Una república con pies de barro - Tomás Alcoverro
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Una república con pies de barro

Nunca llegamos a Wasit, ciudad de mezquitas y palacios, abandonada hace tres siglos. Por la mañana habíamos visitado las ruinas asirias del palacio de Tesifón, cerca de Bagdad, con su alta bóveda de ladrillos, y el edificio en forma de “zigurat” en el que se exhibe el “panorama de la Kadisiya”, la famosa batalla entre árabes y persas, y se halla un pequeño museo arqueológico. Aunque está cerrado al público, el director nos hizo franquear las puertas de la sala circular con sus murales ejecutados por pintores coreanos que narran con brío el histórico episodio con los camellos, a cuyas cargas de madera los árabes prendieron fuego para desbaratar las líneas de sus enemigos con las moles de los elefantes, la más terrible arma de los persas, que supieron entonces demoler. 

Como el recinto del edificio fue atacado durante la guerra de 1991 por los norteamericanos, su museo quedó afectado. La sala conmemorativa de la batalla de Kadisiya —nombre con el que también se bautizó la guerra de Irak e Irán— ha sido cerrada sólo hace tres años a causa del embargo, por falta de piezas de repuesto para mantener sus efectos de sonido y sus instalaciones eléctricas que animaban el panorama plástico de la batalla. Al salir del edificio descubrimos, entre el palmeral, unas protuberancias del terreno que son, sin duda, bases de cohetes sepultadas.

Las pantanosas zonas del sur, fronterizas con Irán, siguen siendo peligrosas e inseguras

El paisaje de Irak es como un gran cuartel en pie de guerra. Los recintos militares, a veces muy amplios, con sus garitas, las posiciones de la artillería antiaérea, las concentraciones de vehículos y carros blindados, los campos de entrenamiento y ejercicios marciales están por todas partes. Incluso visitando el otro día las espléndidas ruinas de Hatra (“la ciudad del sol”), turbaron su silenciosa armonía dos aviones de combate iraquíes que sobrevolaban entre las zonas de “exclusión aérea” impuestas en el norte y en el sur. Pero hay que tener en este monótono paisaje el ojo avizor para distinguir sus hangares, sus depósitos de armas, sus rampas de cohetes —con frecuencia móviles— muy bien camuflados en su planicie. Hay que saber escrutar en esta tierra inhóspita, para percatarse dónde están sus polvorines o sus baterías antiaéreas, muchas veces piezas de la Segunda Guerra Mundial.

Este paisaje del sur es una acumulación de tristeza. Desde las afueras de la capital, con sus descampados de chatarra, en donde todo se guarda áridamente, hasta las tierras encharcadas y las pequeñas salinas, los enfangados caminos y calles por donde chapotean mujeres chiitas cubiertas del negro chador, hombres, muchos de desgastado uniforme militar, y los zocos sucios y magros de sus poblaciones atemorizadas, esta extensa región de Irak vive desde hace muchos años con amargura. Si no fuese por la opulencia y serenidad de sus ríos Tigris y Eufrates, que en Qurna confunden sus aguas en el Chatt el Arab, en el paraje en el que, según la leyenda, se encontraban los “jardines del Edén”, éstas serían tierras desahuciadas.

Nunca llegamos a Wasit, orillando el Tigris, cruzando por el gran puente de su embalse. En los frecuentes puestos de vigilancia de la carretera ningún soldado sabía orientarnos. Las patrullas militares son omnipresentes en esta nación humillada y militarizada. Bajo la lluvia, en un tenderete desvencijado con algunas frutas y paquetes de tabaco de contrabando, un viejo amable nos indicó, por fin, el camino: “Pero ya es tarde. No les aconsejo aventurarse hasta Wasit, la carretera es peligrosa porque desde cualquier parte les pueden disparar”. Wasit linda con Nasiriya, con las pantanosas tierras del sur fronterizas con Irán, habitadas por un pueblo musulmán chiita en decadencia y sin norte. Bandidos, delincuentes y, según el Gobierno de Bagdad, gentes manipuladas por Irán, mantienen en vilo esta antigua región mesopotánica.

Pese a las patrullas militares —a veces, los sediciosos se han vestido con el uniforme de los soldados en un control vecino sin que nadie moviese un dedo para impedirlo—, este ambiente de inseguridad no ha podido todavía ser extirpado. La República de Irak, y no es ningún eufemismo, tiene los pies de barro.

Artículo publicado en La Vanguardia el 29 de marzo de 1998.