Nadie quiere Gaza - Tomàs Alcoverro
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Nadie quiere Gaza

Viajé por vez primera a Gaza poco después de la guerra de los Seis Días, en 1967, en un convoy militar israelí escribiendo algunos reportajes para La Vanguardia. Dimos una vuelta por la ciudad. Me fijé en un hotel nuevo, el Naser, con grandes banderas blancas en los balcones. Por todas partes veía gente, sentada en los bordillos de las calles, o andando, lentamente, en silencio. En un colegio había imágenes de soldados egipcios que arrojaban a los judíos al mar, imágenes de judíos que asesinaban a niños y mujeres musulmanas, había retratos del rais Naser coronado de laurel que alzaba al cielo el mapa de Palestina… 

La guerra de 1967 que enfrentó a Israel contra Egipto, Siria y Jordania solo duró seis días, fue casi tan breve como la de 1973, la última guerra clásica entre ejércitos, porque a partir de entonces los conflictos armados se han librado entre el Tsahal israelí y las milicias palestinas o libanesa como Hizbulah, que duraron más tiempo, como todo el verano de 1982. Guardo en mi piso de Barcelona la bandera de aquel estío con lemas en varias lenguas: “Beirut, yo te soy fiel”, “Beirut, sitiado pero hermoso”… Este estilo de guerra, asimétrica, que muy poco tiene que ver con las guerras regulares, se ha librado, además, en territorios pequeños, donde cada kilómetro cuadrado vale una batalla campal.

En Líbano, del tamaño de la provincia de Barcelona, la invasión israelí de 1982 –con objeto de liquidar a las organizaciones guerrilleras de la resistencia palestina– se libraba solo en regiones musulmanas, especialmente en el oeste de Beirut y en el sur del país. Los habitantes de las regiones cristianas podían contemplar desde las azoteas de sus casas la destrucción de la invasión israelí, el bombardeo de algunos barrios chiíes y suníes, que dejaban en paz a los de mayoría cristiana. 

La guerra de Israel de 1967 no fue contra Gaza, donde todavía el nacionalismo palestino no era una fuerza política importante, sino contra Egipto. El carismático rais Naser, a cuyo histórico entierro asistí en El Cairo en 1970, se indignaba ya entonces de que descontrolados grupos de guerrilleros palestinos atacaran a menudo Israel, provocando la destrucción con las represalias de su ejército. 

La administración militar egipcia sobre esta desgraciada franja de obediencia de los Hermanos Musulmanes no sacaba ningún beneficio de su autoritario gobierno. De cualquier forma, es patente que la población palestina de Gaza tiene costumbres, incluso un cierto deje egipcio en su árabe coloquial, distinto al de las poblaciones de Cisjordania, más abierta a costumbres más liberales.

Cuando en 1994 Yaser Arafat, líder de la OLP, regresó a la tierra prometida, gracias a los acuerdos de Oslo con Israel, sus funcionarios y su burocracia, establecida primero en Beirut y después en Túnez, no tuvieron dificultades domésticas de adaptación a una población de estilo de vida diferente del que gozaron en las cosmopolitas ciudades de su exilio.

En otras épocas de la desgraciada historia de Gaza, el reino hachemita de Jordania también tuvo aspiraciones de controlarla pese a la distancia que le separaba. Conocí a un destacado notable de Gaza, Ahmad Shama, que durante algún tiempo intrigó por cuenta del rey Husein hasta que su tentativa fracasó. Tampoco el Estado judío ha querido implantar su autoridad ocupándola militarmente, porque sus soldados eran víctimas de constantes ataques, llegándose a convertir la franja en el Vietnam de Israel. 

“Los palestinos tienen miedo del miedo de los israelíes”, escribió Mahmud Darwish

Fue el poderoso general Ariel Sharon quien decidió retirar completamente sus tropas de la malhadada población de Gaza, objeto de todas las intrigas internacionales que desprecian la vida de sus habitantes, reducidos a simple objeto del pueblo manipulado por unos y otros, israelíes y también árabes. 

El desgraciado pueblo palestino es víctima de su corrupción y, sobre todo, de su profunda división interna manifestada con el constante enfrentamiento político y militar de Hamas con Al Fatah. Tampoco el desprestigiado gobierno de Ramala de Mahmud Abas, que fue derrotado tanto electoral como militarmente en Gaza en el 2006, tiene ningún interés en restablecer su autoridad en la franja. 

Es el final de un sueño, la realidad de la fragmentación y división de los territorios palestinos y la continuación de la implacable política de hechos consumados practicada por Israel. La edulcorada proclamación de organizar un Estado palestino válido, viable e independiente esconde la verdad de que cada día hay menos espacio para construirlo. 

El gran poeta Mahmud Darwish, contemplando este laberinto de identidades asesinas, escribió que “los palestinos tienen miedo del miedo de los israelíes”. La sincopada guerra de Gaza hace estallar, además, caudales de emociones que se extienden a medio mundo pero –como ya tiene calculado Israel– no pueden durar mucho tiempo. 

Palestina se ha convertido en símbolo de la injusticia por la ocupación israelí, en contra de todas las resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU, pero también de la impotencia tanto árabe como internacional para resolverla.

Artículo publicado en La Vanguardia el 31 de diciembre de 2023.