Un país en el que los niños juegan a ser milicianos - Tomás Alcoverro
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Un país en el que los niños juegan a ser milicianos

¡Qué pena dan los soldaditos de El Líbano vestidos con sus uniformes verdes y sus gorritas de visera! Si uno se cruza con ellos por las calles de Beirut, los siente como desamparados y perdidos, sin prestancia ni autoridad. Sin poder intervenir en la defensa de su país cuando los israelíes lo atacan, acuartelado cuando más falta haría para imponer la ley o calmar los ánimos excitados de la población, el soldadito libanés es como una figurita frágil que cualquiera pudiese romper. Con su imagen desvaída contrasta con la facha del miliciano, armado hasta los dientes, vestido de cualquier manera, seguro, en su barrio, de la admiración que despierta entre sus convecinos, percatado de su poder. Si se cuentan en El Líbano catorce mil soldados, es imposible saber los miles y miles de milicianos que hay en el país. Hay milicianos de derechas y de izquierdas; de organizaciones musulmanas y cristianas; de barrios y aldeas; unos tienen por jefe un imán o un millonario; otros son, simplemente, guardaespaldas de los politicastros y notables de esta bendita tierra.

Todo esto sin contar con los guerrilleros palestinos y asimilados, que constituyen un ejército irregular aparte. Sus armas favoritas, posiblemente debido a la facilidad con que pueden procurárselas, son los Kalachnikov y los Simonov soviéticos, las armas populares entre los miembros de la Resistencia.

Algún que otro domingo los beirutíes, que gustan siempre que es posible escaparse a la montaña, se llevan algún susto de importancia. Quizá tuvieron la desdicha de acampar cerca de un campo de entrenamiento militar de esta o aquella milicia y de pronto, mientras comían o sesteaban, fueron sobresaltados por el crepitar de las ametralladoras pesadas, los disparos de los fusiles y pistolas o las explosiones de las bombas. 

Gracias a que todos estos ruidos no les son nada extraños —en verdad son capaces de distinguir perfectamente el tipo de arma en funcionamiento debido a la frecuencia con que las oyen, ya sea en una boda, en unas elecciones o en una de las periódicas crisis del país—, pudieron terminar el día con relativa tranquilidad. Nadie les asegura que a la caída de la tarde no se lleven un susto mayor con los habituales tiroteos y ráfagas de ametralladora que, aquí y allá, se oyen en esta ciudad.

Las milicias proliferan como las setas en los bosques otoñales. No hay día que no se anuncie la formación de una nueva, o que no aparezca en los diarios la noticia de que tal o cual personaje ha presidido la ceremonia de la «jura» de los nuevos portadores de armas. Sería muy curioso saber la fórmula que emplean, la autoridad que acatan, los principios que prometen defender…

Hay tal tendencia hacia la constitución de milicias que uno de los pocos políticos equilibrados con que cuenta esta República oriental, el señor Raymond Edde, que hasta ahora presumía de que su partido no tenía milicianos, ha decidido formar su propio grupo paramilitar en vista de que el próximo año, que va a ser un año muy difícil en El Líbano, sobre todo por la campaña electoral, sus partidarios puedan acudir a las urnas sin que los elementos armados de los otros bandos se lo impidan…

Un hombre de negocios europeo que viene con frecuencia a Beirut me contaba que recibió en su hotel la visita de un atildado y educado individuo que le pidió un barco de armas. «Usted nos las hace llegar a las aguas territoriales libanesas y nosotros nos encargamos de su transporte a Siria. Hay aldeas especializadas en este tipo de contrabando. Todos los días se encuentran alijos de armas y se detienen camiones y automóviles con bien surtidas panoplias». Parece que en los últimos tiempos y debido a la penuria de armas en la Europa comunista, han empezado a concurrir en este mercado armas fabricadas en Italia y España. Las armas entran por todas partes: tanto por las playas y bahías de los doscientos kilómetros de costa del país, como por la frontera siria.

Para terminar con la plaga de las milicias, que reduce a nada las fuerzas de seguridad y el ejército, el gobierno ha propuesto que se encuadren en un cuerpo del ejército regular y que se encarguen de la defensa del territorio nacional cuando éste sea atacado por los israelíes. Un ministro propuso el desmantelamiento de los campos de entrenamiento militar. Otro pretendió que los hombres armados al servicio de esta o aquella causa se transformaran en bucólicos scouts. Uno de los más famosos políticos locales respondió que daría orden de disolver su milicia si el Estado imponía su soberanía en todo el territorio… Como es lógico, la iniciativa no prosperó y en El Líbano cada día hay más milicianos y más armas.

Añadan a estos miles de elementos armados militantes, los centenares de miles de personas que cuentan con su propio arsenal en su casa por miedo a ser atacados por los palestionos —ha sido sobre todo a partir de 1969, cuando se otorgó a la Resistencia palestina la extraterritorialidad sobre los campos de refugiados, cuando se produjo esta psicosis— o por sus rivales políticos y confesionales. Es por todo ello, sin apelar a otras más sutiles razones, que tan difícil resulta mantener el orden público en este país. El actual gobierno, surgido de las crisis de junio, ha fracasado, como los anteriores, al no conseguir restablecer la normalidad ni en Zahle ni en otras regiones. Los desórdenes se extienden por Trípoli, en el norte, y por Saida, en el sur, donde los palestinos y sus simpatizantes han declarado la huelga y se han manifestado en contra del acuerdo egipcio-israelí. La carretera del aeropuerto de Beirut ha sido ocupada, durante unas horas, por los fida’iyin, y en los barrios de Chia y de Ain Remane, los milicianos han hecho su aparición. Desbordada la policía, el gobierno no se decide a apelar al ejército.

El Líbano, señor, donde no hay aún servicio militar obligatorio, es un paisito muy peculiar. Un país en el que los niños juegan a ser milicianos pero en el que nunca han jugado a ser soldados.

Artículo publicado en La Vanguardia el 11 de septiembre de 1975.