Bagdad, estado de sitio - Tomás Alcoverro
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Bagdad, estado de sitio

Es raro ver algún iraquí en los aledaños de Bagdad, englobado en la zona estadounidense de seguridad. Después de sobrevolar los meandros del Tigris, el pequeño F-28 de la compañia aérea real de Jordania –la única que se ha atrevido a mantener una línea regular– aterriza en las vacías y bien cuidadas pistas del aeropuerto mientras un helicóptero estadounidense le da escolta. En la estación terminal limpia, con carteles como el de “Mansur, el mejor hotel de la Mesopotamia”, pulcros funcionarios locales verifican y estampan los pasaportes de los viajeros. Todavía no se necesita visado para cruzar las fronteras de Iraq. Pero, eso sí, los aduaneros iraquíes registran con moderación los equipajes. Hay una discreta vigilancia de guardias y soldados estadounidenses.

Un autobús al lado de cuyo chófer se sienta un lampiño militar estadounidense portorriqueño nos conduce, orillando el recinto cercado del aeropuerto a través de palmerales, hasta un descampado que es el primer puesto de vigilancia de esta extensa zona de seguridad. El servicio es gratis, pero el conductor del segundo microbus al que hay que hacer trasborbo para llegar al centro de la capital pide dólares por unos mugrientos recibos. El hombre lleva un flamante teléfono móvil, uno de estos aparatos que como las antenas parabólicas hacen furor en este Iraq a la intemperie, sin seguridad, de la mal llamada posguerra.

En una ciudad con su centro fortificado para las tropas invasoras, las compañías de seguridad extranjeras hacen su agosto 

En las calles de Bagdad con patrullas de policía iraquí, con guardias municipales que regulan la circulación, se ven a menudo vallas cerradas, barricadas, bloques de cemento armado. Han erigido un alto muro para cercar el recinto de los grandes hoteles Palestine y Sheraton, los simbólicos centros de la toma de Bagdad por soldados estadounidenses, del derribo de la primera estatua de Saddam Hussein y del establecimiento del embrionario poder extranjero. Hombres bien armados de compañías privadas de seguridad vigilan los alrededores. Los pesados carros de combate y los destacamentos de militares norteamericanos están apostados en este fortificado centro de la capital. 

En una verja del Sheraton, los chiitas colgaron la pancarta: “El Mojarram es el mes de la victoria de la sangre sobre la espada”. En otras calles ondean banderas rojas, verdes y negras, y hay imágenes de sus imanes mártires en humildes puestos de venta. He vuelto al Hotel Cedar, donde el año pasado viví muchos días de la guerra. El Cedar está protegido por bloques de cemento. Empresarios de EE.UU., Australia y en primer lugar agentes de compañías de seguridad que hacen su agosto en Iraq son sus clientes. El dueño, que guarda con afecto encuadrada mi elegía al hotel cuya traducción publicó el diario beirutí As Safir, ha contratado doce vigilantes armados que velan por los empleados de varias compañías de seguridad. Con emoción evoca los clientes de antes, militantes pacifistas, periodistas, comerciantes libaneses o egipcios. El niño kurdo que el año pasado hacía de limpiabotas en el hotel juega ahora con un kalashnikov.

Artículo publicado en La Vanguardia el 17 de marzo de 2004.