El Summerand sin chador - Tomás Alcoverro
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El Summerland sin chador

Para salvar los ciento cincuenta metros de pendiente o de pronunciada subida entre el Summerland y la carretera, hay un servicio gratuito de flamantes verbeneras con toldos alegres en cuyos asientos bajan y suben los afortunados, los envidiados, miembros de este sanctasanctórum del esnobismo y del lujo del oeste de Beirut. El Summerland, en la orilla del mar, a la salida de la ciudad, es más que un hotel o que unos baños, un refugio y un escaparate, es la necesaria excepción a la regla del desorden, la imprescindible violación de la tenaz costumbre de la guerra.

La «nueva clase» emanada del caos de las milicias, que ha amasado su dinero con toda suerte de viles tráficos, la ha transformado en su pública residencia estival. En un paraje en el que en los años anteriores a la guerra se extendían, uno al lado de otro, los baños de moda como Sanit Michel, Saint Simon, Acapulco, ahora devastados, y sobre cuyo emplazamiento se han hacinado en casuchas inmundas los refugiados, el Summerland es un lugar desafiante, un «centro de perdición». Dios sabrá a qué influyente personaje y a qué milicia o banda armada la dirección ha comprado su seguridad.

El hotel, con sus apartamentos adyacentes, se abre a la gran piscina. En otras terrazas hay dos piscinas de más reducidas dimensiones. Por un tobogán, la «juventud dorada» del Beirut musulmán se zambulla en el agua. Hay una playita cuidada con parasoles «hawaianos», apenas concurrida durante los días laborales, pero que el domingo está atestada de bañistas. Extenderse en la playa es su último recurso. En este país mediterráneo, las playas son malas y son infectas.

En las peores épocas del fomentado fanatismo chiita, cuando se blandían amenazas contra las playas mixtas del país mahometano, en las piscinas y en las terrazas del Summerland nunca dejaron de verse los morenísimos cuerpos de jovencitas chiitas en bikini. Cuando las pequeñas hordas de mujeres de los suburbios, severamente cubiertas con el chador, el negro manto que el imán Jomeini recomendaba vestir, entraban a saco en bares y en destartalados clubes de lo que aún quedaba del Beirut by night, vertiendo y rompiendo botellas del nefasto alcohol, el champán, el coñac, los licores, el whisky o la cerveza no faltaban, ni nadie se tomaba la molestia de hacer ver que los escondía en la «barra» y en las mesas de este privilegiado reino de la excepción con nombre de tierra del sol.

Pasearse con un bikini o con un elegante traje de baño, calzadas con zapatos de tacón, alrededor de las piscinas, o deambulando por las terrazas del Summerland, debe de ser el sueño oculto de muchas de estas mujercitas en flor. La moda de las constumbres puritanas —es verdad que en algunos barrios los extremistas religiosos han comprado por unas cuantas libras que las mujeres accediesen a vestirse con el siniestro chador— ha provocado un profundo fenómeno de hipocresía.

La mayoría de la población chiita no comulga con este puritanismo forzado: son las primeras víctimas de la pujante revolución teocrática. En el paseo marítimo y en algunas calles céntricas del oeste de Beirut, he entrevisto a veces unos pantalones tejanos debajo del manto negro de la joven musulmana… En este verano hay un cierto relajamiento de la rigidez indumentaria islámica: se ven menos mujeres cubiertas con chador y hay menos jóvenes que se dejen crecer la barba. Quizá sea simplemente por el calor del estío. En El Líbano, el verano es un tiempo largo y espléndido.

Las noches del jueves en el hotel son alegres. Es costumbre que, como en otras naciones musulmanas, se celebren las bodas con banquetes, ceremonias de música y largas comitivas de automóviles engalanados, tocando la bocina. Este ámbito placentero, con los baños, los restaurantes, las discotecas, es un pequeño mito en la vida cotidiana de Beirut. Entrar en el Summerland es un título de distinción. Cuando la «nueva clase» quiere organizar un acto solemne —una declaración política, una conferencia, una exposición de pintura—, acude a estos salones lujosos del hotel. El epílogo del secuestro de la TWA fue una copiosa cena en el Summerland de todos los rehenes que las cadenas de televisión norteamericana convocaron y explotaron para el consumo de sus espectadores.

A sus afortunados clientes no les conmueven las explosiones cercanas. Las playas y las piscinas de El Líbano son los raros refugios de la evasión que aún les queda a estas gentes, sedientas de vivir en paz.

Artículo publicado en La Vanguardia el 25 de agosto de 1986.