Los palacios expoliados - Tomás Alcoverro
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Los palacios expoliados

El yacuzzi de mármol es de dos metros cuadrados en la sala de baños del regio dormitorio. Sólo queda en la lujosa estancia un ancho somier. Hay grandes galerías suntuosas con sus cortinajes arrancados y los cristales rotos de los ventanales. Con mármol blanco y negro de Carrara o de vetas rosas, construyeron las escaleras de los cinco pisos del palacio. Sus pasillos, sus salones inmensos, su comedor con una larga mesa de doble cuerpo de madera noble, de cincuenta metros de largo, con sus altas columnas babilónicas, están vacíos. Por las escalinatas con las barandillas rotas hay hombres que arrastran pesadas consolas, sillones y sofás tapizados cubiertos de purpurina. De los altos techos cuelgan aún arañas de cristal. Por las habitaciones con mosaicos de mármol sepultados por los escombros del bombardeo, por las habitaciones vacías, de cuyas paredes arrancaron hasta los interruptores eléctricos, van y vienen los saqueadores desenfadados del Palacio del Pueblo. Se llevan los últimos objetos valiosos. 

El Palacio del Pueblo y el Museo Sadam han sufrido el asalto de centenares de descontrolados bagdadíes

Entramos por la verja abierta al jardín de eucaliptos, rosales y un estanque. Y ante la fachada de este edificio con inscripciones coránicas, con arabescos, grupos de hombres se afanan en cargar en un camión y en varias camionetas los muebles y los enseres robados. Dando vueltas por las habitaciones, a veces en penumbra, en sus vastas plantas encontramos gente de toda calaña que rebusca entre los escombros y que nos mira con curiosidad y sigue nuestros pasos perdidos entre tanta destrucción y saqueo. En la gran sala del comedor, un muchacho lanza cascotes contra las lámparas del techo. 

«Le llamaban el Palacio del Pueblo, pero no estaba permitido acercarse a su recinto», nos explica un ingeniero iraquí llamado Abdelkader. «Saddam vivía en esta opulencia mientras el pueblo está postrado en la miseria. Me condenaron a treinta días de cárcel porque una vez miré a su hijo Uday cuando circulaba por la calle. Estaba prohibido mirarle a la cara».

En medio del palacio, bajo la cúpula, hay una gran sala de cine, muy teatral, de una altura de dos pisos, como todas la piezas de esta residencia del barrio de Mansur. En medio del techo, con estucos policromados, están grabados en unos círculos, como en la reconstruida muralla de Babilonia, las iniciales árabes de Sadam Hussein.

A media mañana ya han vaciado todo el palacio y se han llevado las últimas arañas de cristal. El odio al rais derrocado es inmenso, y todas sus imágenes son destruidas y a veces pisoteadas. Cuatro grandes efigies de piedra que lo representan como un guerrero de yelmo y faldellín, con corbata y charreteras, rematan los ángulos del techo palaciego. 

En el museo sólo quedan algunas fotos del rais y unos cuantos de sus libros como resto del saqueo

Los palacios presidenciales que antes habían sido guardados por los marines han sufrido la misma suerte que muchos edificios estatales. El Museo Sadam también sufrió los saqueos. Respiro el humo que sale por su puerta, que ya había franqueado pocas semanas antes de la guerra. Desde la sala Kadisia, con sus armas de fuego, desde revólveres y pistolas hasta Kalachnikov, con sus espadas y sables, los curvos kanjar, a veces de plata con incrustaciones de piedras preciosas; a la de Um Al Nak, con sus preciosos Coranes, trofeos de oro y plata, relojes, porcelanas, vajillas, jarrones chinos, hasta colmillos de elefantes o una colección de bastones con empuñadura de marfil, obsequios de gobiernos y dignatarios de todo el mundo, tan sólo quedan colgadas algunas fotografías de su infancia, algunos cuadros al óleo, como aquel en el que me había fijado la vez anterior que, condensando el culto de la personalidad del rais, representa un niño que besa el retrato de Sadam. 

Descuelgo tres grandes fotografías enmarcadas. Una de ellas es del joven Sadam entre campesinos egipcios sin que nadie le preste ninguna atención. Sólo quedan libros en algunas vitrinas, en muchas lenguas, entre ellas la castellana, con títulos como Sobre la guerra, La nacionalización del petróleo, principio de la defensa de Iraq o No hay imposible para la juventud. La última vez que vine aún giraban las manecillas de su gran reloj de la torre, pero el tiempo se había detenido en este museo sin visitantes. Ahora han entrado sólo para destruirlo.

Artículo publicado en La Vanguardia el 13 de abril de 2003.