores, los millones de telespectadores o radioescuchas, se hacían cruces por lo que pasaba en aquella bendita tierra. Nadie podía comprender que en Oriente, un país sin autoridad, ni orden ni protección, pudiese seguir siendo un país feliz. Nadie podía imaginar que mientras eran bombardeados los pueblos del sur, los ciudadanos de la capital no sintieran inquietud y continuaran entregados, en cuerpo y alma, a sus negocios. Nadie, en fin, o muy pocos, sabían que en este país —adivina, adivinanza—, todo, absolutamente todo, era posible. Incluso ser feliz.

Artículo publicado en La Vanguardia el 14 de noviembre de 1974.