Fronteras - Tomás Alcoverro
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Fronteras

Cuentan las crónicas que la frontera más antigua de Europa es la de Andorra. En el mundo contemporáneo existe un registro en la ONU, según el artículo 140 de su Carta fundacional, un registro de fronteras, en el que los estados vecinos delimitan sus territorios. De aquí que muchas de estas rayas internacionales no se hallen reconocidas porque los estados no se han puesto de acuerdo para delimitarlas. Nunca ha habido una proliferación de fronteras como en los últimos 150 años. Las dos grandes guerras mundiales cambiaron el mapa. La década de los 60 provocó la cascada de independencias africanas sobre las anteriores divisiones coloniales, mantenidas a rajatabla para evitar catastróficas guerras tribales. El desmembramiento de Yugoslavia, poco después de la muerte de Tito, volvió a convertir los Balcanes en un inextricable campo de batalla. Olvidamos fácilmente que en nuestra Europa todavía existe una capital, Nicosia, escindida entre el sector griegochipriota y el turcochipriota, no desde el verano de 1974 como se repite incesantemente sino desde 1964, a los pocos años de su independencia.

El miedo a los refugiados ha provocado más reacciones de insolidaridad y ensimismamiento

Como corresponsal en Oriente Medio he vivido la pesadilla de atravesar fronteras no solo entre países sino, a partir de la década de los 70, entre barrios de la misma ciudad. A menudo se ha descrito la historia contemporánea de aquella región como un conflicto fronterizo. Con los acuerdos coloniales de Sykes-Picot, Gran Bretaña y Francia se dividieron pueblos árabes con sus minorías armenia, kurda, sometidas al imperio otomano hasta su gran derrota. La frontera libano-israelí, imposible de atravesar, no está completamente delimitada, pero tampoco lo está la que separa Siria de Líbano porque los dirigentes de Damasco nunca reconocieron de buen grado su independencia. Una de las mejores películas sirias describe el absurdo de una familia atrapada en una zona de nadie, de la que nadie les permite salir. Con las guerras civiles del Líbano, Irak, Siria, han proliferado las fronteras urbanas, impuestas por milicias y ejércitos. Son las que más han martirizado la población al romper sus vidas cotidianas, exponerlas a sus bombardeos, venganzas, a sus francotiradores que les ahuyentaban en sus tentativas de atravesarlas. Beirut se escindió en las zonas denominadas cristiana y musulmana durante tres lustros. Ya Toynbee escribió: “Un residuo de minorías está destinado a quedarse en el lado equivocado de las líneas fronterizas que se tracen y este residuo será la causa de más conflictos”. El Estado Islámico inútilmente trató de abolir la frontera entre Siria e Irak, “una línea en el desierto”, con su concepción de una comunidad musulmana supranacional.

Después de las grandes ilusiones de libertad surgidas con la destrucción del muro de Berlín, nuestro mundo está cada vez mas erizado de fronteras, de muros, vallas, de interminables bloqueos. El miedo a los refugiados, que algunos califican de “invasores sin arma”, ha provocado más reacciones de ensimismamiento e insolidaridad. La defensa de la frontera se ha convertido en el centro de la geopolítica contemporánea.

Artículo publicado en La Vanguardia el 24 de diciembre de 2021.