Baalbek, a la sombra de Jomeini - Tomás Alcoverro
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Baalbek, a la sombra de Jomeini

En un automóvil con matrícula diplomática he entrado en Baalbek, ciudad famosa por sus ruinas romanas, por sus ostentosas plantaciones de hachís, y ahora por los milicianos chiitas que la han convertido en símbolo de su revolución islámica, y en la capital de enfebrecidos comandos, dispuestos a inmolarse en atentados suicidas contra los enemigos de Alá y servidores de Occidente.

Si en este tiempo el acceso a Baalbek de forasteros y extranjeros —han pasado los días alegres de aquellos festivales de verano cerca de las columnas de Júpiter— no era muy bien visto, ahora no es recomendable. Los milicianos recelan de cualquier persona que entre en la ciudad, sobre todo después de los recientes bombardeos de los israelíes y de los franceses. Los servicios de información de Occidente han señalado Baalbek como el centro de este nuevo terrorismo que se caracteriza porque sus agentes son capaces de sacrificarse en una operación suicida, en aras de su fanatismo religioso.

Detrás del cuartelillo ocupado por la gendarmería, en la plaza de Jomeini, hay un local de la milicia de Musaui. Nadie puede acercarse: cuando pregunto a un miliciano por este maestro de escuela, convertido en el jefe del grupo supuestamente autor de los atentados contra los contingentes norteamericano y francés de la Fuerza Multinacional de Beirut, me contesta: «Musaui» no está aquí. No conocemos su paradero. Lo mejor será que salga pronto de nuestra «ciudad». En un santiamén se han agolpado a mi alrededor unos cuantos hombres con el fusil en la mano. Un miliciano hirsuto, con un gorro agujereado por las balas, me espeta: «Los cristianos no vienen a Baalbek, porque si no —y lo subraya con un gesto muy expresivo— les cortamos la cabeza». A muy poca distancia, los agentes del orden público se entretienen en regatear con un niño que les ofrece tabaco de contrabando.

El zoco de Baalbek está a un paso. Detrás de los puestos de verduras, de las carnicerías con las reses colgadas y empapadas de moscas, impera el retrato en blanco y negro, o en colores chillones, de Jomeini. Se ven muy pocas mujeres en la calle. Un grupo de muchachas cubiertas de la cabeza a los pies con el chador o manto negro, cruzan presurosas las ruinas de la ciudad. Un miliciano con barba indica a una forastera que vaya a una tienda a comprarse un pañuelo para taparse la cabeza. Avanzo por estas calles en medio de miradas recelosas u hostiles. Desde los bombardeos de hace dos semanas, la población civil vive muy excitada. Cualquier extraño es un posible espía o un agente enemigo. Un vendedor de postales y recuerdos me arrastra a su tienda donde, sorbiendo el consabido café turco, o bebiendo un refresco, me muestra sus tesoros: monedas de oro del Imperio romano o de la época bizantina, cinturones de placas de plata, alfanjes otomanos. A medida que platicamos, Ahmed —así se llama— va desgranando su letanía de improperios contra los milicianos. «Vivimos bajo la férula iraní. Desde hace nueve años esperamos que esto se acabe algún día. Pero ¿de qué manera y cómo terminará nuestro calvario? En realidad son los sirios los que mandan y los que disponen. Los del Amal islámico y sus secuaces actúan únicamente con su consentimiento». Y el vendedor exclama: «¡Si los romanos hubieran imaginado que estos fanáticos implantarían su ley en Baalbek, nunca hubieran levantado aquí estos monumentos!».

El hotel Palmira, a la entrada de la población y construido delante de las columnas de Júpiter, guarda milagrosamente su viejo estilo colonial. En el gabinete, el propietario me muestra los libros de firmas de los viajeros ilustres de otra época, entre las que están estampadas la del rey Alfonso XIII de España, la del general De Gaulle durante su destino en Beirut en su mandato, las de grandes escritores franceses enamorados de Oriente.

«Hay una gran ansiedad, un nerviosismo muy vivo en Baalbek y la gente teme nuevos bombardeos», me dice el hijo del dueño, un libanés griego ortodoxo llamado Saliba. «Pero a pesar de todo se han exagerado mucho las noticias sobre el ambiente de nuestra ciudad. Todos nos conocemos en Baalbek y a pesar del desfallecimiento del poder seguimos pagando los recibos de electricidad y de agua, y cada mañana los de servicios de limpieza municipal recogen puntualmente las basuras».

«Si no podemos comunicar por teléfono con Beirut es porque las líneas quedaron muy dañadas a causa de los bombardeos de la guerra del Chuf. Usted que conoce este país no se extrañará si le digo que se han aplicado las típicas soluciones a la libanesa». 

«En el cuartel que hay antes de llegar a nuestro establecimiento conviven pacíficamente los soldados de la tropa y los milicianos chiitas que lo habían ocupado. Nosotros hemos hecho pintar una gran cruz roja en la azotea para que los aviones no nos bombardeen».

Es agradable comer en el hotel vacío, con viejos camareros que se desviven en servirnos, paladeando un buen vino rojo de Chataura, junto al fuego encendido de la chimenea. Antes de terminar los postres, el maître se acerca para anunciarme una llamada telefónica. El teléfono está en el gabinete al lado del vestíbulo. Una voz suave, muy suave, me dice por el auricular: «Le aconsejamos que no se quede esta tarde en el Palmira; ha habido gente a quien no le ha gustado verle pasear por la ciudad. Salga cuanto antes. Baalbek es una ciudad prohibida».

Artículo publicado en La Vanguardia el 2 de diciembre de 1983.