Elegía del hotel Cedar - Tomás Alcoverro
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Elegía del hotel Cedar

Han tapiado la puerta del hotel Cedar, donde fui feliz. La tapiaron un día después de la salida de nuestro grupo de corresponsales «raros e independientes», como nos definió en El País Ángeles Espinosa, que se hospedaba en el Palestine. El dueño, un hombre bien vestido, profesor universiatio, puso rápidamente en práctica la decisión que había tomado en previsión de tiempos turbulentos. El frontero hotel Rimal fue cuidadosamente cerrado a cal y canto cuando fueron evacuados a toda prisa los inspectores de desarme de la ONU. Si no hubiese sido por el ultimátum del Ministerio de Información, que nos «invitó» a dejar el hotel para entrar en el redil de los corresponsales concentrados en el Palestine, nunca lo hubiésemos abandonado.

Habíamos llegado al Cedar de la mano de las brigadas contra la guerra de Iraq. Nunca olvidaré que fue gracias a su preciosa ayuda que pudimos obtener los tan anhelados visados iraquíes. En el pequeño hotel, con los empleados cristianos de la recepción, con los camareros musulmanes o cristianos, entre los que había un boxeador kurdo que hablaba una lengua ininteligible, convivimos estas dos comunidades: la de los brigadistas y la de los profesionales de la información. Por las mañanas, muchas veces compartíamos su programa: visitas a ministerios o la cobertura informativa de alguna de sus actividades, como el partido de fútbol con unos iraquíes. Cuando empezó la guerra recorríamos en su mismo autobús, puesto a su disposición por el servicio de las delegaciones, el paisaje de destrucciones, no sólo de sedes estatales, sino de barrios y suburbios de Bagdad, nos deteníamos a alentar a los heridos de los hospitales y a expresarles la solidaridad del pueblo español.

La atmósfera del hotel era amable y divertida. Cuando acabábamos la jornada, brigadistas y corresponsales, incluso los acompañantes del ministerio, jugaban al ping pong que habían instalado en el salón de la entrada tras haber retirado sillones, sofás y mesas al empezar la guerra.

En el hotel convivimos algunos corresponsales y los brigadistas españoles 

Yo compraba de vez en cuando botellas de vino en la tienda que había cerca del hotel y las exhibía frente a los empleados y camareros diciendo «¡mukabuama, mukabuama!», que en árabe quiere decir resistencia, y se los servía en vasos cada vez más solicitados. La comida del modesto restaurante no era gran cosa. Sólo al final de la batalla de Bagdad sin nada caliente para llevarnos a la boca recordamos su pollo con arroz.

Subidos a la azotea, los corresponsales contemplamos una noche el espectacular bombardeo de Bagdad. Con el paso de los días, los cañones antiaéreos se fueron apagando y las explosiones, incendios y humaredas causados por los norteamericanos fueron devorando la capital. Los brigadistas que decidieron quedarse hasta el final de la guerra instalaron sus colchones en el sótano del hotel. El ecuánime Alberto Sotillo, del ABC, fue el único corresponsal que durmió con ellos para sentirse acompañado.

La noche del bombardeo sobre la cercana sede del mando aéreo, que hizo vibrar las paredes del Cedar, aterrorizadas familias del vecindario pasaron la noche en el improvisado refugio.

Se canta lo que se pierde, escribió el poeta. Después de que «los tres José» de la televisión vasca se trasladaron al Sheraton, por razones profesionales, el propietario confió a los últimos brigadistas las gestiones del hotel y pagaron de su propio peculio a sus últimos empleados.

La pequeña historia del Cedar bien valdría una novela. Sin posibilidad de comunicarme y sin libertad de movimientos, lamenté no haberme despedido de mis entrañables brigadistas, con los que fui feliz en estas semanas terribles de Bagdad.

Artículo publicado en La Vanguardia el 17 de abril de 2003.