La feria de libros viejos de Bagdad - Tomás Alcoverro
Artículos

La feria de libros viejos de Bagdad

Me quité las gafas porque son de un diseño demasiado occidental y me adentré por el centro de Bagdad. En estos tiempos de asesinatos, de secuestros de extranjeros, hay colegas que se cubren la cabeza con la kufia, tocado masculino árabe tradicional, para no llamar la atención cuando tienen que viajar por estas carreteras dejadas de la mano de Dios, infestadas de salteadores.

Quería volver a la feria de libros usados que arman los viernes en la calle Al Mutanabi –el gran poeta clásico–, esquina con la calle Al Rachid. En ninguna otra ciudad de Oriente Medio, ni en Beirut ni en El Cairo, hay una venta callejera semejante de libros de segunda mano. No en vano se había repetido durante décadas que «Se escribe en El Cairo, se edita en Beirut y se lee en Bagdad». La porticada calle Al Rachid, con sus cilíndricas columnas, con sus angostas tiendas, la histórica calle por la que un día de julio de 1958 la muchedumbre arrastró el cadáver descuartizado del odiado primer ministro Nuri Said, en la orgía cruenta del derrocamiento de la monarquía, y en la que un joven llamado Sadam Hussein comenzó a crear su leyenda de arrojado activista del Baas al disparar años después contra el coronel Kassem, agazapado tras una de sus mugrientas columnas. Esta calle está cada vez más decrépita y más sucia. La basura se amontona en las esquinas, en las aceras, delante de la catedral caldea, al lado del Banco Central, protegido con bloques de cemento armado. Este sector de la calle ha sido cerrado al tráfico por precaución.

Se ha repetido durante décadas: “Se escribe en El Cairo, se edita en Beirut y se lee en Bagdad”

Un gentío miserable, en su mayoría masculino, invade los zocos. En algunos balcones han colgado banderas rojas, verdes, amarillas, negras, y en los escaparates de las tiendas están pegadas policromas imágenes de los venerados imanes Alí y Hussein, y de populares ayatollahs chiitas como Alí Sistani, donde antes reinaba, omnipresente, la variada iconografía de Saddam Hussein.

En las aceras, en la calzada de la calle Al Mutanabi, observando los libros expuestos en todas las lenguas, incluso en castellano, se puede leer la historia de Iraq. La última novedad son las obras escritas por jurisconsultos y dignatarios chiitas sobre la religión islámica o la República de Irán, que hace un año nadie exponía en esta concurrida pero pobre feria. Me han sorprendido libros sobre los judíos —Bagdad había tenido una floreciente comunidad hebrea— o sobre el Estado de Israel. La exhibición de portadas de revistas de desnudos femeninos, el despliegue de los innumerables periódicos y diarios que han florecido tras el derrocamiento del régimen, se han hecho un hueco entre los puestos de viejos libros, bajo los ennegrecidos pórticos de Al Mutanabi. La historia reciente de un sistema de gobierno y de su pretendida ideología se reflejan en las abundantes obras sobre Stalin, Lenin, Tito, Fidel Castro, la guerra de Indochina o los discursos de Pham Van Dong, el que fue primer ministro vietnamita, publicados en Hanoi. Al lado de los Coranes lujosamente encuadernados, de las biografías clásicas sobre los héroes históricos como Saladino o de los libros sobre la civilización árabe, se venden, casi como si fuesen reliquias, fascículos, postales, estampas de Sadam Hussein. Los dinares con su imagen, ya fuera de circulación, las colecciones de monedas acuñadas con su efigie, tienen siempre compradores en esta suerte de sadammanía que ha aparecido en Bagdad. 

Al final de la calle, en un antiguo café de largos bancos de madera y pequeñas mesitas de latón, un café de escritores y estudiantes, han colgado este cartel: «La solución de Iraq es establecer un gobierno académico que emerja de la universidad». Me calzo las gafas y camino a través de una avenida con las aceras desbordantes de neveras, televisores, ventiladores, antenas parabólicas, en esta explosión del famélico apetito de los habitantes de esta ciudad, tras los interminables años de sanciones internacionales, de restricciones económicas, sobrenadando los embotellamientos del tráfico de Bagdad, alimentado con los miles de vehículos baratos importados. Los autobuses de dos pisos, rojos y blancos, siguen, impertérritos, circulando por la capital.

Artículo publicado en La Vanguardia el 29 de marzo de 2004.