Estampas de Gaza - Tomás Alcoverro
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Estampas de Gaza

“Es más difícil describir que opinar”, decía Josep Pla, que estudió Derecho con mi padre. En casi 50 años he visitado muchas veces esta franja cuando estaba bajo el absoluto dominio israelí y explotó después en la histórica intifada de las piedras en 1987, movimiento aparentemente espontáneo, pero que fue inspirado por la organización islamista Hamas, fundada por palestinos de los Hermanos Musulmanes de Egipto, al mismo tiempo que Yasir Arafat, jefe de Al Fatah, todavía en el exilio, pronunciaba la teórica independencia palestina en su congreso de Argel.

En el automóvil oficial de mi amigo Ignacio Rupérez, entonces destinado en la embajada española de Tel Aviv, atravesamos la exaltada población esquivando las pedradas y sorteando sus barricadas hasta cobijarnos en el pequeño club de funcionarios de la ONU, a la orilla del mar. Más tarde presencié el regreso de Arafat en un Mercedes negro, procedente de la frontera egipcia de Rafah, a la milenaria Gaza, en la que estableció al principio la capital de su frágil autonomía. 

En el campo de refugiados de Jabalia (el movimiento de liberación palestino surgió en los campos de refugiados, sobre todo del exilio en Líbano y Siria) brotó la primera intifada. Rodeaba el campo una charca maloliente de casuchas con diminutos patios con alguna higuera. Allí se hacinaban alrededor de 50.000 refugiados, entre una vía de ferrocarril por la que desde la guerra de 1948 no pasaba ningún tren y unos sucios descampados en la orilla del mar. Jabalia era el campo de refugiados más pobre y politizado de la franja, con grupos de izquierda como el Frente de Georges Habache, el Partido Comunista, Al Fatah, de Arafat y los islamistas. Allí vivían los parias de Palestina y su intifada no era solo un movimiento político nacionalista, sino la expresión de una honda frustración social. Al establecerse el Estado judío, muchos palestinos huyeron a Gaza aumentando la población local. Esta demografía, el pobre nivel de vida, sin ciudades como Jerusalén, Ramala, Belén, Hebrón, como en la región de Cisjordania, la postraban en una remota orilla mediterránea. Había que dirigirse al sur de esta angosta franja hacia la frontera con Rafah para poder salir de esta ratonera. Pero en su confín, colonos judíos cuidaban el paisaje, domesticaban los campos, construían sus amables viviendas que miraban al mar… Eran los asentamientos judíos que desgarraban los restos incautados de Palestina.

Cuando regresó del exilio, Yasir Arafat quería “hacer de Gaza un nuevo Singapur”

Con el triunfal regreso de Arafat acompañado de sus guerrilleros y funcionarios procedentes de la cosmopolita Beirut, que tuvieron que abandonar en 1982 tras la victoria de Israel, Gaza se convirtió en la primera capital de la Autoridad Nacional Palestina, que había consumado décadas en el exilio. En su residencia provisional, el jefe de la OLP me declaró una vez que quería “hacer de Gaza un nuevo Singapur”. Se erigieron hoteles, se abrieron restaurantes y cafeterías en la orilla del mar. Rimal se convirtió en el barrio elegante de funcionarios y afortunados habitantes de la población, cuyo Ayuntamiento, por cierto, se hermanó con el de Barcelona. Pero en Gaza todo propiciaba que la mayoría de sus habitantes, parias de Palestina, vivieran en estado permanente de rebelión.

Un buen día, hace años, alquilé un carro –carra, dicen en Gaza– para dar una vuelta por la ciudad. Los carros de Gaza no llevan placas ni licencia municipal alguna, como antes de las intifadas. Son la espontánea fuerza del pueblo rural que invade la capital. En Gaza aún se oían pregones de vendedores ambulantes, rebuznos de asnos en medio del tráfico demente de la circulación. Sus habitantes hablan un árabe con el grácil acento egipcio. Las calles embadurnadas de arabescos, de grafitis que gritaban decenas de imágenes de sus hijos que se inmolaban en suicidas acciones contra los israelíes. Mohamed, el muchacho del carro, azuzaba el caballo sin detenerse ante las señales de tráfico. Hay antiguos barrios de casas vetustas bien construidas, de palacios romanos, de discretos mausoleos. En la plaza del soldado desconocido está el palacio del Gobierno palestino, antaño sede del pachá otomano, del gobernador militar egipcio y, más tarde, sede de la autoridad de ocupación israelí. Las playas son lo mejor de Gaza, más allá del paseo marítimo que Arafat quería construir y el puertecito con sus barcas varadas de pescadores sin trabajo. Gaza, como me decía en Beirut un embajador español amigo, muerto a causa de la interminable guerra civil libanesa, es uno de estos lugares del mundo en que se llega llorando y se sale llorando.

Artículo publicado en La Vanguardia el 24 de octubre de 2023.